"Con la imagen decadente del teatro Adolfo Mejía en mi retina comienzo el camino de regreso a mi morada, y pienso que no hay derecho para que esta joya arquitectónica y templo de las artes haya sido tratada con tanta inquina"
Eduardo García Martínez

Son las 6:45 minutos de la mañana. Es martes y estoy sentado en una de las nuevas bancas de madera del recién remodelado parque de Bolívar de Cartagena, corazón y pulmón del Centro Histórico. Hace algo más de media hora que llegué a este lugar emblemático que siento como mío desde hace mucho tiempo. Lo he disfrutado a lo largo del tiempo, mis ojos han visto su esplendor y su decadencia, su cuasimuerte y resurrección. Ahora que ha sido recuperado por el gobierno departamental después de varios años de destrucción y olvido, luce hermoso y reluciente y a esta hora, aunque las cuatro fuentes están silenciadas, es un remanso que invita a disfrutarlo a plenitud. Solo yo lo habito en este momento, el canto de un ave que ha conquistado la rama más alta de un árbol de almendro se expande por el contorno, mientras el sol refleja mi sombra sobre el piso. La eternizo en un daguerrotipo de los nuevos tiempos y admito que fue oportuno, porque al instante se borra del suelo para dar paso a otra figura que dibujan los rayos de ese sol juguetón que se filtra por entre el fino follaje con indetenible audacia.

El parque despoblado en la mañana. Al centro el Libertador sobre su caballo, al fondo la edificación que albergó el Santo Oficio de la Inquisición, y a la derecha el viejo buzón del correo, una de sus reliquias

Observo el contorno y no puede ser más impactante. Al frente está la edificación que dio albergue por más de dos siglos al terrible Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición /1610-1811/1816-1821/, a un costado el portal de los Escribanos imparte su silencio y solo Raimundo Angulo Pizarro, quién dio fuerzas al parque antes de ser olvidado de manera definitiva por el Distrito, parece vagar con su ropaje blanco como el algodón por ese pasaje que parece irreal. En la esquina que mira hacia el claustro de San Pedro Claver se levanta el recio edificio republicano donde funcionó el Banco de la República y al otro lado se ve el palacio de la Proclamación en el que estuvo la casa del fundador de la ciudad, Pedro de Heredia, y el salón de gobierno utilizado para firmar el Acta de la Independencia Absoluta de Cartagena /11 de noviembre 1811/. Al frente de esa gran construcción, en la esquina este del parque, se yergue la iglesia catedral de Santa Catalina de Alejandría, cuya torre original fue destruida por un cañonazo certero de la escuadra corsaria de Sir Francis Drake en 1586. El cuadro urbanístico lo cierra una gran casona colonial que hace esquina con el frente de la majestuosa iglesia de tres naves, que viste el estilo propio de la etapa agonizante de la arquitectura renacentista.

El parque a las 6:45 am, con la catedral Santa Catalina de Alejandría al fondo.

El parque está solo. Solo para mí, para el pájaro que quiere regalarme más música, para la quietud que se respira, para el sol que más temprano que nunca ha salido a reclamar su presencia sobre los árboles, los techos circundantes y el viejo buzón pintado de rojo y negro intenso, con base amarilla, donde depositaban sus cartas los enamorados de antaño. El monumento ecuestre del Libertador Simón Bolívar, en el centro del parque, luce limpio e imponente y el jinete parece estar dispuesto a utilizar las espuelas para impulsar su corcel hacia otras batallas memorable en búsqueda de la gloria. Mis ojos en paneo detallan los remozados jardines y los árboles inmensos que han sido finamente podados y una paz completa invade mi ser. Como lo dijo el periodista y escritor Germán Santamaría alguna vez, este es el lugar ideal para envejecer.

El paseo matutino

Antes de arribar al parque deambulé por algunos lugares y calles del cordón de piedra. Vi que la torre del Reloj está siendo intervenida, que muy pocos vendedores han llegado a las esquinas, que hay un gran cartel de grueso plástico sobre un balcón del viejo edificio del almacén El Centavo Menos anunciando un proceso jurídico de prescripción adquisitiva de dominio, que unos pasos más allá los bajos del palacio de la Proclamación están desolados, y que en la plaza circundante las palomas, que se mudaron del parque, andan sin prisa en búsqueda de comida.

Desde el portal del palacio de La Proclamación se advierte fresca en la mañana la calle Román, mientras el sol comienza a reflejarse sobre las edificaciones que enmarcan la plaza de los Coches. A la derecha la Torre del Reloj intervenida

La calle Cochera del gobernador me recibe sin un alma y más allá la casa del gobierno distrital de la plaza de La Aduana parece mostrar la tristeza de un gobierno agonizante que no supo entender el llamado de la historia. Giro a la derecha y entro a la callecita de La Amargura, por donde pasaban quienes caían en desgracia y marchaban a las mazmorras de la Inquisición. En contraste, me parece escuchar más allá de las paredes la voz inconfundible de Cenelia Alcázar cantando un bolero Caribe, acompañada por Sofronín Martínez en La Quemada, la inolvidable taberna construida como escenario cinematográfico para la película «Queimada» que tuvo como director a Guillo Pontecorvo y unió en un lazó imposible al palenquero Evaristo Márquez y el irrefrenable Marlon Brando.

Cenelia Alcázar y Sofronín Martínez/arriba/ Marlon Brando y Evarísto Márquez/abajo/

Sigo derecho y entro a la calle de Las Damas, en la que la imaginería popular testimonia que estuvo el rey Felipe II de España, alojado en una de sus impresionantes casonas. Llegó vestido de mujer para verificar si la fortuna que había mandado a la antesala del reino se había invertido correctamente en la construcción de las murallas, y si ciertamente estas podían verse en su cabal magnificencia. Continúo hasta la esquina del viejo convento de Santa Teresa devenido en hotel de lujo, y doblo hacia la Cámara de Comercio de Cartagena /CCC/, donde debo realizar una diligencia a primera hora del día laboral. Esta entidad es de importancia no solo para los comerciantes sino para impulsar proyectos de desarrollo local, departamental y regional, estimular procesos de intercambio de conocimiento, facilitar inversiones y ayudar a construir ciudad y ciudadanía. Soy el primer usuario en ser atendido y al cabo de algunos minutos tengo conmigo los documentos solicitado, entregados por funcionarios diligentes y corteses. La Cámara de Comercio es la prolongación del Consulado de Comercio de Cartagena, creado en 1795 a instancias del afamado comerciante José Ignacio de Pombo y otros notables cartageneros.

En este espacio bajo el baluarte de Santiago Apóstol debe ubicarse la Plazoleta Judith Porto de González, por disposición del Concejo Distrital /acuerdo 057 del 7 de junio de 2021/.

Prosigo mi peregrinar por el Centro Histórico. Tomo la calle de Baloco y llego al final, límites con la muralla. Admiro una vez más la casa de dos plantas donde nació y vivió la dramaturga, historiadora y educadora Judith Porto de González, la que después convertiría en refugio del arte y la cultura. A la izquierda, recostado a la muralla del baluarte de Santiago Apóstol, veo el espacio destinado a la construcción de una plazoleta en su honor dispuesto por el Concejo distrital en 2021, y sin concreción hasta el momento. Sería este un buen escenario para la circulación cultural y artística en un sector estratégico de la Cartagena vieja, comenzando por el montaje de las muchas obras de teatro que dejó como legado a su ciudad Judith Porto de González. También habría recitales poéticos y musicales, conciertos, conversatorios, presentación de libros y artistas de diversas áreas.

Bordeando el cordón de piedra paso por el centro académico Unimayor, donde centenares de jóvenes cartageneros tienen oportunidad de nutrir su intelecto y cambiar el norte de sus vidas. Regentado por Juan Arraut, este claustro es vital para impulsar el conocimiento en el Distrito y hacer de la educación pública un pilar para transformar la realidad de Cartagena a través de los saberes.

En la esquina de la calle de La Factoría miro con nostalgia la casa blanca donde pintó como un poseso el maestro Alejandro Obregón, y no puedo dejar de pensar en este genio del pincel que un día mandó a mi oficina de El Tiempo de la calle San Juan de Dios, un gran libro que sobre buena parte de su vida había escrito Fausto Panesso. Su título: Alejandro Obregón a la visconversa. Lo había firmado así: «Para Eduardo, de Alejando». Un inusual detalle para quien solo lo había visto unas cuantas veces en Pacos, su sitio preferido en la plaza de Santodomingo, donde solía comer pecado, tomar Tres Esquinas y escuchar la música del grupo Los veteranos del ritmo. A su muerte /11 de abril de 1992/, escribí una larga crónica publicada en El Tiempo al día siguiente bajo el título: Pinceladas para Obregón, un texto que me llena de satisfacción.

Libro de Fausto Panesso con autorretrato de Obregón en portada. Regalo autografiado por el maestro a Eduardo García Martínez

Por fin llego al lugar de mi destino, el Claustro de La Merced de la Universidad de Cartagena, donde reposan los restos del más importante escritor en español del siglo XX, Gabriel García Márquez, y de su esposa Mercedes Barcha. Tenía meses de no venir a este lugar en el que quiso reposar por siempre el autor de Cien años de Soledad, y siento un gran regocijo.

Al salir del claustro miro con detenimiento el Teatro Adolfo Mejía y me invade la tristeza. Su deterioro es evidente. En su parte posterior, sobre la calle de la Chichería, tiene balcones averiados forrados en una estructura que parece de zinc, y sobre el techo se observa una fea estructura que busca protegerlo de las inclemencias de las lluvias, que estarían afectando la estructura no solo superior sino de base de la edificación. Recuerdo una voz autorizada que me dijo: «Las aguas que se filtran por las cajas de registros mueven las arenas finas sobre las que se apoyan las zapatas de la cimentación, y es posible que eso haya ocasionado asentamientos diferenciales del muro, afectando al propio muro y la cubierta que da a la calle de la Chichería».

Vestido de blanco, el teatro Adolfo Mejía sigue su proceso de deterioro mientras los eventos continúan en su vientre. Arriba se advierte un sobre techo de protección y en la pared los balcones en mal estado forrados para evitar que se desprendan.

Los deterioros del Teatro se deben a la falta de mantenimiento. De los recursos que entran a las arcas del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena /IPCC/ por las bodas que se celebran en el teatro, es poco o nada lo que se destina a su mantenimiento. Las bodas son los eventos que más ingresos producen, pero también son los que más deterioro causan a la edificación, por cuanto es necesario trasladar las butacas de la platea al cuarto piso, dañando pisos, bordes de escaleras y esculturas de mármol que están al comienzo de las escaleras. Hay algunas que han perdido los dedos.

Con la imagen decadente del teatro Adolfo Mejía en mi retina comienzo el camino de regreso a mi morada, y pienso que no hay derecho para que esta joya arquitectónica y templo de las artes haya sido tratada con tanta inquina.

Es una aversión que debe llamar a una severa reflexión sobre lo que entendemos por cultura, y lo que representa su mercantilización. El adagio popular nos alecciona: «Ni tanto que quema al santo, ni tan poco que no lo alumbre». Llegó la hora de establecer un verdadero Modelo de Gestión del Teatro Adolfo Mejía, para salvarlo, valorarlo y ofrecerlo a los ojos del mundo como un activo patrimonial
insustituible.

Fotos de Eduardo García Martínez