
La música tiene memoria. Respira, envejece, se transforma y renace con cada generación. Pero ninguna tradición sobrevive por sí sola: siempre necesita guardianes, personas que la abracen con la suficiente convicción para impedir que el tiempo o los sonidos ajenos la borren de la memoria colectiva.
Cartagena, ciudad donde la historia se escucha tanto como se contempla, posee un sonido propio. Uno que va mucho más allá de la mezcla que nació con su fundación en este lado del mundo. Es un sonido tejido con la raíz indígena que ya habitaba esta tierra, con la fuerza africana que llegó encadenada y terminó sembrando aquí una extensión de su continente, y con la huella española que, para bien o para mal, también dejó su eco. De ese encuentro nació una identidad musical irrepetible: un lenguaje que huele a mar, a murallas calientes, a patios coloniales y a tambores que nunca dejaron de latir.
Durante buena parte del siglo pasado, ese sonido encontró voces inmensas que lo elevaron hasta convertirlo en orgullo de ciudad. Sin embargo, muchas de ellas se quedaron confinadas a esta orilla del Caribe. Tal vez no encontraron el camino para trascender fronteras, o quizá nadie se ocupó de conservar su legado como merecía. Entonces llegó un silencio injusto. Las canciones siguieron existiendo, pero comenzaron a desaparecer de las fiestas, de los bailes y de la cotidianidad de una ciudad que, sin darse cuenta, empezaba a olvidar parte de su propia banda sonora.
Hasta que alguien decidió escuchar ese silencio.

Ese alguien es Boris García.
Sí, el muchacho del barrio San Diego que no salió corriendo detrás de las guitarras del rock que seducían a tantos jóvenes de su generación. Él eligió otro camino: el de volver la mirada hacia su tierra, investigar, preguntar, caminar los barrios, sentarse a escuchar a quienes habían escrito la historia musical de Cartagena y entender que allí estaba el verdadero tesoro.

Tuvo el privilegio de crecer rodeado de esas leyendas. Algunas vivían el esplendor de sus carreras; otras atravesaban el ocaso, casi invisibles para la ciudad que alguna vez las aplaudió. Boris las vio de cerca, compartió con ellas, absorbió sus historias y dejó que cada encuentro se convirtiera en aprendizaje. Así fue construyendo una propuesta que hoy no pretende inventar un sonido nuevo, sino devolverle el brillo al sonido cartagenero de verdad.
Ese que sabe a salitre y brisa.
Ese que no se rinde bajo el sol inclemente del mediodía.
Ese que estremece cuando, en la distancia de una noche cualquiera, un coro conocido despierta recuerdos que parecían dormidos.

Por eso no sorprende que, aunque sus primeros pasos musicales estuvieran marcados por el vallenato tradicional, terminara profundamente enamorado de aquellas canciones que acompañaron su infancia. Y aunque la edad no le permitió vivir en toda su dimensión el inolvidable Festival de Música del Caribe, su trabajo es una invitación permanente a regresar a esa época dorada. Escucharlo es volver a Los Inéditos, a Barbacoa, a Son Cartagena, a Michi Sarmiento, a Hugo Alandete, a El Nene Del Real y a tantos nombres que, desde los años setenta, hicieron de Cartagena una potencia musical del Caribe colombiano.
Boris García no intenta compararse con ellos. Mucho menos imitarlos.
Su apuesta es más generosa: perpetuar, sostener y honrar una herencia cultural que pertenece a todos los cartageneros. En sus canciones conviven personajes de barrio, palabras que solo aquí tienen sentido, costumbres que sobreviven al paso del tiempo y melodías que cuentan quiénes somos. Cada presentación de su espectáculo termina siendo un acto de memoria, una celebración de la ciudad y de su identidad.

Porque su proyecto es, en esencia, tan cartagenero como él mismo, todo eso tiene Sabrosura.
Y quizá allí reside su mayor triunfo: haber entendido que la música también se hereda. Hoy ve en su hijo el mismo amor por las partituras, la misma pasión por un legado que no quiere dejar morir. La familia se convierte entonces en el primer escenario donde esa tradición continúa viva, fortalecida por un sueño compartido que tiene algo de resistencia y mucho de esperanza.

Cartagena no solo se mira.
Cartagena se escucha.
Y mientras existan artistas como Boris García, empeñados en ponerle nuevamente voz al corazón de la ciudad, su música seguirá encontrando el camino de regreso a casa, recordándonos que hay sonidos que no pertenecen al pasado, sino a la eternidad de una tierra que aprendió a contar su historia cantando.

