Cada cuatro años en Colombia se celebra un festival de acordeones en el que el pueblo sale a las urnas para escoger al mejor intérprete de un instrumento denominado Estado. El año pasado después de unas “piquerías nacionales sometidas a doble vuelta”, el pueblo en mayoría democrática eligió a quien consideraban sería la mejor propuesta para interpretar los cuatro aires del vallenato representados en el Estado. Desde 2023 el presidente Gustavo Petro comenzó a dar señales de los nuevos ritmos que iba a interpretar ampliando el fuelle del acordeón a su máxima expresión. Hace poco a propósito de las cifras sobre el crecimiento del empleo público indicadas por el DANE, el presidente trinó: “el principal factor de crecimiento del empleo en esto año transcurrido es la actividad misma del gobierno en salud, educación, defensa y otros… aquí se puede observar cómo una medida política contracíclica del gobierno genera reactivación económica. Lo contrario que proponía el neoliberalismo”.
Durante el siglo XX nuestro país se vio impactado por varios acontecimientos que nos mostraron una interdependencia económica, política y social, lo que a la postre se conocería como globalización. Así el crack del 29, los efectos devastadores de las posguerras, los movimientos sociales europeos llevaron a que el entonces Estado liberal que funcionó con el fuelle cerrado, diera paso a lo que se llamó el intervencionismo de Estado. Bajo esta premisa política, el Estado como un acordeón se expandiría por sus intérpretes para entonar nuevos ritmos con los que se buscaban resolver problemas arrojados por el liberalismo clásico y en especial por el capitalismo sobre todo en materia de desigualdades. En Colombia por ejemplo, desde la danza de los millones en la década de los años 20 pasando por la gran reforma estructural de 1968, la política pública gubernamental intervino en el crecimiento económico asumiendo directamente procesos de producción, transformación, circulación de bienes y servicios, creándose en consecuencia unas doscientas entidades públicas entre establecimientos públicos, departamentos administrativos, empresas industriales y comerciales del Estado, entre otras. Debido a ello se engrosaron las plantas del empleo público del orden central y descentralizado bajo el modelo burocrático. Durante todos esos años, los presidentes de turno en Colombia entonaron los aires del vallenato ampliando los fuelles del Estado hasta que el mercado internacional dictaminó un nuevo cambio: la caída del petróleo en los 70 sumado a otros fenómenos macro económicos ocurridos en la década siguiente llevaron a expertos a sugerir medidas de corte neoliberal como la reducción del gasto público. Una “nueva ola“ de intérpretes presidenciales (desde César Gaviria en adelante) volvieron a entonar las notas del Estado con el fuelle cerrado. Estos nuevos juglares luciendo un frac ajustado al Consenso de Washington, suprimieron y fusionaron entidades públicas buscando de paso eliminar la corrupción estatal que se había disparado a lo largo y ancho del país.
Hoy, treinta años después de haber experimentado cambios en la prestación de bienes y servicios bajo las formas neoliberales (algunos positivos y otros no), el gobierno cree que llegó la hora de hacer un giro. Las propuestas presentadas por los integrantes del conjunto vallenato presidencial en la tarima del Congreso durante las últimas legislaturas muestran claramente un deseo de control estatal en asuntos que se consideran neurálgicos para el presente gobierno: salud, pensión, empleo, etc. La tarea no es fácil pero ya empezó: según cifras reveladas por el Departamento Administrativo de la Función Pública, en agosto de 2023 se formalizaron 12.022 cargos públicos, muchos de los cuales eran espacios ocupados por contratistas, es decir por particulares que se habían vinculado al sector público desde los años noventa. La meta del gobierno según el DAFP es formalizar 100.000 empleos en el cuatrienio, lo cual, si se logra, mostraría una nueva versión de la expansión del fuelle estatal a cargo del presidente Gustavo Petro, quien, como Francisco El Hombre, muy seguramente seguirá combatiendo en tarima a un diablo al que denomina neoliberalismo.

