
Por su impresionante historia de siglos, heroicidad, monumentalidad, cultura popular, topografía, islas, mar apacible, Centro Histórico bien conservado, hermosos amaneceres y atardeceres, y una infraestructura hotelera y de convenciones bien instalada, Cartagena ha gozado de buena imagen por mucho tiempo, lo que es importante por su condición de destino turístico.
La imagen turística está relacionada de manera directa con el grado de satisfacción, la experiencia ganada, la calidad de lo ofrecido al visitante. La promoción del destino debe guardar armonía entre lo planteado como oferta y la realidad de lo que el turista encuentra al materializar su presencia en la ciudad, el lugar, el país que escoge para invertir su dinero en disfrute y complacencia.
Si esa realidad hallada no encaja en lo comprado de antemano en una agencia de viajes, o decidido a motu propio luego de una adecuada promoción de destino o comentario escuchado, leído o visto en un medio de comunicación tradicional o vía internet, el choque producido se convertirá en frustración. Y un turista frustrado lo más seguro es que no regrese al destino que lo sedujo y luego lo defraudó. Nunca se debe olvidar aquella afortunada frase publicitaria: turista satisfecho trae más turistas.

Es tal la fuerza de Cartagena como ciudad encantadora, evocadora y de atracción irresistible, que ha salido avante de episodios que la habrían abatido si no tuviera de soporte un halo de grandeza que la hace casi irreal. Pero «no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista», dice el refrán, y esa máxima debe guiar el camino de la corrección de tantos errores y hechos de negación.
Destino amenazado
No es posible que la permisividad guíe el camino de la ciudad, porque es ir al despeñadero. Sin autoridad cierta y apoyo ciudadano, gremial, empresarial, académico, comunal, comunicacional, todo se irá por la borda. Está sucediendo, lo vemos, lo criticamos por encima, pero luego entramos en estado de conformidad y pronto lo olvidamos.
La inseguridad y la violencia arropa ya a toda la ciudad, y tanto el nativo como el visitante están expuestos al accionar de los delincuentes. Los dos últimos casos son alarmantes: el asesinato de un turista gringo en Marbella durante un atraco, y el asalto a dos turistas igualmente extranjeros que iban en taxi al cerro de la Popa. Eso es gravísimo y exige que se termine la política de la «vista gorda» de la alcaldía, la policía y los entes de control.
Lo anterior se suma al vandalismo, el abuso, los atropellos que se apoderaron de Playa Blanca y otros lugares de recreo en la zona insular, y de la vergüenza en que se ha convertido el Centro Histórico, con prostitución de menores, robos, drogadicción, escándalos, basuras, atropello al turista y a los propios cartageneros.
Personalmente creo que Cartagena está comprometiendo de manera cada vez más seria su condición de destino turístico, lo que exige un viraje completo en la conducción de la ciudad, y un compromiso muy serio y decidido de todos los actores con directa injerencia en la industria del turismo. La situación es delicada y no se puede mirar «con los ojos cerrados», como ha sido costumbre en la ciudad cuando de negar la realidad se ha tratado.

El nuevo alcalde de Cartagena tiene que tomar el toro por los cuernos, lo cual significa que debe tener carácter para enfrentar los problemas que desfavorecen la buena marcha de la ciudad y amenazan con vencerla haciéndola menos competitiva en materia turística, por insegura, abusadora, sucia, informal. La tarea es dura y exige mentes despejadas, que unifiquen y estén dispuestas al trabajo mancomunad para lograr la recuperación de la confianza, el liderazgo, la gobernabilidad, y trazar la ruta en búsqueda del bienestar de todos los cartageneros. Y por supuesto, brindar a los visitantes una ciudad segura, tranquila, limpia y hermosa para disfrutar. Cartagena necesita exhibir siempre una buena imagen. La de ahora luce desdibujada.


Apreciado Eduardo García, director y editor de La Plaza, en buena hora, la mirada crítica sobre lo que sucede en Cartagena, en materia de inseguridad, abusos a propios y visitantes ; medioambiente( en rojo, los caños, son un vertedero de escombros y basuras); y como bien lo indicas, la ciudad Patrimonio Histórico de la Humanidad, está sucia. He visto el trabajo de Veolia para erradicar los basureros satelites, pero no hay conciencia ciudadana.
¿Quién controla a los que arrojan escombros, muebles y pedazos de nevera en los caños?
En ese aspecto,no se ve el actuar de las autoridades ambientales.
Se requiere construcción de ciudadanía, ciudadanos que amen su ciudad.
El proximo 29 de octubre, los ciudadanos tendrán otra oportunidad de elegir a conciencia, sin dejarse tentar . El verdadero acto democrático, el más individual es el de saber elegir en las urnas.
Gracias, apreciado Eduardo por esta plaza donde nadie se grita, donde impera el respeto.
Y sopla una la brisa del Caribe, para recordarnos que en nuestras manos, también está el destino de Cartagena y de sus próximas generaciones.