
Sexta nostalgia del siglo XX dedicada a mí condiscípula y pariente Adalgiza Bonfante.
Entre los personajes de la Cartagena de finales de siglo XIX y primera mitad del siglo XX, más atractivo por su actividad artesanal, y de cantor popular perteneciente al gremio de guitarristas, es indudable, la figura de José Sobrino Caro.
Intentaré mostrar mediante una breve semblanza del artista Sobrino Caro, su aporte cultural desde una doble actividad como oficio de vida que comparte: artesano y músico. La gran mayoría de los músicos populares en Cartagena en los siglos XIX y XX, eran artesanos negros y mulatos; y el instrumento más usual entre ellos era la guitarra.
La comprensión del tema artesanos músicos negros y mulatos en Cartagena de Indias, abre un estudio histórico poco tratado muy a pesar de la existencia de un acopio documental valioso para emprender una cartografía que bien puede iniciarse en el último cuarto de siglo XIX con el guitarrista José Sobrino Caro. La guitarra en manos de negros y mulatos en el Caribe colombiano colorea una de las páginas de la canción popular a partir de las comunidades afrodescendientes.

Sobrino Caro fue víctima de las exclusiones sociales donde la situación del negro discriminado, y casi siempre, visibilizado en su quehacer cultural. La importancia de la historia social y cultural de Sobrino Caro radica de manera esencial en ser protagonista de primer orden en la vida cotidiana de Cartagena, de liderar a los músicos guitarristas de la ciudad y de participar como voz cantante de los artesanos en la lucha social política por reivindicar al gremio.
La relación estrecha de los artesanos y músicos negros y mulatos, encuentra en Sobrino Caro a un actor orgánico que cumple con ambos oficios, y tiene en común el de ser afrodescendiente. A través del pregón callejero que se hace acompañar de la guitarra y de vocear los artefactos manuales que elabora desde su espíritu de artesano se da a conocer en Cartagena.
EL PREGÓN
Él pregonó la vida y con la décima cantada a pulso de guitarra callejeaba noticias del diario transcurrir de páginas historiales de la Cartagena de su época. Con Sobrino Caro se inaugura las promociones de ventas de telas de los siriolibaneses de la ciudad en atípicos jingles musicales. La andadura esquelética del artesano cantor llamaba la atención de los transeúntes que veían en él a una especie de personaje cervantino, nunca pasaba desapercibido, la figura curvada de un cuerpo sufriente encerraba una luminosa imaginación creativa espigada como la esperanza. Tuvo el notable encanto de ser tratado en las plumas de dos ilustres hijos de la urbe: Daniel Lemaitre Tono y el poeta del mirar torcido con desbordado amor queriente con la ciudad donde ya el aceite no viene botijuelas, el inmortal Tuerto López.
En la arena de la Cartagena de finales de siglo XIX y primera mitad del XX, José Sobrino Caro, artesano, músico y pregonero de oficio cantaba el fruto de sus manos creadoras articulando la hojalatería con ingeniosas frases melódicas que pasaban a manera de recitativo popular de boca en boca. Fue actor y sujeto creativo en la cancionística popular en la ciudad de los cangrejos donde transitaba desde el barrio San Diego, Pie de La Popa, Toril, Lo Amador, Espinal y Manga. Supo llenar con sus sentidos cantos melodías que a voz en cuello entonaban nuestros mayores.
LA PRESENCIA AFRICANA
Las circunstancias en que se inició y se desarrolló la fuerza de trabajo esclava que impuso el período colonial español al introducir la mano de obra africana en América. La situación del negro en el nuevo suelo y de sus descendientes fue de total desventajas en lo económico, político, social y cultural.
La presencia africana en la ciudad desde el siglo XVI al entrar en contacto con los españoles artesanos que con sus manos construyeron la ciudad fue dejando una serie de saberes manuales que al paso del tiempo posibilitó a la población afrodescendientes a llevar una alta actividad artesanal en reemplazo de los españoles y de los hijos de éstos por considerarlos oficios inferiores.

La tradición de artesanos negros y mulatos en Cartagena de Indias jugó un papel de suma importancia desde mucho antes de la independencia hasta nuestros días. La revuelta novembrina de 1811 marca un hito histórico en virtud al gremio de artesanos independentistas que comandó a las huestes de Lanceros de Getsemaní bajo la conducción del artesano matancero Pedro Romero. Las manos libertarias que empuñaron las armas de la independencia fueron en su gran mayoría las mismas manos y las de sus herederos las que ornamentaron los símbolos de la ciudad festiva.
ANDANZAS DEL TROVADOR
Las personas mayores del siglo XX que lo conocieron lo dibujan a palabra, o como lo sabía expresar la cantaora de bailes de bullerengue Nicolasa Villacob López, hacían lenguas de las gracias cantables de Sobrino Caro.
Sobrino Caro supo combinar el arte musical con la artesanía que florecía en sus manos parturientas de objetos tales como: jarros, ralladores y anafes. Caminaba su doble condición de artista, llenando una de las páginas notables de Cartagena de Indias, entre finales del cuarto de siglo del XIX y el año cuarenta del siglo XX. Es indudable, que su vida significa hoy para la historia de la cultura popular una de sus figuras iconográficas más relevante y seductora.

Es historia sabida, calentada a fuego lento por la resolana del Caribe, que él cumplía con la misión de enaltecer el alma humana gracias a su talento creativo; con Sobrino Caro la cultura popular como ojo de agua inagotable puso en circulación saberes ancestrales por medio del repentismo. Décimas cantadas y coplas que oficiaban en la voz del trovador que alternaba con tipos de crónicas musicalizadas.
Los sucesos de la vida cotidiana los trasmutaba en hechuras artística con el trabajo de la palabra iluminada, nacida de la inventiva del momento, musicalizando el suceso de la aviación en la década de 1920, aquel pájaro de aluminio de canto ronco motorizado fue objeto de una composición.
El médico Armando Muñoz Buelvas (1924) recuerda la melodía y texto de uno de sus cantos callejeros surgido a raíz del vuelo inaugural de la Scadta entre Cartagena y Barranquilla:
¡Ah, anda pa’l diablo
Que barrilete tan grandolón
No tiene hilo ni cola
Y zumba como un cigarrón
Él supo atrapar la pulsación de la ciudad de Cartagena, con su viejo aliento de puerto marítimo, el tránsito cerrado de una sociedad amurallada en prejuicios y anacronismos que pretendía blanquear la cultura de herencia africana y, él fue voz contestaría, porque asumió el liderazgo de los artesanos y sus luchas reivindicativas en lo político, laboral y cultural desde la pigmentocracia de su esqueletura de mulato.
Yo canto cada día y cada noche
Tristes que de mi vida van pasando
Y mi canto provoca un derroche
De risa mientras mi alma va llorando
El auditorio fresco, en su derroche
Sin comprender por qué estoy cantando .
Rafaela García (1926 – 2006) y Ramón Ariza (1918 – 2004) me tarareaban sus melodías, entre otras, Aura en honor a la novela de José María Vargas Vila, titulada: “Aura o Las Violetas”; o, “El Siempre Viva”, un club de baile popular en la calle Tumba Muerto del barrio de San Diego. Donde hoy queda La Escuela Superior de Bellas Artes, fue un antiguo cementerio, de ahí provienen dos calles con nombre de dolor y luto de acuerdo con las oraciones cantadas de las letanías de viejas negras plañideras: Calle de Campo Santo y Tumba Muerto.
El tono contestario de sus canciones retrata en él al hombre crítico, comprometido con el gremio de artesanos y siempre, en defensa de trovadores que contribuyeron con la gestación del bolero criollo en la arena del Caribe cartagenero.
LA DENUNCIA CANTADA Y ESCRITA
La postura excluyente de la élite de la ciudad que pordebajeaba el arte de músicos populares que ganaban el sustento diario con el arte de trovar como: el “Chito” Evaristo Álvarez, ebanista y guitarrista, Armando Revollo, Godoy, Evaristo Gaviria, José de la O Pernett, guitarristas y artesanos, fueron defendido por la pluma crítica de Sobrino Caro, al pergeñar unas notas en el periódico El Diario De La Costa. El artículo, lo intitula: “Del Arte y De La Vida” /1926/ donde denunciaba el mal trato al gremio de artesanos músicos, afirmando con vehemencia que ellos, eran hombres de bien y la guitarra en sus manos también era digna como la que empuñaba Enrique Granado el afamado español que se anunciaba con todas las ínfulas de grandeza; sin embargo, los guitarristas del patio eran objeto de adjetivos infames. Y para mayor burla aún se anunciaba a Granado y el artista estaba muerto… o simplemente, era un homónimo de aquél que jugaba con la impostura.
La presencia del trovador José Sobrino Caro en Cartagena de Indias hace parte de crónicas y de una imagen poética que lo eterniza como artista singular, guitarra en mano para acompañar sus cantos de amores que callejeaba por la ciudad de piedra.
El poeta Luís Carlos López (1883 – 1950); El Tuerto, Daniel Lemaitre Tono y Aníbal Esquivia Vásquez (Ave), cronistas que dejaron unas páginas sentidas, certeras sobre el personaje, de lo que significó el artesano trovador para la música de Cartagena.

El Tuerto López, da cuenta de Sobrino Caro en el soneto: “Portal de los Dulces”:
Riñón de la ciudad, roto avispero
Por donde cruza, frívola y austera,
Toda la población de enero a enero,
Con un ir y venir de lanzadera…
Dulces, frutas, revistas…semillero
De mil cosas en una larga hilera
De vitrinas…y el busto amplio y severo
De Uribe Uribe exorna una vidriera
Luego un millón de ofertas, limpiabotas,
Sobrino Caro y su guitarra, notas
Típicas…y los últimos sucesos
Comentados en esa algarabía,
Como el premio que hoy da la Lotería
De Bolívar: mayor, $ 9.000.
La gente de la antigua ciudad como hoy, hace tránsito permanente en el sitio: El Portal de los Dulces, por ser un lugar para la memoria; la presencia pasada de Sobrino Caro era evidente, él como pocos, fue parte viva y palpitante de ese riñón colonial para apalabrarlo en la voz mayor del poeta del mirar torcido.
La palabra que se vocea de boca en boca tuvo en Sobrino Caro a un ser predilecto, por su condición de artista y hombre atractivo por su inteligencia creativa, en sí mismo, convivía el hombre sencillo, el repentista que al rompe rimaba versos que acompañaba con las cuerdas de su guitarra vagabunda como el trovador que era. Y, desde luego, el artesano reconocido; hojalatero, que vendía el fruto de sus manos de alcucero al articular la inventiva del ingenio que creaba vasos, jarros de latas, ralladores y colgarejos para guisar achiote, que pregonaba con recitativos ritmados a manera de melopea caribeña.
Pocos días faltan para verse
Cartagena alegre y primorosa
Según es la popularidad que ejerce
Sobre ella la virgen milagrosa
Gloriosa virgen de las candelas
Excelsa reina, madre de Dios
Eres alivio a nuestras penas
Eres consuelo en la aflicción .
En otro canto a la virgen de La Candelaria de La Popa, Sobrino Caro, retrata dicha festividad así:
Vamos para La Popa
Decía la gente
Y las mujeres
Iban llenas de gracia
Y los hombres llenos de aguardiente .
La fiesta de La Virgen de La Candelaria de La Popa tuvo en Sobrino Caro a uno de sus mayores divulgadores desde la condición de pregonero y músico le cantó a la población simple como a la encopetada, valiéndose de las variadas mercancías que ofrecían los almacenes de los árabes, y él oficiaba dándole forma musical a lo que ofertaba.
EL OFICIO DE ARTESANO
El ritmo del martillo y el mazo de madera sobre la hojalata producía la música legendaria de los herreros, quizás, los pioneros de aquel arte tejido de siglos por las sonoridades del oficio; el yunque como herramienta que a golpe de forjar un objeto con función utilitaria y estética producía desde el pulso rítmico ciertas melodías agradables al oído humano. La etnomusicología da fe de ello. En Cartagena de Indias, en el marco del IX Encuentro Para La Promoción y Divulgación Del Patrimonio Inmaterial De Los Países Iberoamericanos (UNESCO, 2008), El Grupo Mayalde, en representación de España, realizó un taller de esta música de herreros en la Escuela Superior de Bellas Artes.
Golpes de martillo, mazo de madera, hojalata, corte y fuego que hacen melodías, así se pasaba la vida Sobrino Caro, el cantor del pueblo raso a pulso de melodías ritmadas que cantaba a pregón callejero.
CRONISTAS DEL CORRALITO DE PIEDRAS
Daniel Lemaitre Tono (1884 – 1962) y Aníbal Esquivia Vásquez (posiblemente nace en 1900 y muere en la década de 1980 en el barrio de San Diego).

Lemaitre Tono lo llama en “El Corralito de Piedra”, editado en 1949, Sobrino y su Guitarra. “Con Sobrino, el popularísimo Sobrino, se fue, no hace mucho, el mejor trovero del Corralito de Piedra”. De Sobrino Caro no hay una fecha clara de su nacimiento, probablemente nació a finales de 1870 por los relatos de las personas mayores.
Era flaco, desgarbado, de ojos penetrantes y voz un poco gangosa pero su alma blanca, agitaba sus alas por sobre la miseria sin marcharse nunca. Heredó de su padre el mazo de hojalatero y fabricaba jarritos mientras su imaginación volaba por el país de las musas.
(…) Cantor de los caminos, salía con su guitarra y se iba con la tarde a cantar lo que sentía. El público le formaba rueda y le escuchaba, no tanto por la música ni por la voz como por su gracejo en la interpretación de las costumbres populares. A mí me atraía siempre aquel cuadro y acababa por fundirme con él. Me intrigaban sus agudos detalles y una sonrisa me venía que me agarraba y no me dejaba continuar el camino.
Lemaitre señala que, Sobrino Caro con el cansino compás de algún pasillo desarrollaba verdaderas crónicas musicales. “La Subida de la Popa”, “La Plazuela del 11”, “El Velorio de Aniceto” o “Las Calles Vestidas” acusaban entre otras, un espíritu observador y una ironía indiscutible.
La guitarra de Sobrino Caro simboliza la imagen del trovador trashumante, el hombre andariego que cantaba la cotidianidad de la vida pincelándola de situaciones alegres. Lemaitre nos dice: “La guitarra llenó de sonsonetes tu camino y seguramente por allá arriba seguirás cantando. Eso debe ser una calle muy alumbrada y muy bonita, pero esta vez, cuando inefables resplandores te vayan anunciando la proximidad de un trono no podrás exclamar como en “Las Calles Vestidas” – ¡caracho desde que vi el matarratón se me puso ¡”
Las calles vestidas alude al colorido festivo del desaparecido Carnaval de Cartagena, más tarde , esa expresión que también es el título de uno de sus sones, hace referencia a las festividades del 11 de Noviembre; con el título: “Calles Vestidas”. El compositor y director de orquesta cartagenero Guillermo Espinosa Grau, nombra el tercer movimiento de su poema sinfónico “Estampas de Cartagena”, estrenada en el II Concierto de la Sociedad Pro – Arte Musical, conduciendo la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia en 1946.
Esquivia Vásquez en “Lienzos Locales”, libro de crónicas de Cartagena de Indias, editado en 1942 recoge dos semblanzas sobre el personaje de andar curvado por su esquelética figura y, en mano la guitarra de compañía andariega para melodizar sus temas: crónicas musicalizadas, chascarrillos, pregones cantados, pasillos y boleros de rancio aroma romántico.
El barrio de la querencia llama Esquivia Vásquez a San Diego, remata diciendo que – tiene el embrujo de sus leyendas y el anecdotario de su tradición -. Pues bien, Sobrino Caro es leyenda, por tanto, él es tradición que él mismo ayudó a construir a pulso de rasgar las cuerdas cantarinas de una guitarra errante como era su propia vida.
Sobrino Caro es evocado por Ave – Sn Diego, barrio de Sobrino Caro, juglar humorístico, versificador sentimental -. “por el barrio no ha faltado el buen ejecutante. Alguna guitarra trasnochadora susurra la canción enamorada”. Clímaco León Ríos (folclorista), hijo del guitarrista y tiplista Felipe León, al referirse al histórico barrio de San Diego, lo recuerda hoy a sus 79 años como un espacio donde habitaron muchos guitarristas.
Pero, quizás, la estampa más completa de Sobrino Caro, la realiza Ave al decir que: “Con su canotier, su rostro melancólico, sus bigotes trabados, su dorsal doblada y su guitarra acompañante, deambulaba José Sobrino Caro cantando a cinco centavos. Era un cronista musicalizante. Personaje típico de errante peregrinaje dentro de las fronteras urbanas. En las alforjas de su espíritu, llevaba millares de crónicas rimadas de las cosas de Cartagena”.
(…) José Sobrino Caro tenía qué sé yo cuántos años de vida. Pero muchos más de padecimientos. Sobrino Caro cursó cuatro años de literatura y filosofía en la Universidad de Cartagena, como se le asignó nominalmente al bachillerato de la época.
(…) Sobrino Caro la vena poética empezó a surtir versos sentimentales. Versos que conmovían, pero negaban el pan de cada día. Sus producciones, su preparación universitaria, su anhelo de saber lo mantenían en contacto con ilustres hombres de letras de la ciudad y profesores afamados.
Esquivia Vásquez lo pinta de manera idéntica como lo registra las voces de tres personas que lo conocieron: Ramón Ariza Barrios (1900), Rafaela García Valdelamar (1922) y el médico Armando Muñoz Buelvas (1924), lo bueno de la información oral de las personas citadas, es que sus relatos fueron coherente con la descripción hecha por el cronista Ave.
EL TROVADOR
La poética trovadoresca caracteriza al espíritu aventurero, a los hombres que hicieron de la calle el destino feliz de cantar el trabajo noticioso de su alma repentista, parida pródigamente desde el arte de la palabra hilvanada en el tiempo. Poesía, crónica y música como formas temporales de la vida que pregona noticias y amores a la vuelta de la esquina, así eran los cantores de la Occitania (Oc), seres vagabundos que hacían caminos al andar.
El trovador, la vieja literatura medioeval (siglo XI en Provenza) lo define como una persona trashumante, llevaban noticias de un lugar a otro, eran los mensajeros de los sucesos, los portadores de los acontecimientos que acaecían en las vecindades y que las personas destinatarias debían enterarse de los hechos o historias que ellos contaban y en veces, poetizaban o narraban los hechos con sus cantos.
El trovador es quien hacía verso en la antigua lengua de Oc; entre trovador y juglar a lo largo de la historia ha surgido una polémica sobre el objeto de trabajo creativo del uno, y del otro por los académicos.
El filólogo español José García López, sostiene en la “Historia de la Literatura Española”, que la distinción entre trovador y juglar consiste, que el primero, no vive del sustento de su creación poética, y el segundo sí.
José Sobrino Caro fue llamado por el pueblo cartagenero trovador en algunas ocasiones, y en otras, el juglar del barrio de San Diego. Famosos sus pregones:
Una señora muy hermosa
Dada a la prensa a leer
Se dirigió presurosa
Donde podía escoger
Telas variadas y finas
A precio de situación
Desde la real sedalina
Hasta el nítido crespón .
La estampa personal de Sobrino Caro la recoge la prensa de Cartagena en la primera mitad del siglo XX; la otra historia del artista cantor se dispersa en la memoria fragmentaria de las personas mayores sobrevivientes gracias a la tradición oral. Sin embargo, en tres escritores de la ciudad: un poeta, El Tuerto López y dos cronistas: Daniel Lemaitre Tono y Aníbal Esquivia Vásquez, se hace mención al artesano guitarrista y pregonero, ellos fueron testigos de vistas y amigos del mulato cantor.
Noticias de músicos negros y mulatos se reseñan como expresiones bulliciosas que rayan en el ruido de manera obstinada por frases repetitivas de la gentuza de escalera abajo en el último peldaño de la escalera social. No obstante, con Sobrino Caro de manera paradójica esa misma prensa descalificatoria no regatea elogio en la tarea artística del artesano pregonero.
El reconocimiento cultural de Sobrino Caro de ninguna manera indica un acto generoso, más bien, pone en escena un tríptico estético: artesanías, cantos y pregones que a manera de noticias musicalizadas fue llenando las páginas de la cultura popular cartagenera de la cual él articula con su propia experiencia de vida alimentada desde la cotidianidad.
BIBLIOGRAFÍA
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Navarrete, María Cristina. Historia Social del Negro en la Colonia Cartagena siglo XVI. Universidad del Valle, 1995.

