"La Plaza ofrece hoy un nostálgico texto del intelectual cartagenero Enrique Luis Muñoz Vélez, el primero de 2024, sumergido en el recuerdo de su barrio Torices y la música que lo ha seducido siempre. Quique Muñoz trae al presente una composición inmortal, el bolero Perfidia de Alberto Domínguez Borrás, interpretado por grandes estrellas del canto"
Enrique Luis Muñoz Vélez

Mientras escribo escucho la Big Band de Glenn Miller y entre otros temas: In The Mood, Moon Light Serenade y Perfidia. Impregnado de la música de esa época, es decir, metido en el espíritu musical del jazz y del hálito sonoro de magistrales orquestaciones en Estados Unidos, recibo el 2024 bajo los aromas del pasado que la música convierte en eterno presente. Ir agarrado de manos de los recuerdos y la huidiza veloz infancia en mi barrio Torices en Cartagena de Indias, afino mi memoria y con ella las nostalgias del siglo XX en el tatuaje de mi alma.

Soy viejo y eso no es todo, además huelo a viejo. Pues bien, trato de desempolvar el pasado a sacudida de música y entre otra, el bolero Perfidia del compositor y pianista mejicano Alberto Domínguez Borrás (1913 – 1975). Desconozco a ciencia cierta, cuántas versiones se han realizado del tema escrito con base en el acompañamiento del piano, que inicia la presentación de tan emblemático bolero que aroma de fragancia mis recuerdos envueltos en el celofán de la nostalgia.

Autor de Perfidia

Tendría unos 5 años o quizás 6 cuando escuché a un vecino bastante mayor en la calle Santa Fe de Torices cantar Perfidia, él de nombre Jaime Vélez Torres, homónimo del ganadero de Aguas Vivas en Arjona Bolívar y pariente suyo, vivió algunos años en casa de la mejor vecina que la familia haya tenido en toda la vida, Marquesa Torres Pájaro esposa de don Julio Díaz López conocido en Cartagena de Indias mi solar nativo como El Caballero del Hierro. Él, artesano herrero y notable señor de buenas costumbres, llenó mis imágenes de temprana edad y en asocio al bolero Perfidia que se escuchaba en su casa, eran aquellos días, cuando en la barriada hubo varios pianos, familia Lozano, Anzoátegui, Sáenz, Puello, Baena y Pombo. Añoranzas imprescindibles en hilar el pasado trasmutado en memoria y nostalgias en el tejido de mi existencia con la música en permanente disfrute.

Para el paladar, binomio de identidad como marca de ciudad

Entre tanto, Perfidia me acompañó auditivamente como en mi paladar las carisecas de las Guzmán Carrillo, esquina del Paseo de Bolívar con calle Santander, el pan de sal de la Imperial con Kola Román en binomio de identidad de marca de ciudad. La apetencia de escuchar música la aprendí con mi madre América Vélez Villajob, soprano ella con incursiones en revistas musicales y acompañamiento del pariente y mi primer profesor de música Simón de J. Vélez Gómez en el Teatro Municipal (hoy, Adolfo Mejía). En casa mi hermana mayor María Bertha Muñoz Vélez, cantaba Perfidia con gran sentimiento, se preguntaba por el dolor de aquel hombre que encaraba a Dios, si él había dejado de quererla.

La mejicana Lupita Palomera (1913 – 2008)

Ya en el mundo del arte musical fue en la voz de la mejicana Lupita Palomera (1913 – 2008) donde el bolero terminó de atraparme para siempre. Luego la versión del tenor venezolano Alfredo Sadel, rica en el brillo agudo, melismas a manera de juguetonas sonoridades en una voz académica del bel canto. Claro está otro tenor con una voz poderosa y con ciertas asperezas sin ninguna formación artística, pero bella en su melodiosa cadencia como Alberto Beltrán, acentuaban mi preferencia por este bolero navegante de mares y sueños. No podían faltar dos voces excepcionales Daniel Santo con sus frases nasales y la media voz de un timbre angélico, la de Javier Solís para ponerle la tranca y cerrar la puerta.

Cantantes del recuerdo de Quique Muñoz. Alfredo Sadel el último en las fotos

Todo el escarceo para llegar a la versión incomparable de Ikira Barú. Si es verdad como afirman los exegetas bíblicos que ella canta como los ángeles, entonces, no me cabe duda alguna, su prodigiosa voz de belleza angélica en el tono en que lo planteó Santo Tomás de Aquino: “Bello es todo aquello que habiendo pasado por nuestros sentidos nos estremece de profunda emoción”, y es precisamente el magisterio de la Barú la que me enamora por oídos y ojos seguidores de encantos ciertos en el territorio de su cuerpo.

Ikira Barú barranquillera ella, formada musicalmente en Europa y Oceanía, belleza melódica y muy expresiva, se acompaña con gestos sensuales comedidos, gracia y señorío de fina elegancia expresiva, modulaciones en tempos musicales de lo que interpreta con Perfidia, belleza gestual y de encantadores movimientos que la elevan en su manera de articular las modulaciones de lo que canta. El sentimiento que interpreta en éste bolero singular lleva la impronta de su personalidad sonora. El arreglo moderno, jazzístico entre el piano, las tumbadoras y la voz de Ikira, donde juega en brevedad con la sonoridad brasilera de la samba y un remate de tumbao salsero entre piano y la función rítmica percusiva de las tumbadoras.

Ikira Barú, barranquillera, formada musicalmente en Europa y Oceanía