
En los albores de 1800 la diversa y desigual población neogranadina se esforzó por encontrar elementos de identidad que sirvieran para diferenciarse de los peninsulares y con fundamento en ello buscar la independencia de la corona española. Así el paisaje virginal del nuevo mundo, sus riquezas naturales, sus minerales preciosos, el pasado precolombino, pero principalmente el haber nacido en América llevó a fortalecer el concepto de “La americanidad” (Parra y Guevara, 2008). Este sentimiento pronto rechazaría las imposiciones políticas, económicas, sociales y culturales de una monarquía que en ese momento agonizaba bajo la invasión napoleónica. El gran valor del movimiento revolucionario fue lograr la cohesión de unas castas tan disimiles tras la búsqueda de un objetivo común: la independencia.

De la misma manera señalar los rasgos que identifiquen al cartagenero(a) ha sido algo muy complejo, máxime si el terreno donde se ha forjado su comunidad ha funcionado como bisagra comercial y turística desde la colonia. Sin embargo, después de ver “Sabrosura” no me queda duda de que una puesta en escena en un emblemático lugar puede servirnos de puente para conectarnos con nuestro pasado, con nuestra historia, con nuestras tradiciones y seguir forjando la idea de una sola Cartagena que se reconoce y se apalanca en las diferencias. Las exaltaciones de valores cartageneros quedaron expuestos a través de anécdotas populares cantadas sobre ritmos y danzas bajo la conducción de Boris García, autor material e intelectual de este maravilloso musical.

En medio del espectáculo es imposible desligarse de las múltiples historias propias y ajenas, de lugares que se van revoloteando en nuestra memoria. Allí valoramos que Sabrosura es comprar caballitos en el portal de los dulces, es disfrutar de un boli de corozo o tamarindo en la playa, es glorificar el cucayo, es recordar un buen salsero en Blas de Lezo o en el Socorro. Sabrosura es deleitarse de una arepa de huevo callejera con el mismo entusiasmo que una fusión gastronómica de un lujoso restaurante del centro histórico, es apreciar el desarrollo industrial y portuario asentado entre el Bosque y Mamonal, es comer patacón con queso y kola Román, es embolar los zapatos en el palito de caucho, es ir a playa un 1 de enero, y haber hecho fila para montarnos en las escaleras del Magaly París, es extrañar subir la Popa por “la papayita” y bajarla por “los postes”, es añorar a las griegas porque ya no se oyen ni se ven, es haber sentido el fogaje del 11 de Noviembre en un clásico Indios Vs Torices o haber vivido un ascenso del Real Cartagena, es recordar que la maicena también se usaba para espolvorear la cara. Sabrosura es reconocernos en el amor por el mango con sal, en las jabonerías y perfumerías de Getsemaní, en el Polito, en el silencio del atardecer, en el ruido del cascos de los caballos, en los pringa cara, en el bate de tapita, en los zapatos viejos, en la cuadrilonga, en el salitre que acaba con los carros y las neveras. Sabrosura es reconocernos entre pescadores, palenqueras y reinas de belleza, en el ángeles somos, en el Icaco, en el buscapié, en los Inéditos, en el “tres esnaqui”, en la gaita, en la champeta, en el picó que retumba con más fuerza los domingos. Sabrosura es buscar textos perdidos en el parque Centenario y haber mercado en Getsemaní o en Bazurto, es refrescarse los cachetes con el aire acondicionado de los pobres, es vaticinar la lluvia cada 16 de julio, y haber venerado tanto a la virgen del Carmen como a Loncha y a Pambalé. Sabrosura es esperar que pase la leche Lesa y esconderse de la Carioca, es haber disfrutado el jugo de zapote en el muelle de los Pegasos y luego ir a “batear” a las murallas, es extrañar las tómbolas en los colegios, los banditos, la rumba en la Escollera, en Minerva, en la Quemada con Sofro y Cenelia. Sabrosura es evocar el festival de música del Caribe, el Pargo rojo, las leyendas del Circo Teatro, es recordar una premier en el Rialto o en el Bucanero o haber ido a ver Manuela en el Capítol.

Un punto de partida para forjar la Cartageneidad podría estar en rescatar de las anécdotas populares los valores de solidaridad, resistencia, empuje y alegría del Cartagenero(a), identificar que somos un arco iris social de ascendencia multiétnica, de cruceros, yates y canoas que surcan el mismo mar buscando distintos tesoros, de castillos, edificios y cambuches que conurban, de historias de cabarets y de iglesias que han perdurado en las sienes de los abuelos y que ahora son cantadas por sus nietos.

Guarrú: Sabrosura también nos sirve para reflexionar sobre las insalvables contradicciones del Cartagenero(a), como no haber evitado el ostracismo del Joe, como honrar con estatuas a los dos Pedros (al conquistador y al revolucionario), como ver el naufragio de los barrios turísticos cada vez que llueve o sube la marea, o simplemente cuando decidimos que se construyera el estadio de béisbol en vez del acueducto municipal.




