
La clave para explicarnos porqué el viejo abogado Milcíades lee tanto la Ilíada nos la dará precisamente Ramón Illán Bacca[1]. Aun cuando el gran Aquileo sea “semejante a los dioses” su destino también es morir, me recordó él en una entrevista. Y, a continuación, citó el verso 107 del canto XXI, en el que Aquiles se dirige a un soldado troyano que le suplica no lo mate:
¿Por qué te lamentas de este modo? Murió Patroclo, que tanto te aventajaba. ¿No ves cuán gallardo y alto de cuerpo soy yo, a quien engendró un padre ilustre y dio a luz una Diosa? Pues también me aguardan la muerte y la Parca cruel. Vendrá una mañana, una tarde o un mediodía en el que alguien me quitará la vida en el combate, hiriéndome con la lanza o con una flecha despedida por el arco. (p. 433)
El abuelo, por haber vivido en la época de la Guerra de los Mil días, tal vez recordaría el fragmento de Heráclito sobre polemos, la guerra: “la guerra es padre de todos, a unos los hace reyes y a otros esclavos” (p. 441). Otra frase de la Ilíada debía servirle también de lenitivo: “no hay un ser más desgraciado que el hombre, entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra” (p. 368).
La relectura de la Ilíada es, como decíamos, apenas un motivo del gran fresco que es Respirando el verano. Se trata de una novela en la que la pericia junto al instinto poético y pictórico del autor nos llevan a considerar, además de la guerra, otros temas: las relaciones familiares; la importancia de la casa y su patio: la cercanía del mar; la vida del pueblo; la mezcla de indios, negros e inmigrantes europeos y libaneses; la naturaleza y, sobre todo, el verano, clima que impera en la costa caribe casi todo el año y determina de alguna manera nuestra forma de ser. “Aun cuando llueva, siempre vivimos en verano” (p. 67), dice la abuela Celia.
Anselmo recordará, años después, lo que vivió durante aquellos veranos que, después, el novelista convertiría en un solo verano, un verano mítico, uno que no cesa aun cuando haya pasado mucho tiempo:
Se respiraba el verano como un olor ubicuo. Un olor a cáscara seca, a hojas carbonizadas, a aire quemado, a ropa planchada en un cuarto seco. El olor venía de lejos, de atrás, de más allá del pueblo. De las siembras sacrificadas, de la arena en libertad, de las bestias y los pájaros muertos pudriéndose en el aire abrasado. (p. 30).
La memoria, ya lo decían los mitógrafos griegos, es la gran Musa y, en este libro inolvidable, es la memoria quien nos cuenta las historias.
Publicada en 1962, cuando ya el escritor había cumplido 40 años, Respirando el verano es una novela de gran madurez poética que contribuirá, entre muchas otras obras, a desbrozar el camino de Gabriel García Márquez, su ex alumno de dibujo en el Colegio San José de Barranquilla, hacia Cien años de soledad, que, como sabemos, en un principio se iba a llamar “La casa”. Quizás fue con la lectura de este libro que García Márquez comenzó a pensar en el título de su gran novela, pues en el capítulo XVIII leemos que Celia ha sufrido “Años de soledad y de luto, años apretados, confusos” (p. 167).
El verano del título será declinado muchas veces: “Aquel rudo verano” (p. 146), “aquel tenso verano” (p. 25), “aquel verano implacable” (p. 33), “el quejido del verano” (p. 34), “su lenta destrucción en sucesivos veranos” (p. 57), “aquel ardoroso verano” (p. 129). Rojas Herazo nos enseña lo que es una “isotopía semántica”, al diseminar a lo largo de sus páginas toda la polisemia del significante “verano” en nuestro medio: la época del calor, el polvo, la sequía, el resplandor, el sofoco, los árboles sin hojas, el eterno retorno de ese tiempo. Así va tejiendo la memoria de una tarde de verano mítica, inolvidable, imperecedera. Al respecto, el filósofo Ernst Cassirer nos enseña que “todo el pensamiento mítico puede ser interpretado como una negación constante y obstinada del fenómeno de la muerte” (p.74). Podríamos agregar: una negación del olvido.
La primera parte del libro se titula “Las cosas en el polvo” y nos recuerda el proverbio bíblico: polvo eres y en polvo te convertirás. En la escena donde el indio trata de curar al doctor Milcíades de la brujería que le echaron, leemos el mito del tabaco:
El humo del tabaco es humo de la tierra, de la tierra de abajo, donde los muertos duermen despiertos, con los ojos fijos en los cráneos sin piel, llorando por la madera y los labios que dejaron arriba y soplando entre las raíces para que suspiren los árboles cuando el tiempo les madura las semillas y les arranca dulcemente las hojas que ha tostado el verano. (p. 158)
Desde la infancia, la profunda infancia, con la visión de Anselmo, nos asomamos al amado patio de la casa familiar y vemos aquel tío moribundo, Valerio… Sentimos con él, en él, “el polvo de los veranos y la humedad de los inviernos, como un acorde más en la impasible sinfonía de destrucción y de vida que miraba” (p. 226). Mientras exista la muerte existirá el mito, le oímos decir alguna vez a Roland Barthes.
Con la aparición del niño Anselmo comienza esta historia de amor y muerte, de respiración y asfixia, de luz y tinieblas. ¿Cuál es el grado de incestuosidad si un hombre toma por esposa a la hija de su hermana? Una historia de incesto ha fundado la familia: el abogado Milcíades Domínguez Ahumada eligió por esposa a una sobrina, Celia. Anselmo, el nieto, será, entonces, producto de este acto. Si pensamos en el Edipo de Sófocles, en el incesto y su prohibición, nos remontaremos a un tiempo tan remoto que se confundirá, de nuevo, con un mundo mítico.
La abuela, Celia, le cuenta al niño Anselmo cómo era la casa familiar, la casa grande. Cuando vivía el abuelo “era cómoda y bella” (p. 36). Al final de la historia, la casa se está derrumbando, pero al mismo tiempo perdurará gracias a la escritura. Mirando los daguerrotipos Anselmo se imagina el pasado, el esplendor, la vida y muerte de esos tíos y tías, la historia de sus abuelos. La lectura nos invita a respirar el mundo de este niño, a ver lo que Anselmo vio, lo que sintió en el patio de la casa, “vivir es posible y necesario” (p. 105). El escritor Rojas Herazo, nacido a la orilla del mar, en el pueblo de Tolú, mira el pasado como un retablo y lo reconstruye con un narrador omnisciente que se adentra en aquello que piensan los personajes.
El mar es convertido también en una bestia mítica que respira tras los muros: “Y escuchaba en las dulces bocinas con que el hálito del mar embestía los almendros y derramaba sobre sus cabellos un tinte de invisible desgracia” (p. 226). El narrador habla también “del áspero bostezo del mar” (p. 34), del “resuello del mar” (p. 66), del “tiempo, convertido en bramido de mar” (p. 52), del “brusco soplo del mar” (p. 61).
“Estoy a la búsqueda de una mitografía” (p. 8) dice Rojas Herazo en la célebre entrevista con Jorge García Usta, “Confesión total de un patiero”. En la Grecia antigua los mitógrafos eran los poetas que escribían las distintas versiones de los mitos. Rojas Herazo encuentra su mitografía, parte de un hecho histórico, la Guerra de los Mil días, y convierte la historia de una familia en un fenómeno de la Naturaleza. Hace del verano una agresión divina: “Volvió su mirada con angustia hacia arriba, hacia las vigas que lloraban atravesadas por las lanzas del verano interrogó —¿para qué nos traes, Dios mío? ¿dime que quieren de nosotros?” (p. 168). Da a entender que el concepto de Dios esconde una suma de deidades.
“Los dioses, que patrocinan todas las actividades humanas y rigen los fenómenos de la Naturaleza, intervienen de modo permanente en las acciones de los héroes” (p.5), escribe el helenista español Emilio Crespo Güemes en su introducción a la Ilíada. Oímos a Helena de Troya decirle a Héctor, su cuñado: “pero entra y siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón por mí, perra, y por la falta de Alejandro, a quienes Zeus nos dio mala suerte a fin de que a los venideros les sirvamos de asunto para sus cantos” (p. 132). Los dioses nos hacen sufrir para que los poetas del porvenir tengan motivos para cantar.
El gran cantautor ciego Leandro Diaz, que también influyó mucho en la generación de García Márquez y Cepeda Samudio, hará del ardoroso verano, de ese tiempo de polvareda y sequía cuando los árboles lloran, una hermosa canción, cargada al mismo tiempo de sentimiento y nostalgia:
Vengo a decirles compañeros míos…
¡Llegó el verano!… ¡Llegó el verano!
Luego verán los árboles llorando
Viendo rodar sus vestidos.
Ahora a los campos les toca llorar
“La música regional, en apariencia vivaz y alegre, es en el fondo lenta, macerada, henchida de dramática reflexión (…) es elegíaca (…) esperanza lastimera” (p. 10-11), dice Rojas Herazo en su hermoso texto “Rasgos lineales para bocetear el Caribe”.
Otra de las citas de la Ilíada que tal vez Julia recordaría es la que compara a los humanos con las hojas de los árboles que caen al suelo al llegar el verano (o el otoño en otros lugares): “cual la generación de hojas, así las de los hombres, al llegar el verano dispersa la brisa el follaje por el suelo, y el monte, reverdeciendo con las lluvias, produce nuevas hojas, de igual manera una generación humana nace y otra perece” (p. 125-126).
En Respirando el verano encontramos huellas de los otros oficios de Rojas Herazo, quien además de novelista es poeta y pintor. En citas como “Urdía la mañana, con pelusillas de amatista y naranja, su gran ala de nácar” (p. 85) o “La magra vendedora de pescados y bollos de mazorca” (p. 219) es posible vislumbrar los nexos. En sus cuadros se ven reflejados vendedores ambulantes con sus palanganas y en la novela cobran vida algunos caballos: “El caballo, de perfil contra la puerta del patio, había crecido y parecía saborear un dulce trueno con sus quijadas hundidas en el resplandor acerado” (p. 77) y, más adelante, otro “negro y brillante bajo el guayabo, parecía lleno de espadas (…) ahora, al salir del umbrío, relampagueando en un fuego azuloso, estaba totalmente bañado por el agua lunar” (p. 215). La perspectiva visual se explaya a lo largo de la novela, como cuando Anselmo ve su casa desde lo alto del campanario: “Las techumbres flotaban como estrellas de miel entre el rumor de las acacias y los clemones y el delirio de los gallos invisibles” (p. 47).
En el último capítulo de la novela el narrador sale del ámbito de la casa y nos ofrece la visión de las calles del pueblo como el paneo de una cámara de cine. A grandes pinceladas, como en un mural, Rojas Herazo ha pintado la historia de la costa a comienzos del siglo XX: los inmigrantes libaneses, “los turcos”, los indios, los afrodescendientes —“un negro duro y arbóreo” (p. 94), “un negro alto, con la membruda elasticidad de un guerrero” (p. 95)— y también los colonizadores, la gente que llegó del otro lado del mar, de Europa, entre ellos la familia del abuelo Milcíades, que quizás trajo en sus alforjas un ejemplar de la Ilíada.
Barranquilla, 8 de marzo de 2022
Bibliografía
Barthes, Roland. Le grain de la voix, (1981), Editions du Seuil.
Cassirer, Ernst. Antropología filosófica, (1967), Editorial Fondo de Cultura Económica.
Crespo Güemes, Emilio. Introducción. Ilíada. (1996). Editorial Gredos.
Glissant Édouard. Faulkner, Mississippi, (2002), Editorial Fondo de Cultura Económica.
García Usta, Jorge. (1990). Héctor Rojas Herazo : confesión total de un patiero. Boletín Cultural Y Bibliográfico, 27(24-25), 35-65. Recuperado a partir de https://publicaciones.banrepcultural.org/index.php/boletin_cultural/article/view/2437
Héraclite (2005), Fragments. Editorial Presses Universitaires de France.
Homero. Ilíada. (1999), Panamericana Editorial.
Rojas Herazo, Héctor. Respirando el verano. (2021). Editorial Planeta Colombiana S. A.
Rojas Herazo, Héctor. “Rasgos lineales para bocetear el Caribe”, (1998), in La costa que queremos, Editorial Gente Nueva.
[1] En nuestra opinión, la constante lectura le sirve de consuelo.

