"La amistad, cuando es verdadera, se convierte en un afecto que supera lo superficial, se enraiza con el paso del tiempo y puede conservarse más allá de la muerte. Cuando un amigo muere los lazos del afecto los mantiene el ser que vive a través de los recuerdos. Álvaro Rojano nos habla hoy de esa amistad que supera los designios de la muerte".
Álvaro Rojano Osorio

Para el filósofo Enrique Luis Muñoz Vélez, cuando la vida es plena, la muerte no está, simplemente es una ausencia aparente. Es lo que sucede con Julio César Acuña Córdoba, tras dos años de haber partido, debido a que con las huellas imborrables que dejó en su trasegar por la vida, siempre está presente en el corazón de quienes tuvimos la oportunidad de ser su amigo.

La nuestra fue una amistad abrigada por la que desde por muchos años mantuvo con mi padre. De ella le comenté hace dos años, el 22 de agosto, a su hijo Ubaldino en la funeraria donde acompañamos a la familia Acuña Borrero, en el velatorio de los restos de Julio. También le conté la anécdota del caluroso mediodía que escuché la noticia del nombramiento de Julio como alcalde de Pedraza, y de la asociación que hice de su nombre con varias postales que le envió desde Estados Unidos a papá, las que guardaba entre fotos y otros documentos.

Julio César Acuña Córdoba fue alcalde de Pedraza

Como la amistad no necesita frecuencia, como lo señaló Jorge Luis Borges, una vez Julio tomó posesión del cargo de alcalde, se reencontró con papá, lo que permitió que nos conociéramos y diera inicio a la nuestra, la que se consolidó con el apoyo que desde el concejo municipal le brindamos a su administración. Relación que nos hizo familia, la que trascendió en el tiempo, en la distancia, y que hoy me lleva a hacerle este homenaje.

Pero hubo otro ingrediente importante que nos unió: la cultura. En efecto, la llegada de Julio a la alcaldía coincidió con el periodo más fructífero del proceso cultural de Pedraza, pues, para entonces, un grupo de amigos habíamos fundado la Casa de la Cultura, de la que hicimos su presidente honorario. Sin lugar a dudas, sin su apoyo no hubiera sido posible la adecuación de las abandonadas instalaciones donde operaron las plantas eléctricas, edificio que fue sede de la casa de la cultura, después de la ludoteca y sobre el que construyeron la biblioteca municipal Ignacio Ospino García.

La relación entre Julio y la cultura no era meramente administrativa, pues, desde los diecisiete años interpretaba la guitarra, componía y cantaba. Aptitud para la música que permitió que antes de llegar a ocupar por segunda vez el cargo de alcalde, algunas de sus más de cien canciones fueran grabadas por importantes conjuntos musicales, entre ellos Aníbal Velázquez, Oswaldo Rojano. Posteriormente, cantantes como Poncho Olmedo y Oswaldo De la Hoz, también grabaron algunas de sus inspiraciones musicales.

Aníbal Velázquez, de los varios artistas que grabó una de sus canciones

Indudablemente, su vocación musical la heredó de los Córdoba. Fue al lado de sus primos Andrés y Vladimiro, como comenzó a desarrollarla. Fue con ellos como tuvo acceso a la guitarra y conoció los secretos de ella. Estos, los hermanos González Córdoba, músicos empíricos, fueron dueños de este y otros instrumentos, porque su madre Eustacia, quien era comerciante, se los compraba para evitar que fueran a la calle a encontrar malas compañías.

Luego de aprender a interpretar la guitarra, la que hizo su eterna compañera, tanto que cuando fue a buscar mejores oportunidades de vida a Estados Unidos, hizo parte de sus menajes de viaje, desarrolló la vocación de compositor. Canciones de corte narrativo con las que le cantó a su entorno, a su pueblo, a personajes, a su vida, a amores, en fin.

Julio César Acuña Córdoba, con la guitarra, la que hizo su eterna compañera

En una de ellas, titulada En la orilla del río, menciona que había nacido a orillas del río Magdalena, donde quedaba la casa de los González Córdoba, donde su madre Olimpia lo parió un seis de marzo de 1935. Vivienda, que como lo menciona en la canción, quedaba cerca de la muralla, donde, con brisa, pero sin frío, y un oleaje que no falla, nació su inspiración. En este mismo tema le canta al río Magdalena, al que le atribuye facultades curativas producto de que el Cesar, que nace en la serranía, vierte sus aguas en él.

De su pueblo natal Heredia, entre otras evocaciones, señala que allí a todas las horas la vida es tranquila. También lo hace en la canción que tituló Heredia, en el que destaca a esta localidad como importante, aunque pequeña. Además, asevera que sueña con el barrio Arriba, donde se ubicaba la casa donde nació y vivió, con El peñoncito, como denominan al puerto de piedras que baña el Magdalena, de estos dice que hacen parte de su vida. Sin embargo, pese a darles semejante importancia, no se olvida de los barrios Abajo y del Centro, de la ciénaga de Pato, tampoco del cerro de Gaira, desde, como lo asegura, todo se divisa. También indica que “En Heredia se borran las penas porque el aire puro te las quita.”

Sin lugar a dudas, Julio siempre fue un hombre comprometido con su pueblo, del que decía que no podía arrancar de su corazón porque era imposible de olvidar. Fue ese amor quien lo llevó a pedirle al burgomaestre Gregorio Rico Guette, que promoviera la creación del bachillerato de su pueblo, como en efecto sucedió.

Heredia, corregimiento de Pedraza, población donde nació Julio César Acuña Córdoba

Romántico le cantó a la linda bahiondera, destacando al hacerlo un conjunto de circunstancias y de aspectos relacionados con la naturaleza, con Bahiahonda, como las dificultades para acceder a esta localidad, por lo que anuncia que, buscándola, iría nadando. Además, menciona a la ciénaga de Cotoré, en cuyas costas orientales está ubicada la población. Lo hace para comparar la forma como lo tenía atrapado la musa de su inspiración con los tapones, conjunto de taruyas, arbustos y otras especies, que, por su tamaño, al bajar las aguas de este espejo de agua, les resulta imposible salir al río.

Canción en la que también resalta a un personaje local, Agustín Bolaño, lo hace para mencionar que ese año conquistaría el corazón de la fuente de inspiración, ya fuera en Bahiahonda o en Venezuela. Para cuando compuso la canción las relaciones entre los pobladores de esa localidad con ese país eran fluidas.

También le cantó a la naturaleza en Linda Zambranera, al mencionar a la ciénaga de Gramalote y a la isla del Bote. De la Zambranera dice que se encuentra esculpida en el fondo de su alma y por eso la recuerda.

Y echando mano de su buen sentido del humor, compuso La Transformada, en la que narra sus frustrados intentos de enamorar a la mujer que, habiendo salido del pueblo, delgada por los tiempos malos, regresó cambiada, comiendo pan y mantequilla, negándose a consumir bollo porque le afectaba las mejillas. Fue ella, quien, al enamorarla, le respondió: fuera contigo, que vivo en la 84. Fue quien al regresar al pueblo se vistió con un medio paso que al caminar permitía que se le viera la tanga. Quien preguntó si había bus, y escuchó la respuesta de su madre: el burro peludo de su padre.

Pero, pese a todas sus composiciones románticas, Julio, sin lugar a dudas, depositó su amor eterno en Gala Acuña Perea, con quien cimentó su importante familia.

Sus canciones, los acordes de su guitarra, tuvimos la oportunidad de escucharlas en la casa del Profe Héctor Medina, en Pedraza. Las interpretaba en un marco musical en el que también intervenían Gustavo y Tico Medina, así como Manuel De la Rosa. Reuniones que se anidaron en el corazón de Julio con tanta fuerza que por siempre hicieron parte de sus añoranzas.

Pedraza, Magdalena

Julio también compuso los himnos de Pedraza y Heredia, y además es el autor de las banderas del municipio, y la de su pueblo. Eso sucedió mientras ocupó, por última vez, el cargo de alcalde. Tiempo en el que se empeñó en hacer un parque natural en Pedraza, en el que contrató la construcción de la cancha de microfútbol en la plaza de Punta de Piedras, entre otras ejecutorias.

Luego de su paso por la alcaldía, nuestras relaciones fueron más allá de lo político, tanto que después de la muerte de mi papá, busqué refugio en sus consejos por considerarlo un ser humano prudente, honesto e inteligente como mi viejo.

Al final de su paso por la tierra debo decir que su vida fue la de un hombre digno, de decoro, sereno, aplomado, austero, educado. Que dejó huellas que son imborrables como ser humano, por su lealtad para con los amigos, por la responsabilidad y amor hacia su familia, por su producción intelectual, la que se consolidó, además de la música, por sus escritos, sus banderas, sus himnos. Julio fue autor de un libro de crónicas de viaje que hizo por algunos lugares del departamento del Magdalena.

Es este inventario, así como un sinnúmero de hechos meritorios, los que han impedido que el olvido, esa sombra que junto a la muerte nos acompaña, llegue hasta la puerta de la memoria de quienes lo conocimos y lo quisimos. Y si alcanza a llegar, seguro que siempre habrá alguien que tendrá una razón para recordarlo.

Yo sabía que estaba en el corazón de Julio, y él conocía cuánto lo quería, lo respetaba, lo que admiraba y disfrutaba su inteligencia, lo que gozaba con su sentido del humor. Era conocedor de que atendía sus recomendaciones, sus consejos, que valoraba sus preocupaciones por mí.

Hasta siempre, mi querido Julio César Acuña y Córdoba, como también te llamé.