
Estefanía Caicedo Páez, nace el 17 de marzo de 1924 en el caserío Caño Salao del corregimiento de Rocha en jurisdicción del municipio de Arjona (Bolívar). Rocha una población que deriva su nombre de las rochelas, lugares de negros, blancos e indígenas huidizos de las leyes coloniales en cercanía al Canal del Dique. Su padre provenía de las tierras del Pacífico y por la vena materna estaba ligada a la región Caribe.
Ella, mixtura étnica de naciones africanas asentadas en América, en su torrente sanguíneo bullían los cantos de las poblaciones negras del Pacífico y del Caribe a manera de síntesis territorial y cultural. A edad temprana va a vivir a Arjona centro agrícola y despensa comercial del Ingenio Central Colombia (Sincerín), donde le tocó ver y escuchar a decimeros andadores y alegrar el oído, la vista y el cuerpo a través de los toques de marímbulas pulsadas por cubanos y palenqueros en los tiempos de solaz a las faenas de comercialización de la caña.
La voz de monte de Estefanía Caicedo le dio prestigio como una de las cantadoras más reconocida del folclor colombiano, hizo suya los cuadros de costumbres heredados del campo y los difunde preservando las características del lenguaje, tonos y acentos en la canción, y en su tránsito a la vida urbana en Cartagena de Indias. Ella va avecindarse en Chambacú donde más tarde integraría en 1959 el Grupo Folclórico Malibú, dirigido por Sergio Morelos.

EL MUNDO URBANO
En el Chambacú tugurial a los pies de las murallas y bordeado por el Caño de Juan Angola habitó Estefanía Caicedo. El mismo Chambacú novelado por el antropólogo Manuel Zapata Olivella, y hecho música bajo la rítmica ardiente de cumbia Chambacú de Antonio María Peñaloza, aquel barro de miseria inscribe su nombre en los diferentes círculos académicos de Colombia y de otras latitudes.
Estefanía Caicedo en Chambacú ejerce como maestra de bailes cantaos: compositora, cantadora, bailadora y propulsora infatigable de las tradiciones africanas, entre otras, el bullerengue como expresión de los fandangos de lengua de la bahía y pueblos circunvecinos. En el barro chambaculero la conoce la folclorista Delia Zapata Olivella, desde entonces, ella –la Caicedo- haría parte de la nómina de artista, quizás la más célebre de todas. Con Delia viajó a Venezuela y a diversos estados de la Unión Americana (USA).
CULTORA ANCESTRAL
En su voz los fandangos de lengua y las variantes de los bailes cantaos tuvieron noticias, promoción, divulgación y preservación como guardiana de la tradición africana en la tierra de Colombia.
El canto africano en la voz de una de sus descendientes, Estefanía Caicedo, va adquiriendo las transformaciones y adaptaciones de otras culturas en el forzoso mestizaje, y conserva algunas características tonales e inflexiones de los matices ancestrales de donde se alimenta como expresión oral y melódica.

La música trasciende el canto y el baile en el substrato africano, en el contexto histórico y social de los bailes cantaos: tambora, guacherna, berroche y chandé entre otros, y los fandangos de lengua: bullerengue, zambapalo, chalupa, lumbalú y otras manifestaciones cantables de este género, muestran la íntima relación cultual con las ceremonias africanas y del rito católico que instrumentalizó la Iglesia a través del proceso de evangelización en la “conquista” y en la colonización americana. A su vez, los bailes cantaos de acuerdo con el acopio documental también se refiere a una expresión pedagógica a la música vista y comprendida como memoria del cuerpo, es decir, corporalidad (cuerpo – oralidad) como historia de saberes ancestrales.

