
Todas las cosas están dispuestas de manera muy precisa y útil. Se aprovechan todos los rincones y tanto mesas como sillas están arrecostadas a la pared.
Ahora en Semana Santa dijo que iba a preparar caracol. Pero del pataeburro, el otro no le gusta.
El de pata es muy dulce mientras que el pataeburro tiene mejor marisco- dice Lesvia-, hija de Rosminia quien ahora atiende el comedor.
Hay mariamulatas que se introducen por la verja que hace las veces de ventana a picotear los calderos de arroz, las verduras y en otras ocasiones se llevan en el pico presas grandes de cosas que se roban de la cocina de Rosminia.


El mar es insistentemente ruidoso, incansable, llena de espumas blancas los recovecos de las piedras que están a la entrada del comedor de Rosminia.
A veces llegan hombres a preguntar por cosas. Hablan de otros, de cómo les ha ido en la pesca y miran a lo lejos el vuelo de los alcatraces, como quien mide la distancia con la vista, como quien revisa los presagios que el mar y el viento contienen.

Mantel de hule, ollas y calderos tiznados, platos astillados, fogón desfondado y una sábila en agua decoran el comedor pintado de azul y naranja. El techo de eternit se encuentra encima de los fogones, presenta un tizne grasiento que repinta también las paredes.
Rosminia Peñalosa Guzmán nació en Barú. El pasado 31 de marzo cumplió 66 años.
Ella se separó de mi papá el día en que a Nilson lo mató un señor con celos por su mujer- recuerda Lesvia. Ella porque no quiere caminar, yo conozco a personas más gordas que caminan y cogen bus.
¡Hay!, siempre vienes pellizcando, me da rabia- dijo Lesvia a un comensal amigo que mordisqueaba pedazos de comida.
“Bueno, sírveme ya. Ya es para que me tengas la sopa servida” -se escucha una voz por allá- (Pausa con ruido de cocina).
¿Y fuiste al sepelio del señor? El Pipa recibió una llamada por teléfono en la galería y él fue el que dijo que el señor había muerto. Pero eso es mentira, eso no es verdad, el señor no se ha muerto.
La nube gris en forma de noche se aproxima en la tarde al rancho donde se mezclan ajos, cocos, arroz y la tradición milenaria de quien posee el aliento vital para cocinar. Matrona inmensa de la comida de nosotros.
Rosmimia se sentaba en una esquina del rancho mirando los quehaceres con un mando riguroso y la sabiduría del olfato experimentado. Ya no viene. De pronto otra vez viene.

