
Las grandes frustraciones suelen traer grandes oportunidades para enfrentar y superar los desafíos que dejan algunos tiempos inciertos de las sociedades que, por razones y circunstancias diversas, se frenaron y entraron en periodos de franco estancamiento o retroceso.
Cartagena ha sufrido ese trance desde hace unos tres lustros, cuando su gobernabilidad, gobernanza y confianza ciudadana se fueron a pique por la conducción de líderes que equivocaron el rumbo y cedieron ante el adanismo, la improvisación, la corrupción, el clientelismo político y el inmovilismo, lo que condujo a una crisis generalizada que diluyó el compromiso con la ciudad y sus comunidades.

El resultado salta a la vista: atraso, pobreza creciente, inseguridad, frustración social. El problema y sus consecuencias están plenamente diagnosticados y documentados en investigaciones académicas, informes periodísticos, análisis de expertos. También hay estudios que plantean soluciones posibles. Así las cosas, lo que corresponde ahora es retomar la decisión política de enderezar el rumbo para iniciar, con respaldo de los estamentos ciudadanos, el proceso de reconstrucción de la ciudad, una empresa colosal que requiere el concurso de todas las voluntades individuales y colectivas.
Se trata del mayor reto que deben enfrentar los cartageneros en el curso de las últimas décadas. Un compromiso de ciudad que exige liderazgo, inteligencia, decisión, fortaleza, capacidades gerenciales y, por sobre todo, la convicción de no fracasar en la tarea de devolverle a Cartagena su grandeza, y a su gente la certeza de lograr metas muy altas en la cruzada de reconstrucción de la ciudad.
El alcalde Dumek Turbay, quien por su investidura y atribuciones está llamado a liderar la gesta de rescate de Cartagena, ha mostrado en lo poco que lleva en el cargo que esta responsabilidad no lo amilana y por el contrario le da los bríos necesarios para actuar y generar una nueva narrativa sobre lo que significa gobernar para avanzar hacia un desarrollo sostenible. En esa línea buscar el respaldo de todos aquellos que ambicionan un cambio real, no perceptivo de la ciudad, es imperativo. La sociedad civil, convocada por el colectivo Diálogo Social, ya se pronunció y en reunión con el alcalde Turbay expuso sus puntos de vista sobre la necesidad de darle un viraje a la conducción del gobierno distrital y ofreció su concurso para trabajar en el mejoramiento sustancial de las condiciones de vida de los cartageneros. Se escucha ahora que el Concejo Distrital se unirá a la unificación de fuerzas para trabajar de manera decidida por la ciudad, en un triunvirato que mueve nuevas esperanzas: gobierno, sociedad civil, concejo.

En aquella reunión del alcalde Turbay con más de 130 organizaciones de la sociedad civil realizada en el palacio de la Proclamación, quedó una vez más en evidencia que Cartagena está socialmente fracturada, que tiene sectores de gran dinamismo como el turístico, industrial, portuario y comercial, pero la pobreza sigue cubriendo buena parte de sus comunidades. Trabajar uniendo propósitos y voluntades marca el camino que debe llevar a una nueva realidad.
El empresariado es fundamental
En ese contexto, y ampliando el abanico de participantes en la cruzada de rescate de la ciudad, el gobierno distrital y el empresariado deben unificar criterios para gestionar bienestar colectivo. Tal propósito no da espera. ¿Qué le corresponde al empresariado? Mucho. No solo dentro de su responsabilidad social enmarcada en la cultura organizacional, sino más allá de ello para afinar y materializar compromisos que abran paso a lo que debe ser la ciudad que se anhela: próspera, segura, organizada, limpia, respetuosa, educada, culturalmente cohesionada, con reglas precisas para la convivencia ciudadana y con oportunidades para todos. Con la mente clara y el bolsillo dispuesto, gobierno y empresarios pueden direccionar la marcha de la ciudad teniendo a la sociedad civil como garante de lo que se haga, y beneficiando a las comunidades con los logros obtenidos.


Esta nueva etapa que se vislumbra es clave y debe marcar un rumbo inequívoco para Cartagena, pero no puede convertirse en un espejismo. Los cambios de naturaleza estructural se enmarcan en procesos que toman tiempo. La nueva ciudad debe visionarse a 50 años y la etapa inmediata centralizarse en 2033 cuando cumpla 500 años de fundada. El gobierno de Dumek Turbay es la punta de lanza en ese proceso de rescate de una urbe en crisis profunda. Por eso tiene que ser exitoso, no puede ser mediocre y mucho menos perdedor. Cartagena es como una nave a la deriva que necesita de un timonel intrépido y una tripulación dispuesta a vencer, para evitar el acantilado definitivo. En esa metáfora marinera todos estamos inmersos.


