Con las primeras luces del amanecer, Sofanor O’Donell pudo ver con claridad, los destrozos causados por la tormenta, en un costado de su embarcación, estrellados contra un arrecife, encallados por más de tres horas en la desembocadura del río Magdalena, en Bocas de Ceniza, en peligro de morir ahogado junto a sus tres compañeros de tripulación del barco “Libertad”, cargado de cemento destinado como tantas otras veces a la isla de Curazao.
Douglas Medrano, el timonel del “Libertad” se ganó el apodo de “El Pulpo” entre sus viejos amigos del Muelle de los Pegasos en Cartagena, le gustaba que le dijeran así, sabía que marzo era un mes de fuertes vientos, riesgosos en toda la franja del Caribe colombiano, pero otras veces hizo esta travesía con los mismos compañeros, Conto apodado “Pugilato”, chocoano por sus sueños de boxeador, derrotado varias veces en el parque del Centenario, maquinista y chofer de bus de la línea de Torices, y José Chan, cocinero chino sobreviviente de una balacera en un barco de contrabandistas, que andaba sin empleo en Riohacha hacía más de un año, cuando conoció a O’Donell.
Con el cuarto de máquinas inundado, y gran parte de la carga mojada, ayudados por un remolcador enviado desde Las Flores, “Pugilato” logró poner en marcha al “Libertad”, hasta el muelle donde devolvieron el cemento seco a toda prisa, para no perderlo del todo.

No les quedaba otro camino que achicar la bodega, pasar el resto del día ajustando la máquina y poner rumbo a Cartagena donde Sofanor O’Donell y sus compañeros de tripulación tenían sus mejores amigos del mismo oficio, allí contarían el susto de la tormenta y volverían a comer el pescado frito de la Playa del Arsenal.
O’Donell tenía el propósito de visitar la tumba de su padre, un inmigrante irlandés que llegó a las costas colombianas en los días del tren de la Andian y que estaba sepultado en el cementerio de Manga.
La tormenta de Bocas de Ceniza le hizo sentir a Sofanor la proximidad de la muerte, tanto como en las trincheras embarradas y oscuras donde esperaban los bombardeos de unos enemigos que no hablaban su mismo idioma, en Corea, en una guerra que no era suya, enviados por un tirano ignorante a miles de kilómetros de distancia. Allí empuñó un fusil con la esperanza de encontrar en un regreso improbable, un empleo, tener un hogar, hijos, esposa, una pensión prometida para veteranos de un conflicto que, por más que se esforzaba por sus amigos, no lograba entender.
A Sofanor como a otros cientos de compañeros de tropa les ofrecieron una cuenta de ahorros, con una alcancía de acero para que compraran una tierra y vivieran en el campo tranquilos, ordeñando una vaca por las mañanas, pero eso también resultó un espejismo. Les dieron unas medallas que ni siquiera se las recibían en las casas de empeño para comer algunos días.
Encontró la tumba paterna cubierta de una maleza seca y llena de espinas, con la ayuda de un sepulturero la limpió, quedó bien legible el apellido “O’Donell que tantas veces le tocó explicarles a sus amigos.
Es muy probable que Sofanor haya heredado de su padre el espíritu aventurero y arriesgado que le animó a comprar en una dársena de Aruba el viejo y oxidado barco al que tuvo que repintar todo el casco, con el cuidado de dejarle el nombre “Libertad” cubierto por el abandono, aunque le costó tres mil dólares incluyendo la maquinaria.
Por los rótulos encontrados en los pasillos y en el cuarto del capitán el “Libertad” revelaba su origen del puerto alemán de Hamburgo.
Desde “Las Flores” en Bocas de Ceniza, Sofanor, “El Pulpo”, “Pugilato” y José Chan navegaron hacia la ciudad amurallada, en aguas reposadas y hasta se tomaron unos tragos al bajarse en el muelle de “La Bodeguita”.
A Sofanor le impresionó encontrar en el cementerio a un grupo de mujeres, ya envejecidas, que se ofrecían para llorar a los muertos por unas monedas, aunque nunca conocieron al difunto, tuvo que apartarlas no sin cierto disgusto, pero le pareció una degradación sentimental, compró unas flores y las puso en la tumba de su padre.



Excelente
El primer capítulo de la Novela el Vigía de la Colina, es fascinante y mágica .
Espero leer toda la novela.
Excelente y variado trabajo de la Plaza cartagena.
Felicitaciones.
Como dicen en mi tierra quede picao me gustó mucho Libardo suelta el otro capítulo
Excelente, no pudo ser mejor ni más deciente de la historia de nuestro CANAPOTE.