"La Plaza ofrece en este 12 de octubre la primera parte de un ensayo de Enrique Luis Muñoz Vélez sobre el cubano Fernando Ortiz Fernández, uno de los intelectuales más importantes de Cuba. Antropólogo, arqueólogo, lingüista, musicólogo y periodista, estudioso de la cultura afrocubana"
Enrique Luis Muñoz Vélez

“Chivo que parte tambor con su cuero paga” y “palo que nace para violín desde el monte suena” [De la cultura cubana]

EL SOLAR DE PROCEDENCIA

En la calle de San Rafael esquina a Lucena, en la ciudad de La Habana, en el seno familiar de tronco español, vasco para mejor seña, de madre cubana, doña Josefa Fernández de Garay González y Real, y de padre montañez, español don Rosendo Ortiz y Zorrilla, de filiación liberal y miembro de la Logia masónica, nació Fernando Ortiz Fernández, el 16 de julio de 1881, No. de la casa 148. En la casa colonial donde vino al mundo de la vida permaneció allí sólo un año y dos meses; el 8 de septiembre de 1882 la madre viajó con él hacia la villa de Ciudadela en Menorca, una de las islas Baleares en el mar Mediterráneo .

Su primera juventud lejos de su natal Cuba. En Menorca reside durante 14 años, allí estudia el bachillerato y pública un cuento en un periódico local. Motivado por su profesor de literatura escribe sobre el sitio de París durante la guerra franco – prusiana de 1872, se apoya en la lectura de una novela sobre París, luego, surge su primera obra en dialecto menorquín que aprende durante su estada en las baleares con el título: “Principi y prostes”. No se conoce los pormenores de tan apresurado y distante viaje, lo más probable que haya sido motivado por las tensiones políticas de la época. Allí lejos de su natal Cuba transcurre su primera juventud.

El dialecto menorquín quedó fundido en su recia personalidad, nunca lo perdió y su habla tenía el acento y tono de aquella vertiente idiomática, ligada a experiencias culturales imborrables de su formación temprana, la expresión enfática, explosiva de su habla la hizo característica de su palabra, aseguran las personas y estudiosos sociales que estuvieron en contacto con él.

Se puede decir que Menorca estampa en él los visos de una sociedad residual. Las antañosas instituciones de sabor precapitalista las trae en el seno de la sociedad que lo forma. Vida apacible de rancia estirpe social jerarquizada por la iglesia y el gremio de artesanos, industriales y de tradición agraria de la que se abastece la población. Se respira un aire de atmósfera feudal que da la leve sensación de detener el paso naciente del capitalismo. La vida campestre lo penetra y lo asimila como otra forma de conocer a la gente sencilla, pese a su acomodada posición económica no tuvo reparo con la gente elemental de la tierra.

En Menorca adquiere el hábito de la lectura y se apasiona por la historia, hace amistad con un joven de piel negra que muchos rechazan y él acoge con afecto y cariño. Cap de moru [cabeza de Moro], en la escuela el muchacho era objeto de todas las burlas, demonio lo llamaba, porque el diablo es negro les decía la tradición oral a los jóvenes de aquella generación . Desde entonces, lo negro está en su órbita de inquietudes y reflexiones.

Fernando Ortiz Fernández

EL PERFIL

La personalidad de Fernando Ortiz, seduce, atrapa; hombre de singular trayectoria investigativa en el campo antropológico, etnológico, social, histórico, económico, jurídico, e intelectual riguroso y prolífico. La vasta formación cultural que logró desarrollar lo convierten en el sabio celebrado y en el tercer descubridor de la Isla como es llamado. Los temas que aborda, y la exquisitez de su lenguaje hace de él una figura cumbre en la ensayística de América y de manera fundamental en el Caribe. Fernando Ortiz dedicó gran parte de su vida a descubrir la formación de la cultura cubana; emprendió investigaciones pioneras en el estudio del negro africano y su aporte en diferentes frentes en la construcción de la nación cubana. Edificó una obra sólida desde diferentes aristas de las ciencias sociales y humanas, los mayores aporte de la etnografía negra cubana en la música, el baile, el teatro, la religiosidad popular: santería y palo de monte, y su expresión léxica.

No cabe duda alguna, Fernando Ortiz, ocupa lugar cimero en la vida cultural y política de la historia del pueblo cubano. Con sobrados e indiscutidos méritos ha alcanzado nombradía universal por sus ingentes contribuciones a la actividad científica y ciudadana, expuestas con un magisterio que da a conocer en cada una de sus acciones académica, fue gran propulsor cultural y un genuino divulgador en esclarecer la realidad social cubana desde sus más profundos cimientos que deja en una cuantiosa obra para la historia de Cuba.

Don Fernando Ortiz, como lo solía llamar el pueblo cubano, asombra por su mirada penetrante, escudriñadora y siempre, atenta por esclarecer desde el acontecimiento más simple al más complejo lo que él llamó con acertado nombre lleno de resonancias la cubanía. ¿Por qué la cubanía? Por la elemental razón de exponer la urdimbre formativa de la cultura afrohispánica de la isla. Centró sus inquietudes intelectuales en la vastedad de un campo amplio de saberes complejos, indagaciones que contienen los más diversos objetos de estudio, seleccionados sistemáticamente con el propósito de que comprendieran un variado fenómeno del modo de vida y del pensamiento de la gente de su tiempo, y de manera central, de la población cubana, la tierra que lo viera nacer y que lo acogiera con respeto en sus últimos días, los momentos próximos a su muerte. Supo apresar el acontecer cubano con signos y señales que de alguna manera, exhibe el paisaje físico como realidad y el pasaje acucioso del tiempo que expone desde disciplinas diversas con entusiasmo y rigor, que hizo de él un saber enciclopédico.

Experiencia fascinante resulta consultar su obra. Aprehender la realidad social histórica de los episodios de Cuba que expone con soltura y elegancia suma de ser un esteta del lenguaje. Sabe conducir con mano maestra que educa e instruye desde una praxis pedagógica interdisciplinaria y trasdisciplinaria. Opera cada saber y conocimiento científico de manera generosa, propia de su humildad y prudencia, en abrir caminos y posibilitar lugares para el encuentro de la cultura cubana, para que generaciones futuras aprendan de su aporte investigativo. Le concedió a la investigación cultural preferentes páginas esclarecedoras que hacen de piso semiológico, cuando expresa que investigar es ir tras el vestigio de, y es precisamente, esa faceta uno de sus puntales primario para transitar como pionero, donde casi todo estaba por descubrir.

Para una mejor comprensión de su personalidad y campo científico la aporta un hombre de su tiempo, muy cercano de sus afectos y saberes. José Antonio Portuondo, quien colaboró en varias empresas culturales y ligado a una amistad acendrada y de admiración por Fernando Ortiz, deja una estampa muy puntual de sus notables logros:

Como escaseaban, o no existían, simplemente, entre nosotros los especialistas, Ortiz se hizo el mismo criminólogo, antropólogo, sociólogo, etnólogo, lingüista, musicólogo, folclorista, economista, historiador, geógrafo, político, para poder contestar los incesantes problemas que una investigación científica plantea a cada paso. No esperó que surgieran los especialistas, se hizo el mismo especialista en cada disciplina y estimuló el nacimiento y desarrollo de esas especialidades en manos más jóvenes y ambiciosas .

El trabajo investigativo de Ortiz, lo lleva a consultar un gran acopio documental y, acude a fuentes informativas, que en cada obra que él trabaja la confronta con una copiosa y paciente indagación bibliográfica, que corteja con textos clásicos y voluminosos de connotados estudiosos en cada campo que aborda sus indagaciones temáticas con terrenos afines. Recurre a fuentes orales que somete constantemente a comprobaciones de cada dato y escudriña novedosas publicaciones en diferentes idiomas que matiza con el acervo de la cultura popular cubana.

Para allanar sus múltiples actividades intelectuales y acercarnos a su perfil científico, una aproximación de primera mano, la brinda un colega en el oficio de abogado y miembro de su consultorio jurídico, como lo fue Rubén Martínez Villena, quien lo retrata de la siguiente manera:

Para los que hemos podido observar de cerca a Fernando Ortiz, sabemos que es, además, el trabajador por excelencia. La virtud ubicua de su talento abarca y resuelve a la vez complicados y disímiles asuntos. Simultáneamente le hemos visto, con asombro, desarrollar todo el conjunto de sus actividades: redactar un alegato jurídico; despachar su consulta; confeccionar un proyecto de ley; reorganizar una compañía mercantil; afrontar un problema parlamentario; resolver, de paso una librería de viejo. Y terminadas la jornada fatigosa, los que pasaran frente a su casa en las altas horas de la noche, pudieran ver iluminada la ventana de la biblioteca donde se entrega, como un descanso, a la labor de nutrir con la lectura su espíritu incansable .

Apasiona su periplo vital y ante todo, su producción intelectual copiosa de profunda densidad conceptual de vigoroso aliento cultural. Ortiz profesa admiración continental, su pensamiento y lenguaje lo configura en la conciencia lúcida del Caribe, en hombre esencial que lo hermana con otro hijo de las Antillas, el dominicano Pedro Henríquez Ureña y conforma con el argentino Néstor Ortiz Oderigo y el mexicano, Alfonso Reyes, la pirámide más alta de los hombres ilustres de la primera mitad del siglo XX, son ellos, personalidades de reconocimiento universal.

Y es precisamente, Alfonso Reyes, quien deja una semblanza del sabio cubano, en el prólogo al libro de Fernando Ortiz: Los bailes y el teatro de los negros en el folclor de Cuba. La prodigiosa pluma de Reyes, nos recuerda, que – Ortiz – pertenece a la mejor tradición; – asevera – que es sabio en el concepto humanístico, y apunta con plena convicción, que también en el concepto humano. Al referirse a su tiempo de trabajo y ocio creativo expresa – el estudio no lo aísla del mundo, antes robustece en él lo saludables intereses por la vida que lo rodea. Con lo que tiene que ver con su rasgo personal y con el rango de su sabiduría, dice: “Su sencillez está hecha de señorío natural, su firmeza ignora la adustez, si bien, puesto a la obra, no se perdona esfuerzo alguno ni se consiente la menor negligencia. Y llega así, en feliz madurez y cargado de la miel de los años a la culminación que representa este libro, llamado sin duda a sobrevivir entre los clásicos del pensamiento americano ”.

Es bien sabido lo que representa Ortiz para la cultura del Caribe, la importancia de su densa obra, y por eso, nos importa sobremanera su significación histórica y su enorme y valioso legado. Fernando Ortiz, es quizás, el científico social más estudiado en el Caribe, y gran parte de la crítica lo pondera de manera favorable, y lo que cuestionan su obra lo hacen con juiciosas reflexiones que invitan la discusión serena desde los terrenos de la academia, donde hay que debatir con poderosas credenciales argumentativas. Incitando de buena forma el diálogo permanente de los diversos sectores que confrontan sus visiones de mundo en torno a una obra de la intelectualidad americana.

La vida de Ortiz fue larga y bien aprovechada con su savia nutricia que alimenta la sabiduría de América; además, la fácil capacidad creadora de su notable ejercicio de investigador social lo hacen merecedor que lo elogien como un talento estimado y estimable por el aporte de inmensa valoración cultural que entrega a su patria de manera ejemplar tal cúmulo de conocimientos y de acertadas interpretaciones de la realidad histórica de Cuba.

La dedicación a la investigación científica la cumplió con el entusiasmo primerizo de la disposición amorosa en la búsqueda incansable del saber. Su estatura física de hombre fue sobrepasada y la sombra de sus arrestos y asombros lo proyectan de manera inconmensurable. Nadie brinca más allá de su propia sombra, y en la memoria colectiva de la isla, en la hiperbolización apalabrada de la esquina, su gente contribuye que su sombra sobrepase cualquiera limitación. Y el cubano es propenso a la hipérbole, y cada día, su recuerdo de hombre de bien, quien supo hacer y proclamar justicia de la etnia negra como componente y complemento genético de la etnia blanca que configura y dimensiona la historia de Cuba. Lo humano era parte distintiva de su ser, su verdadero cuño personal. Comprendió que el conocimiento no es de un individuo en particular, sino de una comunidad de pensadores. Jamás fue distraído por la ridícula vanidad que quiña con el principio simple que en la humildad del conocer se abren y propician lugares definitivos para la memoria sin pugnar con el tiempo donde impera la globalización que a velocidad impresionante genera cambios de todos los órdenes en la sociedad y en la cultura de hoy.

Ortiz, sigue vigente y sus líneas de investigación que propone son estimuladas por las corrientes modernas de nuevos estudiosos de las disciplinas sociales que hurgan en su voluminosa obra para agigantar un saber, y al mismo tiempo, estimular y repensar aquellas corrientes de su pensamiento que el tiempo fisura y que la mujer y el hombre de ciencia se ven abocado a deconstruir y fortalecer en la dialéctica del cuerpo de la ciencia. La sabiduría que Ortiz lega a la humanidad no es intocada, ella no es ajena excepción de eternidad, sino una simple portadora de paradigmas que soporta una tradición de conocimientos en un contexto histórico y cultural determinado.

Mañana, segunda y última entrega.