
El fallecimiento de la abuela Isabel hace parte de los primeros recuerdos de los inicios de mi vida. Murió en Barranquilla, y yo, que tenía cinco años, me enteré de lo sucedido a través de mi padre, porque mamá, rodeada por algunos vecinos, lloraba inconsolablemente.
De ella sé lo que comentaban sus hijos, lo que afirma su nieto César. Conozco su rostro a través de una fotografía que por años estuvo colgada en una pared de la casa de la tía Mercedes. Según mamá, la abuela estaba contenta porque me estaba acercando a ella, pero ocurrió lo de su muerte. También me contó que fue quien me salvó de morir a pocos meses de haber nacido.
La velaron en el primer cuarto de su casa, la que compró mi abuelo Juan, quien había muerto años antes de mi nacimiento. Casa a la que nos mudamos tiempo antes del fallecimiento de mi abuela, y después de que quedara desocupada porque los que la habitaban: ella, las tías Mercedes y Ana María, y los tíos, Joaquín y Marco, se habían residenciado en Barranquilla.

Ya la casa no existe, pero en las tardes nostálgicas, la habito de la mano de mis recuerdos. Y cuando lo hago, camino por su amplia sala, debidamente ventilada a través de tres puertas y una ventana. Voy por el comedor, en el que brillaba la luz del día que penetraba por sus puertas: una que daba al callejón, y la otra a un patio interior que estaba sombreado por un frondoso árbol de Naranjito, una extensa mata de caña brava, y un florido jardín de rosas y flores que mi madre cultivaba.
También me desplazo por sus dos cuartos principales, atravieso por la puerta “falsa”, llego a la parte de la vivienda que fue construida de manera vertical, donde primeramente hubo un comedor y un cuarto, y, después, la cocina. Detrás de esta edificación estaba el resto del patio en el que reinaban un antiguo árbol de trupillo, un verdoso mamón, un tamarindo y una guayaba blanca. Anexa a esta construcción fue ubicada, inicialmente, la cocina, cuyas paredes eran de tallos de corozo, que carecía de pisos de cemento, y desde ella se tenía acceso a este patio.
Algunos hechos me llevaron a creer que la casa era indestructible. Sucedía después de que soplaban los vientos que traían las lluvias conocidas como la “Nevada” y “Corcovado”, porque jamás lucía despeinada como otros techosde paja. Luego de los temblores de tierra lucia impertérrita, mientras los que vivíamos en ella, corríamos despavoridos hacia la calle, como sucedió la madrugada en que mi padre, llevándome en sus brazos, la abandonamos. Lo hicimos, desconfiando de su construcción, ignorando que, años después, solo la mano del hombre logró lo que la naturaleza no pudo. Un acto desleal condujo a su destrucción, sin que quedara de ella una fotografía, solo las que existen en la mente de quienes la habitamos.
En esa casa fui creciendo, delgado, inapetente, largo, pechichón, y motivado por el interés de husmear lo que había en el tercer cuarto que ocupaba tío Pablo cuando iba a Pedraza. Recuerdo que lo primero que me llamó la atención fue una antigua cámara fotográfica, me imaginaba captando imágenes con ella. Después, una abandonada colección de discos, de distintas revoluciones, que perteneció al inexistente picot de la tía Mercedes. Tomaba algunos de la pila de acetatos, y me ubica debajo de una olvidada caballeriza de techo de cinc, haciéndolos girar en torno a un clavo incrustado en una tabla. Escuchaba la música utilizando, a manera de brazo fonocaptor, una aguja y un trozo de papel al que le daba forma cónica.

Fue en ese mismo cuarto donde observé varios baúles de distintos tamaños, colores y formas. De la propiedad de ellos solo supe que uno pertenecía a tío Pablo, por una historia en la que estuvo envuelto mi hermano Carlos Arturo. El que mayormente me llamó la atención era uno de madera, cubierto con vinilo, de dos cierres metálicos de bloqueo, chapado en níquel, y con una cerradura para ponerle candado. En él descubrí unos cuadernos usados que eran de mis hermanos que estudiaban bachillerato en Barranquilla. También hallé varias cartillas para aprender a leer, las que debieron ser de Gilberto, quien después de que nací, rechazó la invitación para que me conociera, argumentando que deseaba era una hermana.
Parte de lo que contenía este baúl me permitió cumplir el sueño de asistir a la escuela con cuadernos usados que aún tenían algunas hojas en blanco, como lo hacían algunos alumnos. Lo hice una mañana, porque al mediodía mi padre se dio cuenta y me los arrebató. Es que, no había manera de que no lo supiera, porque todos los días yo ubicaba los cuadernos en una mesa de madera pequeña, y me sentaba en una silla, para hacer las tareas ordenadas en las dos jornadas escolares. Le pedía que no se alejara mientras las hacía, porque para mí siempre fue el que todo lo sabía, tanto que era el único capaz de resolverme la habitual pregunta: ¿usted qué cree que dice donde escribí?
Pero la prohibición de que usara los cuadernos no impidió que continuara escudriñando en el baúl, lo que me permitió encontrar un texto escolar, del que, inicialmente, me llamó la atención la imagen de un hombre que cubría los ojos con unas gafas oscuras, y quien tenía unas facciones que me llevaron a asociarlo con el Diablo. Texto al que, después, evitaba ver por temor a encontrarme con él en las noches oscuras de mi pueblo.
No sé si fue en ese o en otro libro donde conocí la canción de los piratas a la que, incluso, le compuse una melodía. Al cantarla me imaginaba, pese a que mencionaba al mar, los barcos y los piratas navegando por el Magdalena. Es que el río era mi universo, porque del mar sabía por las lecciones de geografía e historia, y por dos boleros cantados por Leo Marini y por Bienvenido Granda, que escuchaba mi viejo. Fue papá quien me llevó a conocer el mar Caribe, pero este primer contacto no resultó ser una experiencia gratificante, porque además del temor de introducirme en sus aguas, me angustiaba verlo nadando y desapareciendo entre las olas.
Según César, mi hermano mayor, la casa de mi abuela, parecía no cerrar sus puertas porque en ella siempre había visitantes. Con razón sucedía, ahí funcionó una tienda y cantina; era donde se reunían los ocho hijos de Isabel Constanza, así como los nietos. Después, cuando nos mudamos para ella, siguió siendo visitada por Ovidio y Juan Manuel, los hermanos de mamá que quedaron en el pueblo. También por los amigos de mi padre, de mis hermanos, en tiempos de vacaciones escolares. Sin embargo, éramos pocos quienes usualmente vivíamos en ella: papá, mamá, Diógenes, mientras fue docente, y yo, porque Cesar “Tilde”, el primo que mamá y papá adoptaron se había ido a trabajar y estudiar en Barranquilla.
Pero lo que era usual dejó de serlo en diciembre de 1970, cuando la ciénaga de Negros inundó a Calamar. Entonces mis abuelos Gilberto y María, así como el tío Ramiro y su familia, se mudaron a la casa de mi abuela. De este tiempo son los primeros recuerdos que tengo de alguno de los miembros de la familia Rojano Barrios. Conservo la imagen del abuelo con su semblante de amor, su condición de hombre manso y sabio. La de mi abuela con su pelo cano, su tez color canela, su rostro serio, su inmejorable sentido del humor, y su afición por los panes y los dulces.
La ausencia de mis hermanos y la diferencia de edad con ellos me llevó a aferrarme a la compañía de mis primeros amigos. Supongo que fue mamá quien los escogió, lo digo por la afinidad que existía entre la familia de estos y la mía. Desde entonces fui amigo de Julio Manuel Lozano, de Gustavo García, Emigdio Santander, Yuri Simmods. Compartimos el gusto por la música, el fútbol en las calles y en el solar de Lucho Jiménez, las radionovelas, el juego a chequita, al bate, al pote, a las escondidas, al fajón escondido, al trompo, a la bolita de uñita, a la cucunubá, a andar montados en patinetas en el parque y el piso de la iglesia montados, y las travesuras. Incluso, con Julio Manuel y Emigdio, conformamos un conjunto musical en el que el primero “interpretaba” un pequeño acordeón que le regaló su tía Catalina Camacho.
Pero había algo que no compartía con ellos: la lluvia. Los veía caminar y correr por las calles del pueblo. Papá, procurando calmar mi frustración, fabricaba barquitos de papel que ponía a navegar en el pequeño arroyo que pasaba por el frente de la casa de mi abuela. Yo los observaba, desde la amplia ventana de la sala, alejarse sin control en la corriente. Pero si las razones de salud me impedían ir con mis amigos, cuando las calles se llenaban de grillos, preludiando la temporada de invierno, corría, reía y gritaba con ellos detrás de las libélulas.

Cuando culminé el ciclo de básica primaria me fui para Barranquilla, llevando en mi maleta las enseñanzas de las maestras María Gelsomina Santander y Elia Jiménez, los recuerdos de la complicidad escolar en matemáticas de Álvaro “Umaña” Rodríguez, los amores platónicos por Sonia y Carlotica, la melancolía por mis padres y mi pueblo. Fue al llegar a esta ciudad a estudiar bachillerato, y al comenzar a transitar por la adolescencia, cuando sentí, por primera vez, el dolor que deja la muerte entre los vivos, tras el inesperado fallecimiento del tío Marco Tulio.
En las vacaciones escolares regresaba a la casa de mi abuela; lo hice hasta cuando, a espaldas de mis padres la vendieron. Ya no existe, como tampoco mis viejos, ni mi hermano Carlos. Sin embargo, ella está completa en mi mente, con sus paredes vestidas de un eterno color amarillo, sus puertas pintadas de marrón, con el famélico árbol de almendra en su frente. Entonces, camino por sus recuerdos, voy de la sala a su esquina, me detengo a observar a ese pueblo silencioso, de casas de techo de palma y paredes de barro, de vías públicas de arena brillante, en el que fui feliz.

