Por Eduardo García Martínez - "Pero las ciudades sin gente comprometida son cascarones sin esencia. Son los seres humanos quienes están detrás de la suerte de las ciudades"

Solemos referirnos a Cartagena como a un ser animado, con espíritu, y cuya historia enorgullece y obliga a verla con admirados ojos y a sentirla muy dentro de nuestras querencias. La percibimos, al reverso, como ciudad en decadencia, que ha dejado atrás la grandeza que la caracterizó por largo tiempo, que respira un aire rancio y patina en un lodazal que la enreda y no logra vencer a pesar del amor que todos dicen profesar por ella.

Sí, las ciudades tienen alma. Y Cartagena posee un aura especial que la rodea, la envuelve y la hace extraordinariamente atractiva, llena de encantos. Es paradójico pero la piedra inanimada de las murallas y de otros monumentos patrimoniales, es la que le da vida a la ciudad, la hace vibrante. Todo aquello junto a sus casonas e iglesias de siglos, los parques y plazas del gran Centro Histórico con sus callecitas caprichosas de nombres inverosímiles. Por supuesto sus leyendas, heroicidad y topografía archipiélago, el  vuelo de sus alcatraces, sus vientos, sus soles de atardeceres inolvidables, las voces de sus pregoneros, los colores de sus frutas, su musicalidad, su mar, sus olores, todo eso hace parte del alma de la ciudad.

Pero las ciudades sin gente comprometida son cascarones sin esencia. Son los seres humanos quienes están detrás de la suerte de las ciudades. Si sus líderes equivocan el rumbo y sus comunidades permanecen descarriadas sin mirar el horizonte, si todos carecen de pertenencia y solo les interesa lo banal, el desorden, la algarabía, y prefieren la deshonestidad, la corrupción y las malas prácticas, y si el compromiso es una risotada, las ciudades no solo extravían su alma sino que convierten su presente y su futuro en una simple y vana ilusión. Es necesario tomar conciencia sobre la necesidad de organizarse y actuar para rescatar a Cartagena, hoy opulenta y miserable en una realidad que abruma.

La ciudad requiere  líderes comprometidos de todas las instancias ciudadanas. Si hay indiferencia no se podrá estructurar una cruzada de salvación. Para gobernar no se necesita un mesías, pero sí líderes adornados con madurez mental y amplio conocimiento de la ciudad y sus necesidades apremiantes. Que tengan capacidad de negociación y logren consensos, que generen confianza, tengan experiencia en resolución de problemas críticos, sensibilidad social, conocimiento de la administración pública y de la cooperación internacional, así como relaciones con líderes locales, regionales y nacionales.

Los diálogos que se vienen dando por parte de diversos colectivos ciudadanos y líderes políticos debería conducir a la lúcida decisión de elegir el próximo alcalde de Cartagena por consenso, para que todos sean partícipes de una exitosa cruzada de salvación de la ciudad. Pero ese anhelo implica desechar egos, sacrificar vanidades y preferir el bien común al propio interés particular. Algo muy difícil de lograr. Bueno es recordar que en 2033 se celebrarán cinco siglos de haberse fundado la ciudad, lo que representa un gran compromiso con ella. De modo que, malograr cuatro años más con otro alcalde mediocre, sería un disparo en el pie que podría conducir al naufragio definitivo de Cartagena.