
Apareció de repente en el hall del hotel. Vestía de forma sencilla y elegante, un gran collar colgaba de su cuello junto con la escarapela que la acreditaba como jurado en el FAMMA 2024, que avanzaba en su segundo día de programación en El Carmen de Bolívar.
-Quiero un tinto bien caliente-dijo-, y de inmediato agregó con alegría: – como el que me tomo cada mañanita en Camarón. Se lo sirvieron y lo disfrutó hasta la última gota.
No la conocía. Le pregunté si venía de La Guajira, pero me respondió que su Camarón estaba en la montaña alta de los Montes de María, un lugar que definió como paradisíaco, rodeado por el agua de una gran ciénaga y dueño de una naturaleza hermosa imposible de olvidar.

Salimos del hotel, tomamos un motocarro para ir al Portón Amarillo, restaurante que atiende a decenas de asistentes al 13º FAMMA / Festival de Audiovisuales de los Montes de María/, donde Soraya Bayuelo, gran inspiradora y organizadora del encuentro por la paz y la reconciliación a través del arte y la cultura en este territorio que fue golpeado por el conflicto armado, llega con su voz convincente camuflada entre sonrisas, para anunciar la agenda del día que se extenderá hasta la medianoche.
Nos sentamos en una mesa para cuatro personas después de pasar por el buffet que nos ofrece huevos revueltos, pava de ají picante, ensalada de berenjena, queso criollo, café con leche, arepas, panes y chicha de maíz, dispuestos a escuchar a Angelina González, la campesina camaronera que ha logrado construir un cautivante lenguaje basado en el universo multicultural de su aldea.
Lo primero que expresa es su indeclinable amor por el territorio que habita, donde nació, ha vivido las verdes y las maduras y en el que aspira a morir en la sana paz de Dios. Camarón es un poblado casi perdido en la alta montaña de los Montes de María, habitado por unos cuantos centenares de personas que viven de la siembra de yuca, ñame, maíz, cacao y disfrutan de la pesca de la ciénaga que les regaló la naturaleza.


Durante la guerra que azotó el territorio montemariano durante tres décadas, con accionar de guerrilla, paramilitares y fuerza púbica, Camarón sufrió lo indecible. De Unos 400 parroquianos solo quedaron 16 familias. Varios murieron asesinados y la mayoría se vio obligada al desplazamiento forzado. Angelina González ya era líder de su comunidad cuando inició el conflicto, pero a pesar de amenazas recurrentes, se negó a abandonar su terruño. Nunca pensó en irse, jamás pasó por su mente abandonar a su gente.

“Soy campesina de cepa y raíz. En Camarón nací y aquí he aprendido todo lo que la vida me ha concedido. Vivo entre aguas y plantas, árboles y cantos de pájaros diversos, brisas y paisajes hermosos. Para salir de mi territorio con rumbo a cualquier otra parte, debo tomar una chalupa que se mete entre el follaje que brinda paz y felicidad. Ese recorrido es como un bálsamo de vida. Yo hablo con las plantas y los árboles. Soy un vivo ejemplo de la naturaleza. Creo que la ceiba es la diosa del amor. Tiene ramas extensas, un cuerpo, una piel que invita a que grabes tu nombre, el de la persona amada; unas raíces que invitan a sentarte, a disfrutar del silencio. No hay un solo campesino que no haya reposado en esas raíces. La ceiba es la mensajera del amor, de la paz. Sentada en las raíces de una ceiba siento que su mensaje es de tranquilidad, de confraternidad. Es un mensaje relajante, y cuando sales de ahí, si estás endeudado, sientes que no debes nada, que eres único en la vida y que eres importante. Esa es la ceiba”.


Angelina acompaña su relato con risas y gestos de convicción. Ahora habla del aguacate, que en su tierra se da en abundancia. “El aguacate es la economía del territorio, la economía del campesino. Es también el cultivo de la paz, porque con su cosecha viene el abrazo, el afecto, la reconciliación. Con la recolección del aguacate vienen los niños, las señoras, los jóvenes, los señores, y aunque tú no tengas aguacate participas de esa integración, te unes a la economía que genera este fruto. ¿Y del matarratón, qué puedo decirte? Que lo considero como la representatividad del hombre, sobre todo del hombre campesino, del hombre rural. Porque en época de verano se despoja de las hojas para hacer frente y resistencia a las inclemencias de ese tiempo, y en diciembre, para el invierno, se va cubriendo de hojas y de nuevo lo ves tan robusto, tan joven que no parece que fuera aquel arbolito que el verano había dejado maltrecho. Así es el campesino. El campesino cuando viene de la parcela, cansado, sudoroso, tú lo ves como viejito, maltratado por los rayos del sol. Cuando la cosecha se le está perdiendo por el verano o por un ataque de plagas, lo ves abatido, pero cuando llueve, cuando ve el reverdecer de sus plantas, se da un baño y se vuelve otro, un hombre nuevo, vigoroso, dispuesto a todo. El campesino con su cosecha es el matarratón florecido. Hay otro árbol vigoroso. Es el caracolí, un árbol majestuoso. Donde tú ves un caracolí hay vida, es sinónimo de agua. Cuando hay una mancha de caracolí se forma un nubarrón, de que llueve, llueve. Debajo del caracolí siempre hay agua subterránea, es tan poderoso que sin duda es el árbol de la vida”.

Angelina dialoga con las plantas cada día, las arrulla, las consiente, les transmite amor y amor recibe de ellas. Defiende los pájaros como si fueran sus hijos y cuestiona con vigor la costumbre campesina de cazarlos con hondas. En su casa sembró un olivo hace 30 años y en él siempre hay azulejos que le alegran la vida con su trinar.
También cosecha agua. Hace 20 años donó una parcela de nueve hectáreas a la comunidad de Camarón para que en ella se criaran monos, ardillas, conejos, tan libres como las brisas. En esa tierra también había un pozo artesanal de agua subterránea. “Lo trabajamos, lo convertimos en el acueducto de Camarón para que el agua llegara a todas las viviendas, a las cocinas, a los baños. Esta iniciativa va a ser replicada por el gobernador de Bolívar en diez comunidades que se van a ver beneficiadas y fortalecidas”.
La capacitación
Angelina entendió, después de mucho cavilar, que a pesar de conocer los secretos de la naturaleza de su territorio y las costumbres de sus comunidades, debía aprender otras cosas que estaban en los libros, los maestros calificados, las instituciones educativas. Validó el bachillerato, estudio Gestión Social y se convirtió en una incansable promotora de nuevos saberes. Quería publicar un libro, pero los diez cuadernos de cien hojas que había escrito con sus vivencias más sentidas, no encontraban eco. Hasta que un día apareció una joven española que se convirtió en hada madrina de ese sueño que se volvió realidad. El libro se publicó con el título Mis vivencias campesinas, y es uno de los mayores orgullos de su autora.

Angelina no se queda quieta. Aprende cada día nuevas cosas, las enseña, participa en eventos culturales y artísticos en su región y fuera de ella, como en el Festival del Pensamiento Iberoamericano, apoyado por Prisa Media, Caracol, El País, y W Radio. Ha ganado varios premios por su incansable labor en defensa del medioambiente y de sus comunidades montemarianas, entre ellos Hazañas Maestras y el Premio de Re-Existencia y Paz, “por ser una mujer inquebrantable en su voluntad de proteger la flora y fauna del territorio; su labor de educar a nuestros niños y niñas. Por su valentía, persistencia y tenacidad en la reivindicación de los derechos de las comunidades de Montes de María». Es una de las mujeres sobresalientes y reconocidas del colectivo que organiza cada año el FAMMA en El Carmen de Bolívar, del que fue jurado en este 2024. También ha grabado documentales y programas radiales de resonancia, y sobre su vida y obra se han escrito crónicas, ensayos, programas de televisión y documentales.

Angelina recuerda con mucho agrado la invitación que le hizo hace algunos años el entonces gobernador de Bolívar Dumek Turbay Paz, para que hablara sobre turismo en el departamento, durante un encuentro con gran presencia de público y especialistas del sector, en Bogotá.
-¿Qué puedo decir yo que no puedan hacerlo los que saben de eso- le dijo al mandatario.
-Tú no no vas a hacer nada diferente a ser lo que eres. Quiero que seas tú quien lleve la palabra de nuestros pueblos en ese evento- respondió Turbay.
Así fue. Y también fue la sensación. Su forma de expresarse, su conocimiento del territorio y las comunidades, de sus costumbres y saberes, le dieron todos los pergaminos para ser aplaudida con admiración por los asistentes al encuentro.

Angelina González es feliz donde quiera que esté. Lleva en su alma la alegría del ser humano que sabe a cabalidad que ha cumplido con sus deberes, sirviendo a los demás sin imposiciones ni esperar nada en compensación. Dice que lo único importante, lo que en verdad vale la pena, es amar la vida. «Si Dios lo hizo, todo está hecho para disfrutarlo», dice-. Pero no cambia la comodidad de un gran hotel ni los cantos de sirena de la gran ciudad, por la frescura, el trinar de los pájaros y el sonido de la brisa colándose por entre el follaje de los árboles de Camarón, su amado terruño de la montaña alta de Los Montes de María.

