
Él la miraba boquiabierto.
– Tienes demasiados lunares.
Ella se volvió a cubrir la piel desnuda con la tela, haciendo que la cara del hombre se contrajera en avergonzado temor.
-No. No lo hagas. Me gusta.
Aunque sus palabras sonaron calmas, por dentro estaba atormentado.
Ella no sonrió, pero se descubrió la espalda y permitió que él siguiera haciendo caminos invisibles entre los puntitos oscuros con sus largos dedos.
Si lo miras de esta manera- le dijo- inclinándola hacia la derecha, entre todos forman la Osa Mayor.

Se acercó tanto a su cuerpo que todos los pelos de la nuca de ella se erizaron. Como siguiendo un acompasado vals retrocedió hacia él. Quería sentir su boca. Él sonrío como a ella le gustaba. Primero le besó el lunar que estaba más cerca del hombro. Luego fue bajando lentamente hacia la derecha, hacia la izquierda, siguiendo el patrón que antes habían trazado sus dedos. Lenka no sabía que sentir ¿lloraba de alegría? ¿de pasión? Había conseguido durante toda su vida controlar y conocer sus emociones para que estas no la delataran. Entonces llegaba él y se lo arrebataba todo. ¿Acaso era justo? ¿Perder de esa manera contra otro ser humano? No podía ser amor, el amor no te hace sentir… ¿Qué? Pero no podía descifrarlo. ¿Contra quién era toda esa rabia? ¿contra él? ¿contra ella? ¿contra la vida misma?
Se habían conocido por casualidad, como sucede con todo lo definitivo.
Ella viajaba a París en el tren y él se devolvía, ¿de dónde?, no lo recordaba. El asunto era que se habían conocido, habían hablado poco (nada) y se habían mirado a los ojos directamente dos veces. Lenka no estaba intimidada por el hombre al frente suyo, más bien, la debilidad frente a él la encabronaba muchísimo. Él la miraba maravillado cada vez que ella se entretenía con sus cosas: el contorno de sus ojos, su nariz, su boca. La luz que irradiaban sus pupilas era tan cegadora que no se atrevía a contemplarlas por mucho tiempo.
¿A dónde viaja, disculpe?
Ella no lo veía, no lo escuchaba, intentaba no hacerlo. Había sacado un libro delgado del bolso que pretendía leer, del que no podía pasar más de un párrafo, no lo entendía, a pesar de que era el pasaje más intrigante de la novela y el momento culmen donde se descubría al asesino.
A París. – Le respondió ella con un hilillo tembloroso de voz.
Yo me devuelvo -dijo él-, pero no dijo de donde y ella no supo qué responder.
Tal vez si pretendían que el otro no estaba ahí les iría bien, tal vez pudieran exhalar un profundo suspiro y volver a ser inconscientes de su respiración. Guillem estaba absorto con el trabajo de sus pulmones, sentía que no le entraba suficiente aire al cuerpo y que en cualquier momento se moriría asfixiado en el vagón del tren frente a esa madonna de Miguel Ángel que seguramente se las había ingeniado para escapar de las amarras del mármol. ¿Tal vez ella sentía lo mismo que él?
Guillem no estaba seguro, a pesar de que habían pasado casi quince minutos y la hermosa mujer parecía no avanzar en su lectura.
Tenía que decir algo, no podía permitir que se le escapara como agua entre los dedos. En una hora llegarían a París y entonces más nunca la volvería a ver. Sintió como se le helaba la garganta. No. Tenía que hacer algo, se le tenía que ocurrir algo ¿Pero ¿qué? Pasaron veinte minutos y Guillem seguía descartando opciones. El afán de conocerla lo estaba privando de ella y cuando se dio cuenta de su error el tren comenzó a detenerse, acababan de llegar a la estación. “Dios mío, por fin” pensó Lenka, pero más que alivio sentía una tristeza profunda. Se imaginaba a sí misma pasando sus dedos por aquella cara, sintiendo cada hueso, cada pliegue ¿Cómo sería su piel? La boca se le llenó de saliva y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para tragar. Se sentía como un pez fuera del agua intentando sobrevivir. Entonces, el tren se detuvo del todo. El calmo murmullo de un aparato curtido de almas se transformó en el alboroto propio de una plaza de mercado.

Todos los pasajeros, ocupados con sus cosas, creaban una algarabía sinfónica desdichadamente solitaria. Lenka había guardado la novela en el bolso y estaba obligándose a sí misma a levantarse del cómodo asiento. Fue así como descubrió que el misterioso pasajero al frente suyo estaba igual de petrificado en su lugar como ella. No lograban escapar de la situación y tampoco prolongarla. Era una tortura contemplar los zapatos del otro estáticos y comprobar que no hacían intento alguno por evadir la cuestión.
La idea brilló en los subconscientes de ambos al mismo tiempo llenándolos de una oleada cálida de tranquilidad. “Está enamorado de mí”, “está enamorada de mí”. Sonrieron al mismo tiempo y por pura casualidad levantaron el rostro perdiéndose en los ojos del otro, como en un laberinto desconocido lleno de posibilidades infinitas. Lenka y Guillem estaban congelados en el momento, extasiados ante el descubrimiento mutuo. Uno de los empleados abrió la puerta del vagón y rompió el encantamiento.

Eran los últimos pasajeros en el tren y no habían hecho el más ínfimo intento de abandonarlo. “lo que hay que ver” pensaba el muchacho todo malhumorado y hambriento. Bajó las maletas de ambos compartimentos y se las entregó al hombre y a la mujer. Con una mirada desdeñosa logró que salieran del aparato y cuando todo estuvo desierto, sonrió, por fin podría comer

