
El chasquido de los machetes en la Calle de Atrás no fue un ruido limpio, sino el golpe templado con el que Mompox, el 19 de octubre de 1812, cortó su propio destino y se ganó el nombre de “Valerosa”. Aquel filo de dignidad no se apagó en el aire húmedo del Magdalena, quedó suspendido como una vibración que atravesó el tiempo. Ese mismo día, al otro lado del mundo, Napoleón Bonaparte iniciaba su retirada de Moscú, derrotado por el invierno y por su exceso de poder. Dos hechos simultáneos y opuestos mientras en Europa se desmoronaba la ambición imperial, en América nacía la libertad. Aquella coincidencia de fechas parece más que una casualidad, fue el mismo siglo sacudiéndose en dos extremos del mundo, uno para rendirse y el otro para levantarse. ¿Qué definición quedó por escribirse en la historia?

El río Magdalena, o el brazo que circunda a la isla, no solo lleva agua, lleva historias y memoria. En su corriente, la Villa de Mompox se aferró a la orilla, no para verlo pasar, sino para detenerlo con un grito: “Ser libres o morir”. Pero la libertad, como el río, nunca es un cauce recto. Es un laberinto de curvas, crecientes y sequías. ¿Fue la Independencia un camino de gloria o un espejismo sangriento en el calor del trópico? La historia oficial pintó un cuadro de héroes, pero dejó en penumbra los rostros sudorosos que forjaron, a machetazos, un territorio lleno de conflictos.
Se habla de la “valerosa” Mompox y de la “leal” Cartagena. Pero, ¿qué se escondía tras esa alianza forjada a punta de negaciones? Antes de ser hermanas de causa, Cartagena mandó su batallón para someter a Mompox y ahogar su independencia, logro que su dirigencia bajo José María García de Toledo rechazó con vehemencia hasta declararle la guerra. Fue una guerra entre quienes querían la libertad con mesura y quienes la querían con furia. Aquella alianza no nació de un abrazo, sino del exilio de los hermanos Gutiérrez de Piñeres, que en Cartagena se volvieron semilla de una rebelión mayor.

Las crónicas hablan de la quema de San Sebastián y de Pijiño como triunfos. Pero cada incendio fue también tragedia. Cuando los realistas incendiaron San Sebastián y los patriotas respondieron desde Menchiquejo, la historia ardía en el lenguaje de la desesperación, el crujir de las llamas devorando el techo de la propia patria. Cada pueblo quemado dejó cicatrices invisibles y resistencias impredecibles. Hoy, desde la distancia, se entienden esas llamas como advertencia, un pueblo que no asume su memoria termina siendo, como dijo Fals Borda, un pueblo de “dejaos”.
Y en medio de ese fuego, surgen “Los Negros Campuzanos”. ¿De qué libertad eran portadores sus machetes? Dicen que su fuerza era descomunal, capaces de enfrentarse a quince hombres cada uno. Pero su silencio en la historia es aún más elocuente. Hombres de piel oscura, libres o esclavos, blandiendo machetes por una libertad que aún les era promesa en papel mojado.

Bolívar no llegó a una aldea sumisa, sino a una “ciudad” que ya se había ganado el título de “Valerosa”. Llegó como insubordinado, desobedeciendo a Labatut, y encontró en Mompox no seguidores, sino cómplices. Mompox no le dio hombres, se los prestó para la gloria. La frase “Si a Caracas debo la vida, a Mompox debo la gloria” no es un agradecimiento, es una deuda histórica. Mompox fue la llave que abrió el río hacia la liberación de toda una nación. (Un valor histórico que merece seguir explorándose, desde el epicentro de la Academia de Historia.)
El Río del Tiempo, de la Gloria al Olvido.
Hoy, el polvo de aquella gloria se asienta sobre las iglesias silenciosas y las calles empedradas. El mismo río que fue vía de libertadores hoy lleva otros destinos: la lucha por la tierra, la carencia de gobernabilidad local, la precariedad de la vida cotidiana. Los Objetivos del Desarrollo Sostenible se desdibujan ante las necesidades básicas insatisfechas. El patrimonio material e inmaterial se deteriora, las piezas históricas desaparecen, y la memoria se vuelve un nuevo campo de batalla.

La “Calle de Atrás” hoy es metáfora del desarrollo que llega por otros caminos, dejando a Mompox anclada en su esplendor pasado. Los “Campuzanos” de hoy no empuñan machetes, sino que libran batallas contra la invisibilidad, defendiendo su cultura no como souvenir turístico, sino como testimonio vivo de una resistencia que persiste. La historia en Mompox no ha terminado: el conflicto social muta. La batalla actual se libra entre memoria y olvido, entre falsedad y preservación; entre ser un museo quieto o una comunidad con futuro.
La historia, vista en su entramado más profundo, nos enseña que el ayer no está en los archivos, sino que late en el presente. La valentía de 1812 no debe quedarse en un cuadro para conmemorar, sino servir de llamado a no claudicar en las batallas actuales. Porque Mompox, la que dio gloria a Bolívar, merece una gloria propia: la de reencontrar en su pasado de leyenda la fuerza para navegar las corrientes, a veces traicioneras, del presente.

Desde una mirada reflexiva de la historia y desde el pensamiento complejo, este texto no pretende contar lo ya contado, sino mirar de frente lo que aún late detrás de los hechos. No se trata de recordar por costumbre, sino de entender cómo cada suceso nos sigue hablando. El pasado no está dormido, camina con nosotros, se asoma en nuestras dudas, se refleja en lo que todavía no hemos resuelto. La memoria es eso, una corriente que no deja de moverse y que, al rozarnos, nos pregunta quiénes fuimos, quiénes somos y qué nos falta por vencer en este largo río del tiempo.
- Fotos/ Gestión y Ambiente ISSN: 0124-177X rgya@unalmed.edu.co Universidad Nacional de Colombia Colombia ↩︎


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