
Haciendo el recorrido de El Carmen de Bolívar hasta Zambrano para escuchar el canto y ver el vuelo de «El Mochuelo»/Museo Itinerante de la Memoria y la Identidad de los Montes de María/, se me alborotaron los recuerdos. Esa distancia la recorría con mi padre cuando era casi un camino de herradura, y nunca sabíamos el tiempo que duraría la aventura. Hoy el trayecto está pavimentado pero bastante deteriorado y con algunos amagos de doble calzada, que testimonian varias maquinarias amarillas que a la hora en que pasamos, están detenidas y fuera de trabajo, aunque no es aún la hora del almuerzo.
Vamos en el automóvil de Daniel Rivera, estudiante de la maestría en Estudios de Paz y Resolución de Conflictos de una prestigiosa universidad de Bogotá que hace prácticas en el FAMMA/Festival Audiovisual de los Montes de María, y cuya familia es cartagenera. Maneja con pericia, esquiva los huecos de la carretera sin bajar la velocidad porque se los conoce de memoria, y se muestra interesado en escuchar la historia de la canción «El baile de la pluma», escenificada en la casa del «Pato Rafael» cuando Zambrano era uno de los puerto del río Magdalena con mayor movimiento de pasajeros que se movilizaban en los barcos a vapor.
En un poco más de media hora, después de recordar las atrocidades que actores armados cometieron en estos territorios durante el conflicto que ahora se quiere dejar en el pasado, llegamos a Zambrano. Abandonamos la carretera que sigue hacia el puente que atraviesa el río y lleva al municipio de Plato/Magdalena/, y doblamos a la derecha. En un abrir y cerrar de ojos llegamos al Centro de Integración Ciudadana /CIC/, lugar en donde está «El Mochuelo». Las emociones se multiplican.
Atravesamos un gran portón, y en efecto, ahí está. Es una estructura rectangular /simbología de un rancho campesino/construida con madera recia de pino fino curada, de 18 metros de largo por 12 de ancho y seis de altura, colocada de forma vertical y con espacios suficiente para que entre el viento. Pesa 35 toneladas y para llevarla de un lugar a otro se deben utilizar cuatro camiones. Si su exterior impacta, su interior sobrecoge. Para acceder se debe subir por una rampa y de inmediato se entra a un mundo extraordinario.

«El Mochuelo» muestra el horror de la guerra y la resistencia comunitaria
De manera circular, en las entrañas de «El Mochuelo», semejando un rollo de película que avanza sin fin, van apareciendo una tras otra las muchas narrativas de las comunidades que sufrieron los rigores del conflicto armado que se apoderó de Montes de María durante más de tres décadas, dejando un manto de dolor y sufrimiento, muerte, miedo y desolación en un territorio que respiraba paz y cuyos moradores habían sido por siempre gente laboriosa, alegre y despreocupada. Fue una guerra impuesta desde otros ámbitos y cuyas consecuencias aún pueden verse en las dudas que persisten, en los miedos profundos que rememoran la barbarie, en los recuerdos que no se borran, en las atrocidades que no permiten tener un sueño tranquilo ni esperanzas completas. Según el Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica, entre 1985 y 2017 en Montes de María se registraron 3.197 asesinatos selectivos, un total de 117 masacres y 1.385 personas permanecen como desaparecidas.
En el centro/corazón de «El Mochuelo» está el Árbol de la Memoria, que rinde tributo eterno a hombres y mujeres que fueron sacrificados durante el conflicto armado. «Su legado es semilla de esperanza y de paz para las nuevas generaciones que hoy entienden que la guerra no nos puede seguir arrebatando los sueños», se puede leer en el tronco del árbol, cuyas hojas son tarjetas blancas que testimonian unas 800 muertes de las más de 3.000 que se dieron durante el conflicto.

Todas las historias de dolor y sufrimiento están narradas en «El Mochuelo», utilizando videos, fotografías dibujos, escritos y testimonios valerosos de quienes vivieron en carne propia la barbarie y lograron salvar sus vidas.
También están las historias de líderes y lideresas que dedicaron la vida a luchar por sus comunidades, que van desde el río Magdalena hasta el mar Caribe. Con entereza, lograron revivir las tradiciones culturales de la identidad montemariana, y recogieron el anhelo de ser comunidades de paz.

«El Mochuelo» también es catarsis. Porque al lado de los tormentos padecidos y ahí narrados, están las luchas que se dieron y se siguen dando desde los territorios para vencer el miedo, enfrentar la adversidad, materializar resistencia, contribuir a la reconciliación y la paz. «El Mochuelo» es historia viva. Es sumergirse en lo más profundo de una tragedia y salir del otro lado honrando la memoria de los caídos, de los muchos sacrificados, buscando limpiar de alguna manera de las mentes de los vivos el recuerdo del ultraje, el abuso, las muchas formas de las violencias que soportaron y que hoy exorcizan con el milagro de la palabra, del relato, del trabajo en colectivo por lograr nuevas y esperanzadoras realidades en los territorios. Para no permitir la repetición de la guerra.
«El Mochuelo» surgió de una pregunta:¿Para qué recordar? La Corporación Colectiva de Comunicaciones Montes de María Línea 21 /CCMMaL21/, cuya génesis data de 1994 cuando comenzó una larga lucha contra el conflicto armado que se regó por el territorio, buscó formas de resistencia pacífica a través de la palabra y la imagen, imponiéndose un gran reto: hacer todo lo humanamente posible para que la memoria no muriera y sirviera para abrir caminos de paz y reconciliación. Buscó los apoyos nacionales, académicos y de cooperación internacional básicos y necesarios para poner en marcha un Museo Itinerante de la Memoria Montemariana. Se crearon en 2008 los Colectivos de Narradores y Narradoras de la Memoria a través de los cuales se empezó a tejer y circular la palabra como derecho fundamental. «Necesitábamos romper con la palabra el silencio que nos habían impuesto actores armados», dice Soraya Bayuelo, motor del colectivo.

En su esperanzador vuelo «El Mochuelo» ha recibido numerosos reconocimientos y premios. Es el único museo de Colombia incluido en los sitios de Memoria y defensa de DDHH dentro de este programa de la UNESCO, y en 2020 la empresa que lo diseñó y ganó la licitación para construirlo /AEU Arquitectos/, obtuvo el Premio Dicken Castro Duque en la categoría de Arquitectura Efímera y de Interiores, en la Bienal de Arquitectura y Urbanismo de Colombia. Los últimos honores: El Instituto de Cultura y Turismo de Bolívar /ICUTUR/ le otorgó el Premio en la Convocatoria de Estímulos 2023, modalidad de Museos, y La Universidad de Leicester /Inglaterra/, le dio en los últimos días el Premio Internacional al Museo Activista de ese centro académico.
El Premio Museo Activista es la visión de Robert R. Janes en reconocimiento al trabajo pionero de Richard Sandell en el campo de los museos y la justicia social. Su objetivo es fomentar, inspirar y respaldar el trabajo activista en museos de manera similar en la comunidad de museos del Reino Unido. Este premio fue posible gracias a una donación de Robert R. Janes.
Antes de posarse en Zambrano, «El Mochuelo», voló e instaló su nido en el Museo Nacional de Colombia /Bogotá/, donde recibió la visita de más de 600 mil personas que tuvieron la oportunidad de ver y escuchar las historias conmovedoras ocurridas en Montes de María «por desgracia de la guerra».
Fotografías de este informe: Eduardo García Martínez

