"Sobre el Diablo, Lucifer, Satanás, Leviatán, Azazel, Balcebú, Mefistófeles, se ha escrito en demasía a lo largo de la historia del hombre. Es personaje central de leyendas y tertulias de echadores de cuento en el Caribe y otra latitudes. Rara vez pierde. Pero en duelo de acordeones cayó bajo el hechizo sonoro de Francisco El Hombre, el legendario juglar de La Guajira cuyo nombre de pila era Francisco Moscote. En otro duelo, esta vez a dados, en Cartagena, Lucifer no pudo con Guido Yamal, según nos cuenta en este texto Efraín Elías Yaber Díaz, entusiasta cronista literario de La Plaza. !Qué le vamos a hacer!, hay que leer para saber cómo fueron las cosas.
Efraín Elías Yaber Diaz.

A Guido Yamal no le temblaban ni las pestañas pa’ tirar dados.
Era capaz de plantársele a cualquiera, fuera vivo, muerto o a medio camino, con su mirada de culebra vieja y esa risa sardónica que soltaba solo cuando la suerte se le arrimaba al hombro.
Decían que había nacido con los dados en la mano y una baraja marcada debajo de la lengua.

Ese viernes por la tarde, el calor apretaba como abrazo de tía gorda y todo el barrio caminaba dentro de una pereza espesa. Guido llegó a la esquina del palo de caucho con su infaltable camisa de cuadros abierta hasta el ombligo, un Pielroja en la oreja y una piedra en el bolsillo, por si tocaba meterle una pedrada a algún imprudente.
“Hoy voy pa’ la Panadería Bechara anuncio” como quien dice que va pa’l infierno a tomarse un café con el diablo.

La panadería quedaba a mitad de la calle San Antonio del Getsemaní, y por las noches, después de cerrar, se convertía en el sitio más temerario pa’ tirar la tablita.
Allí jugaban los duros del barrio y la gente del Mercado del Arsenal, pescadores con manos de anzuelo, verduleros con mirada torva, vendedores de vicio con cuchillos escondidos, y una que otra alma perdida que juraba haber vendido su sombra, por un pleno en la lotería de Bolívar o por un chance del Perro.

Guido Yamal

Esa noche, porque esto ya no es cuento sino leyenda apareció un tipo extraño, alto, con sombrero de fieltro y voz de aguardiente.

Nadie lo conocía, pero todos le abrieron espacio como si lo hubieran estado esperando desde siempre.
¿Quién tira primero?, preguntó el forastero, sonriendo con una dentadura oscura como carbón mojado.
Guido, que desconocía el miedo, pero no la intuición, sintió una cosquilla fría en la nuca.
Pero el orgullo le pudo más.

Sacó sus dados, los besó como hacía siempre y los lanzó con un golpe seco que anunciaba sentencia.
Siete.
El extraño sonrió.

Sacó unos dados rojos que parecían recién sacados de la candela y los tiró con una elegancia sobrenatural.
Siete también.
Ahí comenzó el duelo.
Tirada tras tirada, aquello no se movía.

Cada número que sacaba Guido, el tipo lo igualaba; y cuando no, le ganaba por uno.
Nadie hablaba.

Solo se oía el retumbar de los dados sobre la baldosa y el golpeteo nervioso de las uñas de Guido contra las baldosas.
Pero cuando empezó a perder más de lo razonable, Guido apeló a su última esperanza, sacó su reliquia, una medallita de San Roque que le había regalado un cura de la iglesia del mismo nombre en calle de la Medialuna una noche de confesiones tibias y aguardiente frío.

Se la colgó al cuello, besó el suelo y se preparó.
Esta última tirada lo definiría todo.
El tipo raro lanzó primero: un seis y un seis.
Doce.
Guido sopló sus dados como si el milagro viniera del aliento, y los tiró con rabia.
Doce también.
Empate, dictaminó alguien con voz rota.
Y ahí fue cuando el mundo dejó de comportarse como mundo, y todo se volvió una locura.
Un trueno seco retumbó en el cielo despejado, el poste de luz parpadeó y se apagó.
Un viento helado recorrió la calle, levantando papeles y hojas de almendro seco, haciéndolas volar como mariposas negras.

El forastero soltó una carcajada que no venía de su garganta, sino del fondo mismo de la tierra.

Y al quitarse el sombrero, bajo el relámpago moribundo del poste que revivió por un instante, todos juraron ver los cuernos pequeños, retorcidos como raíces de mangle.
El suelo tembló.

Las baldosas de la panadería se agrietaron como si algo pujara desde abajo.
Los dados rojos del tipo estallaron en mil pedazos, arrojando chispas encendidas.
Guido, que no soltaba la medallita ni por un segundo, cayó de rodillas y levantó los brazos al cielo como si le hubieran dado el premio mayor.

¡Eso te pasa por subestimar al hijo de Yamal, el vendedor de mantequilla!, gritó, con los ojos en blanco y el pecho reventándole de susto y orgullo.

Desde ese día, jamás volvieron a jugar dados en la Panadería Bechara.
Taparon el hueco con cemento, pero cada tanto vuelve a abrirse una grieta en la misma baldosa, como si algo se revolviera allá abajo recordando la jugada.

Y Guido, que conoció de frente a ese diablo viejo, al de los cuernos y la risa hueca, evita pasar por ahí. Y cuando no le queda de otra, se santigua tres veces, no por miedo, sino por respeto.

Porque, según él, ese demonio ya no existe.
“Desde ese día el diablo cambió de piel”, dice Guido cuando se pone filosófico, apoyando su dedo índice sobre la sien.

Y es ahí cuando nace el rumor que hoy corre por todo el barrio, contado bajito en las esquinas, que el diablo, cansado de asustar, cambio de táctica y aprendió a seducir.

Que dejó el azufre por la María Farina, el tridente por el favor fácil, y la amenaza por la sonrisa amable.
Que ya no pide sacrificios, ofrece atajos.
Que no impone, convence.
Que no manda, halaga.

El diablo que se enfrentó a Guido cambió de piel. Ahora es elegante, muy elegante

Dicen que es maestro en disfrazar la vanidad de causa noble, en maquillar el ego con discursos respetables, en hacer creer que uno decide, mientras él te va amarrando con hilos tan delgados que ni el alma los siente.
Y algunos, recordando la noche de Guido, remata la historia con la frase que ya quedó como sentencia del barrio..

“El diablo de hoy no empuja” te abre la puerta.
Y cuando uno entra creyendo que va ganando, él solo sonríe y te susurra, elegantemente

Tú elegiste. Y Yo solo te acompañé.