
Desde hace tiempo los cartageneros han votado, en mayoría, más con las emociones a pecho y perversas maquinaciones, que con actitudes de racionalidad. Sería ideal cambiar esa ecuación para que sea la razón y no los impulsos la que guíe la toma de decisiones en materia política. Esperemos que así sea el 29 de octubre venidero, cuando se escogerá al nuevo alcalde y a los concejales y ediles del distrito, para periodo de cuatro años.
Lograrlo sería verdadera proeza debido a las formas clientelares que brillan en las elecciones, lo que permite que políticos de escaso compromiso democrático tengan a comunidades enteras sumidas en el engaño. La falta de cultura política da soporte a esas maneras infames de dominación de la conciencia, que favorece solo a quienes aparecen como benefactores, cuando en verdad son personajes que mueven sus tentáculos con gran sagacidad en procura de ganar para sí, y los pariculares intereses de su grupo, antes que favorecer el bien común.
En su juego sucio, estos políticos suelen utilizar a gentes de las comunidades para cometer sus fechorías, engañándolas unas veces o convirtiéndolas en socias de los delitos electorales. Pero hay ahora otra modalidad del engaño: líderes de diversa calaña utilizan epítetos denigrantes contra sus adversarios buscando desacreditarlos, diciendo verdades a medias o falsedades completas, para ganar réditos políticos.
El debate político se ha vulgarizado de tal manera que hoy no interesa el plan de gobierno ni el civilizado debate de ideas, sino la frase más ordinaria, la ofensa sin control, la mancha del honor del adversario. Entre más soez sea el insulto, más satisfacción sienten los nuevos adalides de la política desvirtuada.
La lucha contra la corrupción, que tuvo entre sus fines altruistas la defensa de derechos ciudadanos frente a depredadores del erario público, y frenar las malas mañas privadas, ha devenido en una especie de rey de burlas que cada quien define a su manera y utiliza según convenga a sus particulares intereses. Se ha desnaturalizado tanto el concepto que cualquiera lo utiliza para ocultar sus propias bajezas, señalando sin pudor a los demás. Por redes sociales se hiere, denigra, agravia, buscando aplausos de la galería. Cuánta falta hace la controversia inteligente, el debate enriquecedor.
De ahí que la escogencia del nuevo alcalde exige centrarse en ver más allá de simples apariencias, porque el ambiente se ha cargado de tantas falacias que es difícil saber a ciencia cierta si es el lobo el que se viste de oveja, o es la oveja la que aulla.

