"La cumbia dispersa por el mar Caribe y tierras bañadas por los ríos de la Costa Norte de Colombia, llenó de ritmos, melodías y colores de la vida bailada en plaza pública....."
Enrique Luis Muñoz Vélez

Los trajeron a la fuerza, encadenados, humillados y ofendidos, esclavizados por la brutal trata esclavista, en suelo de América a desnudez plena, traían en su mente las complejas tradiciones de sus saberes de ancestralidad, toques y cantos de hondura religiosa con el fuego ardiente de no dejarse borrar de la tierra, aunque le rompieron las palabras primigenias de su comunicación tribal (cumbila, cumbé[1]).

En las primeras décadas del siglo XIX /1826/ el General Joaquín Posada Gutiérrez (1797–1881), cartagenero de nacimiento, dejó una semblanza de música y baile en el entorno festivo de las celebraciones religiosas de Nuestra Señora de la Purificación de las Candelas, la Virgen de La Candelaria de la Popa. En las Memorias Histórica–Política publicada en 1865, Tomo II, Posada Gutiérrez señala lo siguiente: “ahora se ve fraternizar los tambores de los negros con las gaitas de los indios”. Entre líneas puede comprenderse ya un vínculo instrumental que se entronca étnicamente entre diferentes culturas africanas y las primigenias estirpes de indios del Caribe colombiano, navegantes de mar y río y pertenecientes a diversas familias lingüísticas.

Me contaron los abuelos de aquel matrimonio bien avenido que las coquetas gaitas indígenas fueron seducidas por las frenéticas rítmicas de los tambores negros: repicar, canteos y fondeos de manos diestras que a cada pulso de toques ponían los cuerpos de hombres y mujeres a llevar el compás entre caderas y pie con gracia, elasticidad, plasticidad y belleza en el ¡ay! Jue pa…cumbia enfandangada[2] de espermas y ron[3].

La cumbia dispersa por el mar Caribe y tierras bañadas por los ríos de la Costa Norte de Colombia, llenó de ritmos, melodías y colores de la vida bailada en plaza pública al compás de la cumbia ancestral de los toques rituales congos de la cumbila (circularidad de fuego, simbolizada por la mujer con la mano derecha en alto mientras danza, con la mano izquierda toma un canto del vuelo de la pollera a la altura de la cintura). Cumbila es un término congo que significa fuego que se baila, que por un proceso etnolingüístico llamado epéntesis pasa de cumbila a cumbia al suprimirse la letra l (ele) y es un hecho evidente en la fonética del cartagenero[4].

El libro del padre Jesuita Alonso Sandoval De Instauranda Aethiopum Salute (1627) es un documento cumbre en la comprensión e interpretación de la cultura negra en Cartagena. En estudio afronegrismo de Cuba realizado por Fernando Ortiz (1881–1969) con la investigación La Secta Conga de los Matiabos de Cuba y del Brasil (Diccionario Africano Bantú, 1651, Kikongo[5]), cumbila se emparenta con tambor y fuego y pertenece a la parafernalia de los ritos religiosos cultuales de los congos que, al acoplarse con las gaitas indígenas, fueron definiendo la melodía al igual del pito atravesao la línea melódica insinuada por la función rítmica de los tambores en diferentes geografías de la costa caribeña, y en las subregiones de sabanas y puertos ribereños.

En los libros de viajes de españoles al África Negra en los siglos XVI y XVII se dan códigos, signos y claves de rituales africanos en el entorno festivo de músicas y danzas de carácter religioso que se precipitaron en el caudal afrocolombiano. Las músicas y danzas africanas posibilitan una aproximación a los estudios etnográficos y un material valioso de extrapolaciones para el caso del Caribe colombiano. La presencia española y portuguesa en tierra de África mucho antes del “Descubrimiento de América” produjo una cosmovisión y lenguajes diferentes, esto supone poderosas fuentes documentales sincretizadas.

CUMBIA

La cumbia, música y danza de siglos y etnias trashumantes dispersa por la costa norte de Colombia, río y mar, valle y sabanas, puertos, calles y plazas que ejecutan los conjuntos de cumbias que fogatean en noches de cumbiambas los ritmos de la tierra. La cumbia como expresión musical danzaria es de carácter comunal en la cuna vernacular de su oriundez campesina. La mujer arrastra los pies, no los levanta de la tierra, pasos cortos tras la marcación del llamador; el tamborilero del alegre toca jugando con sus muslos en la aprehensión del instrumento al levantarlo del suelo, percute para el bailador. Hombre y mujer giran alrededor de los tamboreros, es decir, del conjunto de cumbia en el rito gozoso de espantar el pasado de dolor, la cumbia es memoria y cuerpo a través del tiempo.

Un rasgo fundamental de la cumbia es su aspecto ceremonial, en el aspecto danzario que exponen ciertos toques: el llamador afincando el ritmo de manera repetitiva, y a veces, con ciertos pequeños giros diferenciales, casi imperceptibles al oído humano, pero en plena comunión con la percusión menor; maracas, guaches y a veces, guacharaca cuando la parte melódica la lleva el acordeón, los pasos del bailador, que a su vez, desafía al tamborero del alegre a un reto entre golpe percutido y la postura del cuerpo, teniendo en cuenta la función agraria, el campo y su acción de trabajo como expresión campesina en su vertiente más antigua, tal como lo sugiere la investigación etnomusicológica de George List en Evitar (Bolívar en 1964)

Entre tanto, la cumbia no escapa al sistema del Gran Caribe y presenta vasos comunicantes, entre la kumina jamaicana, el complejo rítmico de toques de cabildos congos en Cuba, la kumba de Haití y Curazao, y ciertos toques ancestrales de la bomba antigua de Puerto Rico, es decir, células rítmicas de los asentamientos negros de la Isla del Encanto como expresiones de integración afrocaribeña, afinidades que desde luego, supone diferencias también y de República Dominicana en Villa Mella, sin perder de vista y oída que la trasmisión de saberes de ancestralidad africana presenta un esquema oral. En ese contexto la cumbia panameña referenciada por Narciso Garay y los toques de tambores a los Santos Negros de Venezuela (chimbangueles y cumbés) con diferencias y puntos de contactos en los toques. En otras palabras, la cumbia es parte sustancial de un sistema sincrético de culturas africanas en suelo de América que navegó por el Mar Caribe.

Bailando Cumbia

La cumbia presenta una simbología religiosa, divinidades bailadoras a través del fuego muestran un carácter ritual ceremonial, donde la candela es el símbolo purificador. La música africana exhibe una honda raíz cultual y ceremonia sincretizada.

La cumbia está escrita en compás binario 2/4 (y una marcación hoy en 4/4 más flexibles a las fusiones y en otras de ₵, léase C partida o 2/2); la organología está definida por: un tambor llamador, que cumple con la función de definir la célula rítmica de la cumbia con un golpe constante; el tambor alegre (hembra) que responde los llamados, matizando las frases del tambor macho (o llamador) que fija el ritmo. El alegre repiquetea haciendo adornos e incitando al bailador que persigue a la mujer; la tambora complementa las funciones rítmicas; maracas y guaches complementan los acentos rítmicos del tiempo débil que dan expresividad al clímax rítmico, y las gaitas o pito atravesao el soporte melódico con la voz humana.

En el Banco Magdalena hay un foco siempre de cumbiamberos, de esa arena se espigó José Benito Barros Palomino en constante comunión con la cumbia y la Depresión Momposina. La cumbia nos pertenece a todos y a diversas geografías humanas que vagabundea tierra, mar y ríos. En términos africanos con la cumbia el negro se hizo ritmo y José Zororzola al explorar al África con Gorofer, expresaron: “da la sensación que el negro trae escriturado en la piel el sentido del ritmo”.

El historiador H. J. Driberg en su obra: “At home with savages”, publicada en Londres, en 1932, expone lo siguiente para referirse al mundo africano:

Con frecuencia sus danzas son como representaciones dramáticas que enseñan diversas lecciones. Hay danzas imitativas de animales que muestran las características de algunos de estos, estimulando la observación y los métodos correctos para cazarlos; otras son de carácter religioso y comparable a nuestras mascaradas y otras perpetúan los sucesos históricos[6].

Con la cumbia La cultura musical de Colombia y de manera central el universo costeño tiene una de sus profundas raíces étnicas de múltiples sonoridades, que hoy trasciende la geografía Nacional y la asumen desde el Cono Sur hasta México. Los caminos de la cumbia en el mundo es un reto para los estudios culturales, etnomusicológicos y musicológicos de un género documentado en la Gaceta de Cartagena. Desde 1869 aparece la cumbia como música de las negradas inferiores y con el genérico de cumbiamba en el periódico El Porvenir de 1879.

En Estados Unidos, el músico bolivarense Ángel María Camacho y Cano, graba para Discos Brunswick varios temas, El Corcovado, cumbiamba, Registro 31611, No. 40940, Nueva York, 1929. Y Ya no me caso, cumbia y Si Supiera Usted, cumbia, No. 41191. No me digas no, cumbia, No, 41128, Nueva York, 1930. Richard K. Spottswood (1893 – 1942), Tomo IV. Fueron los primeros discos de cumbias que se conocieron fuera de Colombia. En 1938 el sucreño Adolfo Mejía compone La Pequeña Suite (obra sinfónica, la primera escritura de un costeño en el lenguaje orquestal académico), cuyo tercer movimiento es una cumbia escrita para Orquesta Sinfónica, hay un pasaje de fandango sabanero como cita textual: “Sapo este hijo es tuyo y en la cara se parece a ti”[7].

En los cien años del natalicio de José Benito Barros Palomino (1915 – 2015) la cumbia es signo sonoro que dialoga con las otras músicas de América en la búsqueda de rutas y asentamientos cumbiamberos de América, posibilitando encuentros musicales, reflexiones académicas y ante todo, nuevas propuestas de la cumbia que navega por ríos y mares.

La frenética cumbia como la llamó el poeta y músico Jorge Artel, tiene en su sustrato afro la base de la función rítmica. La sensualidad rítmica, la profunda voz de los ancestros, los tambores en las noches de cabildos, la danza mulata, los hombres que llevan la emoción en sus manos a los tambores, con sus siglos mojados en quejumbres de gaitas, late un recuerdo aborigen, una africana esperanza, sobre el cuero curtido donde los tamborileros, sonámbulos dioses nuevos que replican alegría, aprendieron a hacer el trueno, con sus manos nudosas, todas poderosas para la algarabía…cumbia, bailaron los abuelos[8].

La cumbia es un hilo conductor para encontrar los cabos sueltos de lo que somos como pueblos y culturas. Cumbia la colorida cumbia con sus espermas y mechones fogata ancestral de la alegría de los cuerpos danzantes y las honduras secretas de las leyes del monte de los paleros que dialogan con la naturaleza para escudriñar los secretos escondidos en la tierra y en el monte.

[1] El término se entronca con cumbila. Referencia grupos huidizos de las leyes coloniales y puede asociarse con rueda o reunión de esclavizados en torno a ceremoniales con base en los tambores.

[2] De fandango de negros, enfangar es del portugués fandar, fiesta.

[3][3] Manrique, R. (1911). Cartagena 1911.

[4] En el lenguaje cotidiano comerse las letras (fonemas).

[5] O Mais Antigo Diccionario Africano Bantú. Ver el libro de José Pellicer, Misión Evangélica al Reino del Congo por la Seráfica Religión de los Capuchinos, 1649.

[6] Citado por Daza Rosales y Muñoz Vélez (2007) en La Memoria del Agua: Bailes Cantaos Navegan Por La Magdalena. Barrancabermeja: Litodigital Ediciones , p. 34.

[7] En la región de sabanas era costumbre enrostrarle al padre el hijo negado.

[8] Tambores en la noche, 1940.