
Hay muchas formas de medir el éxito de una nación. Algunos lo hacen a través del crecimiento económico, otros mediante la estabilidad institucional o la fortaleza de sus fuerzas productivas. Sin embargo, existe una medida mucho más simple y humana: que ninguno de sus ciudadanos tenga que acostarse con hambre.
Resulta incomprensible que Colombia, una nación privilegiada por su riqueza natural, por la fertilidad de sus tierras y por la capacidad de trabajo de su gente, aún conviva con el drama de millones de personas que no tienen garantizadas tres comidas al día. El hambre no es una cifra fría ni una estadística para informes gubernamentales; es el rostro de un niño que no desayuna, de una madre que sacrifica su propia alimentación para alimentar a sus hijos o de un anciano que termina sus días en la incertidumbre de no saber qué llevará a su mesa al día siguiente.
El hambre es, quizás, la forma más cruel de exclusión social.
Por ello, preocupa escuchar discursos políticos que parecen ignorar las profundas desigualdades que todavía persisten en Colombia. El país se encuentra ante una nueva elección presidencial y, como ocurre en cada momento decisivo de nuestra historia, los ciudadanos deberán escoger entre distintos modelos de sociedad. No se trata simplemente de elegir a un gobernante; se trata de definir qué país queremos construir para las próximas generaciones.
Colombia es una nación compleja. Su diversidad geográfica, étnica y cultural constituye una riqueza extraordinaria, pero también plantea enormes desafíos para quien aspire a dirigir sus destinos. A ello se suma una dolorosa realidad histórica: todavía no hemos logrado cerrar completamente las heridas de una violencia que nos ha acompañado durante buena parte de nuestra vida republicana.
Por eso las palabras importan.
Cuando desde la política se emplean expresiones agresivas contra quienes piensan diferente, se corre el riesgo de alimentar la polarización que tanto daño ha causado a nuestra convivencia democrática. La democracia no se construye destruyendo al adversario, sino convenciéndolo; no se fortalece mediante la exclusión, sino mediante el diálogo; no progresa con amenazas, sino con argumentos.

Los colombianos necesitamos dirigentes capaces de unir y no de dividir; de escuchar y no solamente de hablar; de comprender la complejidad de los problemas nacionales antes que ofrecer soluciones simples para desafíos profundamente complejos.
En ese contexto, considero que Iván Cepeda Castro representa una alternativa digna de consideración. Su formación académica como filósofo, sus estudios en Derecho Internacional Humanitario y su trayectoria pública como senador han estado vinculados a debates relacionados con los derechos humanos, la paz y la construcción institucional del Estado.
Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, lo importante es que el debate presidencial se concentre en las ideas y en las propuestas para resolver los problemas reales de los ciudadanos. Entre ellos sobresale uno que afecta a todos los colombianos: la corrupción.
Mientras millones de personas enfrentan dificultades para satisfacer sus necesidades básicas, el país continúa perdiendo enormes recursos públicos que deberían destinarse a educación, salud, vivienda, infraestructura y seguridad alimentaria. Cada peso que se desvía por la corrupción es un peso que se le arrebata a la esperanza de quienes más necesitan la presencia efectiva del Estado.

La lucha contra el hambre y la lucha contra la corrupción son, en el fondo, la misma batalla. Ambas buscan defender la dignidad humana. Ambas exigen valentía política. Ambas reclaman un compromiso ético inquebrantable.
Ha llegado la hora de que Colombia cierre definitivamente las puertas al hambre. No como una consigna de campaña, sino como una política de Estado. No como una promesa electoral, sino como una obligación moral.
Ninguna sociedad puede llamarse verdaderamente libre mientras millones de sus ciudadanos sigan siendo esclavos de la necesidad.
La verdadera grandeza de una nación no se mide por la riqueza que acumulan unos pocos, sino por la dignidad con la que viven todos sus habitantes.

