La Lira es una revista especializada en información, análisis y opinión musical. Se imprime en Barranquilla y tiene colaboradores de años y de lujo. Su trajín intelectual es de dos décadas y sirve a estudiosos e investigadores académicos, lectores interesados en la buena escritura, amantes de la historia de la música y los músicos.
La edición número 80 está dedicada en buena parte a Julio Oñate Martínez, a quien ponderan en esta ocasión plumas tan reconocidas como Enrique Muñoz Vélez, Ariel Castillo Mier, el fallecido Andrés Salcedo, Ricardo Gutiérrez y Daniel Samper Pizano, por sus conocimientos y aportes a una manifestación musical tan arraigada como el vallenato.

Este número de La Lira rinde tributo al Festival de la Leyenda Vallenata cuya próxima edición irá del 30 de abril al 4 de mayo de 2024, En su editorial la publicación señala: “En esta ocasión rendimos tributo de admiración al Festival de la Leyenda Vallenata, a sus principales impulsores, a los juglares, a las mujeres que ahora emprendieron su trayectoria por el oficio de los fuelles,, a los jóvenes que son la garantía de la continuidad de esta historia, a los acordeoneros que hacen la competencia para seleccionar al más distro, a sus cantantes y a los Reyes todos, y entre todos ellos al maestro Julio Oñate Martínez, uno de los miembros más apreciados en nuestro equipo de Coordinación Editorial, quien nos acompaña desde hace 18 años, cuando se integró a nuestro equipo de redactores con un texto sobre el cantante y compositor Ángel María Camacho y Cano, texto excepcional que mereció portada y páginas centrales en nuestra revista. Desde entonces hemos recibido su apoyo, sus consejos, sus artículos y el gran aporte de su sapiencia reunida a través de intensos años de investigación reflejados en sus escritos que son motivo de necesaria consulta”.
La Plaza se une al reconocimiento que La Lira hace a Julio Oñate Martínez, publicando a continuación apartes de varios de los textos que diversos escritores dedican en dicho impreso a este insomne investigador de una de las musicalidades más conocidas del Caribe colombiano:
Ariel Castillo Mier

Digna del mayor reconocimiento, la tesonera y brillante labor investigativa de Julio Oñate, constituye no sólo un referente insoslayable tanto para los nuevos investigadores, como para todo aquel que quiere apreciar y comprender a cabalidad el orbe del vallenato. Sin sus indagaciones acerca de los orígenes y la evolución de la música de acordeón del Caribe colombiano, la génesis de las composiciones más destacadas y la arqueología de las más antiguas, la vida y la obra de los principales acordeoneros compositores e intérpretes, la historia de los instrumentos acompañantes en la interpretación de las canciones, los motivos y temas recurrentes en el vallenato, los cambios en la ejecución de los diversos ritmos, las relaciones con otras músicas de la región, del país y del gran Caribe y la reivindicación de los héroes ocultos de la gesta que llevó a una música campesina a convertirse en internacional, es mucho lo que se hubiera dejado de saber.

Su vasto trabajo de campo, el mejor y más completo realizado hasta ahora, su minucioso conocimiento bibliográfico sobre el tema que abarca desde artículos de prensa y revistas de las capitales y pueblos perdidos de la provincia hasta internacionales y regionales libros inconseguibles, además de la recolección de fotografías, el tesoro de un archivo de entrevistas que permiten escuchar las voces vivas de los viejos músicos -la mayoría fallecidos-, los documentos, los instrumentos de intérpretes y la discografía original que, de no haberse reunido, nos hubieran privado del conocimiento de innumerables joyas musicales, que fueron auténticos hitos históricos, constituyen, sin duda, un valioso aporte a la historia de la cultura del Caribe colombiano.
Enrique Luis Muñoz Vélez

La entrada de Julio Oñate a la tierra de cantores fue La vida es sueño de Calderón de La Barca, aquí se encuentra la clave para comprender los eslabones del romántico vigilante de su cultura, donde la juglaresca alborota su sentido de vivir a ritmo de melodías donde elementales cadencias en paseos venturosos son el carburante, la música es el amor inaplazable en la conquista auditiva, con el arrugado instrumento de viento o las cantarinas cuerdas de una guitarra andariega.
Sus sueños en nada se emparentan con los estadios oníricos de las noches o el cansancio y la fatiga de tardes persistentes. Son en sí vigilias de un serenatero alerta, custodio de la tradición folclórica regional, o tal vez, en la tupida selva de la anonimia donde surge un hombre campirano con un pedazo de acordeón entonando aires del Magdalena grande. Va a su región a descubrir emociones con los juglares de antes, donde el canto cuenta historias con la trilogía de antañales melodías, caja, guacharaca y acordeón, penitentes vagabundos en el trasunto de la vida, con la carga de información expresada en sus canciones, singulares testimonios de una manera de hacer música y pasearla a lomo de asno, vehículo de trabajo de la gente agreste y pastoril, mientras trasmiten sus cantos entretejiendo el apalabramiento de la nomenclatura vallenata.

La voz asume la oración en el canto para alejar fastidios y el cuerpo armado del Santo Oficio de inquisidores modernos en la búsqueda de pecados, pero los signos azufrados nunca lo han acompañado. Anda por atajos con olfato y oídos atentos que expresan melodías en el devenir histórico de la música a toque de son, paseo, merengue y puya, oficiando una cultura regional en el Magdalena Grande.
El melómano se armoniza con el coleccionista, no pugnan un mismo cuerpo, conviven en armonía gozosa, que la vida es única e irrepetible así lo deja saber en la escritura de informados artículos, en sus notas de reportero, en sus libros de música donde consigna sus pesquisas y en los diversos fonogramas donde haya registros musicales, despierto a las sonoridades del Caribe, en esos motivos celebra a los juglares para dar cuenta de ellos y de sus quehaceres cancioneros, tomando atenta notas del estilo, la manera de ejecución y lo que cuentan las canciones.
Andrés Salcedo

Julio Oñate es compositor, investigador, coleccionista y, por encima de todo, un buenazo. Lo recuerdo en su casa de Barranquilla, ofreciendo generosamente a sus visitas, lo mejor de su bar y de sus nostalgias.
Para mayor autenticidad, ha instalado en un rincón una rocola Wurtlitzer, donde reproduce los discos de su colección. Recostada en la pared, como un tótem sagrado, la guitarra de Guillermo Buitrago preside la ceremonia.
En esa rocola escuchamos, entre otras joyas, una canción grabada por un Daniel Santos jibarito al que todavía no le han salido las cordales.
Pero la gran pasión de Julio es la música de su tierra, que él ha investigado más a fondo que nadie. Fruto de su esfuerzo de años, ya está en las librerías su “Abc del vallenato”, una obra ambiciosa, que consta de 57 capítulos y viene acompañada de un CD programado con auténticas piezas arqueológicas de la fonografía nacional.
Julio ha escrito la historia del vallenato, apelando a la anécdota y al hecho curioso. Un recorrido ilustrador por la ruta de ese folclor que arranca con los patriarcas guajiros y vallenatos y desemboca en Carlos Vives y las deformaciones actuales.
Una ruta que, según Oñate, cubre prácticamente toda la costa, pues reconoce que además de los juglares clásicos de El Cesar y La Guajira, otros han dejado una obra inmensa en el Magdalena y en las sabanas de Bolívar.

En un breve ensayo que puede leerse en el mismo libro, Ariel Castillo destaca el parentesco entre el mundo del vallenato descrito por Julio Oñate y el Macondo garciamarquiano. Y Daniel Samper Pizano asegura en el prólogo que el libro de Julio es “la Enciclopedia Británica del vallenato”.
Y los dos tienen razón. La madre si no.
Daniel Samper Pizano

En este mundo ancho y cada vez más populoso, pocos casos se parecen al de Julio Oñate Martínez. Es al mismo tiempo investigador, compositor de éxito, buen cantante, parrandero, letrista, sabio sin dárselas de profeta, divulgador del vallenato sin aspiraciones a enriquecerse con él y, como si fuera poco, coleccionista de discos, textos e instrumentos musicales colombianos.
Oñate no echa carreta. En una ciencia –la vallenatología– donde se autogradúan a diario Doctores en Vaguedades, él es preciso en sus ideas y profuso en sus pruebas. Para cada dato que suministra suele ofrecer un documento de respaldo. Tampoco pontifica, aunque el tema sea propenso para la hinchazón de pontífices. Nunca habla como iluminado, ni pretende tener la verdad revelada. Está atento siempre a aprender nuevas cosas y a escuchar a sus interlocutores.
Además, Julio Oñate es ecuménico. Siendo nativo de Villanueva, y habiéndose criado en predios del vallenato de La Provincia –lo que algunos llaman vallenato valduparense—, admira, quiere y valora en toda su importancia la música de acordeón de otras latitudes, como las sabanas de Bolívar y las márgenes del Magdalena.

Lo mejor es que, ajeno a envidias, despliega una admirable generosidad para compartir lo que sabe, lo que tiene, lo que cree. De alguien con estas características no se podía esperar más que un libro óptimo, y este, “El abc del vallenato” lo es. Lo conocí y disfruté desde su primer manuscrito, ahora tengo el placer de cumplirle a Julio, el honroso compromiso de escribir unas modestas líneas introductorias a este texto que alguna vez llamé “Enciclopedia Británica” del vallenato.
El lector no solo podrá conocer en él la evolución de la música vallenata, sus instrumentos, sus intérpretes y sus personajes, sino sus curiosidades y sus vínculos con la música del Caribe. Como Julio “es eminente y capacitado”, según lo era proverbialmente el doctor Hernando Molina en el célebre paseo La patillalera, el libro se afinca sobre bases firmes; y como su autor tiene alma de escritor y periodista, la lectura se hace deliciosa por su redacción agradable y los frecuentes apuntes y anécdotas que la aderezan. Muchos capítulos son casi tierra virgen en el corpus de literatura vallenata. Así, los que se refieren a las mujeres que han contribuido a esta música, las clasificaciones de las voces, la política en los cantos, y los apodos de los músicos. Otros contribuyen a aclarar puntos y enredos en cuestiones de frecuente debate, como la propiedad intelectual de determinadas canciones (anoto que, en un acto de honradez poco imitado, Julio proclama a gritos en estas páginas que no es suyo, aunque se lo atribuyan, el paseo La cita, de Tobías Enrique Pumarejo).

