"Después de una larga y fructífera existencia falleció en Barranquilla la maestra Gina Banfi de Abello, pionera del canto coral en su ciudad, donde gozaba de reconocimiento y gran aprecio ciudadano"
Álvaro Suescun

La música coral, ese arte de cantar en grupo, se encuentra en muchas culturas y tradiciones desde los orígenes de la civilización, casi siempre asociado a los templos religiosos. Fue en la Edad Media cuando esos cantos litúrgicos empezaron a salir de las iglesias para mostrarse en las salas de conciertos, siendo muy atractivos como espectáculo por el papel que desempeña cada una de las voces participantes en el sonido del conjunto.

Gina Banfi: Ilustración de José Fernando Quintero

En Barranquilla tomaron gran fuerza interpretativa estos conciertos y, en su desarrollo, hay tres nombres ineludibles, Pedro Biava, Alberto Carbonell y Gina Banfi. Ella, con 94 años, nos recibe con entusiasmo en su apartamento y nos entrega una perspectiva memorable de esta actividad:

“Siempre tuve la música presente, es parte de nuestra vida, —nos dice, crecí oyendo música clásica que interpretaba mi madre en un piano Steinway que mi abuelo, Pellegrino Puccini, había importado de Europa”.

Figuras destacadas de la música, conjuntos de cámara, operetas y zarzuelas, en su mayoría italianas y españolas, dejaron su huella musical en los teatros tradicionales de esta ciudad y, después, desde los estudios de La Voz de Barranquilla, la primera emisora comercial fundada en Colombia. Tras desembarcar, algunos establecieron su residencia aquí, entre ellos Emirto de Lima, crítico y músico curazaleño, en esos días regresó Manuel Ezequiel De la Hoz, barranquillero con estudios en Leipzig, instructores sobresalientes de esas jóvenes promesas musicales. “… mi mamá fue alumna del profesor Emirto, y en ese piano estudiaba los valses de Strauss y “Para Elisa”, de Beethoven, que también fueron mis favoritos agrega sin ocultar su emoción—. En el colegio de Lourdes teníamos como principales las asignaturas de pintura y de música con intensidad, le tomé afecto al piano con la instrucción de la hermana Elisa de la Trinidad”.

El Teatro Apolo

Escenario importante para adelantar esos espectáculos y para familiarizarse con el canto lírico, la primera mitad del siglo pasado, fue el Teatro Apolo; “… se presentaban óperas, zarzuelas, obras de teatro, hacían conciertos ¿por qué había tanta afición cultural en esa época? Era similar al teatro Heredia de Cartagena pero lo remodelaron para hacer sobre sus cimientos el teatro Metro. Lloré por aquel sacrilegio”.

Gina, cantando a dúo con su esposo Jaime Abello

Esa joya fue intervenida en 1946 adecuándola para cine, conservando una parte del escenario. Cambió de nombre, teatro Metro, un guiño a la compañía estadounidense de producción y distribución de películas de cine más grande entonces, la Metro Goldwin Mayer.

. “…, allí vimos a Marianne Anderson, contralto, la mejor de todos los tiempos, abanderaba la lucha contra la segregación racial, en Estados Unidos. Le impidieron actuar en la Sala Constitución de Washington, y se alzó la voz de Leonor Roosvelt, esposa del presidente asesinado, defensora de los derechos humanos.”

Aquella Barranquilla era clasista, sin embargo se llenó el escenario. En la junta del Centro Artístico estaban Carlos Dieppa y Ezequiel Rosado, ambos presidieron esta entidad y los ecos de sus ejecutorias todavía resuenan. Al recordarlos con agradecimiento, continúa enumerando las producciones musicales que ayudaron a su formación:

“También estuvieron las compañías del teatro clásico español, otras del teatro ligero, Josephine Baker, Los Cosacos del Don, que fue un coro surgido en un campo de refugiados dirigidos por Serge Jaroff, después de su primer concierto en el palacio imperial de Viena montaron una compañía haciendo más de diez mil conciertos. Cuando llegaron a Barranquilla no me los podía perder.”

Escuchaba con atención adquiriendo habilidades técnicas y disciplina, observaba cómo mantener el ritmo y la expresión emocional, así obtuvo grandes aprendizajes.

La filarmónica y la compañía de ópera

“En los clubes sociales empezaron a introducir la música popular, así pudimos ver las orquestas de jazz band. Los domingos, a las 11 del día, después de misa en el hotel del Prado se bailaba con la Atlántico Jazz band, hasta las 2 de la tarde. Pocas veces fui, porque mi papá era estricto con las reglas de urbanidad y debíamos estar todos en la mesa a la hora del almuerzo. Esos encuentros dominicales se conocieron como “empanadas bailables”, empezaban tocando María la O, una rumba fox trot, que originalmente era una zarzuela y su música fue popularizada por la orquesta Lecuona Cubans boys. Para finalizar esos bailes de domingo, volvían a tocarla, de manera que todo el mundo sabía que la fiesta había terminado”, —nos explica.

Linda Falquez, Eduardo Cabas y Gina Banffi, el año pasado, en Cartagena, tras una noche maravillosa con gratos encuentros

Mientras tanto seguía en la música clásica. La llegada de los maestros italianos Guido Perla y Pedro Biava, le había dado gran impulso a la música en Barranquilla. Biava, con una bien ganada fama como clarinetista, desembarcó en Puerto Colombia en 1926 con el violinista Álvaro Bacilieri y con el pianista Alfredo Squarcetta, contratados para hacer la música en las películas mudas que presentaban en el teatro Colombia. Los días de cine eran los sábados por la noche, ellos empezaban tocando en las afueras y después interpretaban tonadas alusivas en el obligado intermedio, mientras cambiaban los rollos de las películas.

Biava se integró a la Orquesta Sossa, y se casó con Mercedes, una de las hijas del maestro Luis Felipe Sossa, su director, y fueron los padres de una dinastía musical de altos kilates, entre ellos Luis, violinista, director de la Orquesta Sinfónica de Filadelfia y considerado uno de los más destacados de América.

Con Pedro Biava tuvo Barranquilla una orquesta filarmónica y, asociado con el barítono español Paco De la Riera, una Compañía de Ópera, en su momento las únicas en Colombia: “… en el Apolo se estrenaron con gran acogida los montajes de La Traviata y de Rigoletto, óperas muy importantes dentro del repertorio operístico, con la soprano Tina Altamar y su hermana Carolina, Ana Beliza Zabaraín, y la presentación del tenor venezolano Paco De la Riera”, —nos dice emocionada, desde sus recuerdos.

Esa filarmónica, la primera en esta ciudad, había iniciado labores con los auspicios del Centro Artístico. Hacían conciertos en el teatro Apolo y después mensualmente durante los viernes culturales en el teatro de la Sociedad de Mejoras Públicas. Emma Revollo y Rosita Lafaurie eran figuras en la radio barranquillera y lo en la ópera, en esa orquesta con Biava y Guido Perla, estaban también.

Su memoria, que es muy buena, no le permite por momentos alcanzar algunas fechas con precisión. Alfonso De la Espriella, su amigo, nos ayuda desde su “Historia de la música en Colombia”:  El 12 de julio de 1943 se registra la primera presentación de la filarmónica de Barranquilla, conformada por 43 músicos dirigidos por Biava, en un homenaje a Tina Altamar, “el ruiseñor de Colombia” interpretando obras de Rossini, Donizetti, Mozart y Luis A. Calvo, algunos de esos músicos o cantantes fueron Luis De la Rosa, Aníbal Cataldo, Rosita Lafaurie y Carolina Altamar. “Los coros estaban conformados por estudiantes de música de la Escuela de Bellas Artes, donde Biava daba clases”, —agrega ella, evocando aquellos días.

La vida coral en Barranquilla.

“La vida coral en Barranquilla empezó con nuestra generación, éramos jóvenes inquietos que amábamos la música. La madre Annunciata, que vino a Barranquilla a fundar el Colegio Marymount, me pidió que hiciéramos un corito para la Navidad; comenzamos con Alberto Carbonell, los hijos del maestro Biava, Judy Carbó, Dorita, Gladis y Gustavo Rosanía, luego se amplió, Nacho Castro, Eustorgio Fuentes, Chicho Sojo, Eduardo Denyer, bajo la dirección de Jimmy Stewart y, como nos gustó, … seguimos”.

“Se llamó Coro Santa Cecilia y el primer concierto fue en el Teatro Colón, en 1954. A Jimmy lo trasladaron a Barrancabermeja, entonces se hizo cargo Alberto; en esos días conocí a Jaime, estaba recién llegado de Estados Unidos, desde entonces nos unió el amor por la música, formó parte del coro hasta que se acabó. Nos casamos y nunca abandonamos la actividad coral, nos presentábamos en otras ciudades de la costa y del interior, incluidas presentaciones en la televisión nacional, y grabamos un LP de villancicos en Discos Tropical, y, en1966 con la Filarmónica de Barranquilla, interpretamos un repertorio sinfónico en Bellas Artes y una excepcional versión del oratorio Las Siete Palabras, del maestro Biava. Esa fue la última actividad del Santa Cecilia”.

“Al año siguiente nos reagrupamos. La directora social del Country Club, Lilian de Tobón, llamó a Alberto para formar un coro con los socios, algunos del Santa Cecilia nos vinculamos. Después de tres años, por quebrantos de salud de Alberto, terminamos”.

La aventura coral continuó. En septiembre de 1980 llegaron a su casa Eduardo Franco y otros amigos, con la idea de formar un coro. “¡Buena idea!”, —dijo ella— ¿y quién lo va a dirigir?” “¡Tú!”, —le respondieron, y empezaron a preparar un concierto de Navidad. “Lo presentamos en distintas iglesias con poco repertorio, pero mucho entusiasmo”, con ese antecedente se prepararon para el Festival Internacional de Música Coral. En 1987, por problemas en las cuerdas vocales, Gina debió retirarse, y Eduardo asumió la dirección de este coro que tuvo vida por 24 años.  

Entre el coro del Country Club y el Madrigal, irrumpieron otros, mencionémoslos: el Orfeo, fundado por el profesor catalán Manuel Vilasaló; el de Bellas Artes dirigido por Alfredo Gómez Zureck, decano de dicha facultad quien después formó la coral Philarmonia y, en un relevo afortunado, la dirección la tomó Helga Paulsen de Renz; la coral Barranquilla, a cargo de Josefina Botero; el coro Voces para Cristo, de Julita Consuegra: el coro del Conservatorio Pedro Biava y el coro de Intercor, dirigidos estos últimos por Alberto Carbonell, completándose 30 años de actividad prolífica.

Los Festivales internacionales

Cuando a Jaime, su esposo, lo designaron presidente del Centro Artístico, uno de sus propósitos fue un festival de coros. Así comenzó el Festival de Música Coral Polifónica, en el teatro de Bellas Artes, cada dos años, y, posteriormente lo llevaron al Amira De la Rosa, por sus mejores condiciones acústicas, y se le dio carácter internacional. Dice que fue esa su mejor época.

Barranquilla fue sede de dos festivales nacionales de coros organizados por el maestro Carlos Basto Quijano en 2004 y 2009. El departamento llegó a tener tres festivales, el Encuentro Coral de Barranquilla bajo la batuta de Alberto Carbonell, Un mar de voces, organizado por Rosemberg Cueto, y el Encuentro de Coros Escolares dirigido por Alba Pupo, espacios que pusieron en escena dos decenas de coros nacionales e internacionales y más de 300 artistas.

En medio de este ajetreo los nombres de Gina Banfi y de Jaime Abello se agigantan, por el trabajo memorable realizado para mantener la más fiel y genuina tradición de los coros en Barranquilla.