
Después de un implacable sitio que se prolongó por 105 días /24 de agosto-6 de diciembre de 1815/, el militar y marino español Pablo Morillo tomó a Cartagena como su mayor tesoro, quedando alelado por el estado de deterioro en que encontró a la ciudad y a quienes habían resistido el asedio de casi cuatro meses, durante los cuales la muerte era casi un castigo menor al dolor y el sacrificio que implicaba seguir con vida en un ambiente de zozobra, donde imperaba el hambre, la sed, el miedo creciente, la desesperanza.
Era este sin duda el mayor sacrificio de cuantos había sufrido la ciudad en más de tres siglos de vida, en los que enfrentó ataques piratas y corsarios y tuvo que pagar por haberse convertido en un puerto importante para el comercio ultramarino y centro de acopio de las riquezas que del Nuevo Mundo se enviaban al reino de España.

En 1810 Cartagena inició el proceso definitivo de su independencia y el 11 de noviembre de 1811 lo selló al proclamarse libre de forma absoluta y para siempre. En 1812 dio a conocer la constitución que regiría su nuevo destino, pero la ilusión duró menos de tres años. España no estaba dispuesta a dejar que los territorios que había ocupado por algo más de 300 años, se les fueran de las manos. La Nueva Granada y Venezuela deberían entrar al redil.
Los movimientos libertarios en los territorios americanos se habían facilitado con la invasión del emperador Napoleón a España, pero una vez restablecido el poder en manos del rey Fernando, VII se buscó la reconquista ultramarina. Se armó una poderosa expedición para someter a las provincias que se habían atrevido a enfrentar al monarca y se puso al mando de un militar de carrera que brillaba en los ejércitos de la monarquía: Pablo Morillo. El 17 de febrero de 1815 la flota de Morillo compuesta por numerosas naves de guerra zarpó con 15.000 soldados y suficiente pertrecho para la cruzada que se sabía esencial para los intereses de la corona. La estrategia era llegar primero a Venezuela y de ahí seguir a Cartagena, desarrollando una campaña envolvente que terminara en Santafé después de vencer la resistencia de los puertos fluviales de La Dorada y Puerto Salgar.

Cuatro meses de horror
El 4 de agosto de 1815 Morillo asomó sus narices en Cartagena. Como gran estratega estudió con detenimiento el territorio y decidió establecer su cuartel general en las lomas de Turbaco, exactamente en la zona conocida como Torrecilla. Desde allí tenía una vista completa de la ciudad de piedra, a la que con frecuencia atacaba para medir fuerzas, mientras le bloqueaba sus entradas de avituallamiento, armas y municiones.
A medida que pasaban los días la situación se hacía más difícil en Cartagena, cuyos moradores no podían recibir alimentos, en tanto que el agua de consumo humano se agotaba en los aljibes. También los pertrechos militares finiquitaban su existencia y día con día se sentía en toda su crudeza el asedio que obligaba al sacrificio permanente. Dentro de la ciudad sitiada y por fuera de ella, se buscaban maneras de vencer las tenazas impuestas por Morillo.
Una de esas maneras la puso en práctica una hermosa joven oriunda de Turbaco, quién buscó con astucia vencer las rígidas medidas de control de Morillo, moviéndose en las propias narices del español.
Eugenia Arrázola sobrepasaba apenas los 20 años cuando entró a la gloria y abandonó la vida. Hija de un hacendado que la tuvo fuera del matrimonio, disfrutaba de las faenas del campo y a caballo arreaba el ganado de una parte a otra en los hermosos territorios de su comarca. Cantos de libertad adornaban su juventud y no dudó un instante en ponerlos al servicio de quienes al interior de la ciudad amurallada languidecían ante el Sitio del «Pacificador» Pablo Morillo.
Por la cercanía de su morada a la zona de Torrecilla donde Morillo había levantado su cuartel general, Eugenia sabía del movimiento de sus tropas y los senderos por donde se movían. Simulando faenas diarias con el ganado, acompañada de un fiel peón, hacía recorridos de observación y mandaba informes a los jefes rebeldes en Cartagena. El día de su mala suerte se encontró con un piquete de militares españoles que le exigieron una requisa a lo que la joven se opuso, pero al final no tuvo alternativa distinta a permitirla. Se le encontró la información que la comprometía de manera grave, pero le dieron oportunidad de salvar su vida. El propio Morillo le ofreció indultarla si delataba a sus contactos y se pasara al bando español. Eugenia rechazó todas las propuestas y el «Pacificador» dio la orden de fusilarla de inmediato. Nacía así una de las heroínas que brotaron de las gestas libertarias de Cartagena.
Morillo no tuvo descanso hasta someter a Cartagena y el 6 de diciembre de 1815 logró tomarla por completo, después de diezmar la tercera parte de su población que luchó hasta el sacrificio antes que entregarse. Cuando sus ojos vieron lo que había quedado de los cartageneros sobrevivientes, que le habían enfrentado con ardor y andaban en los huesos por el hambre padecida, no tuvo piedad. Por el contrario, buscó a sus líderes, confiscó sus bienes, los sometió a nuevos tormentos y pasó por las armas a los más comprometidos con los postulados de la independencia. Sin embargo, algunos de ellos habían logrado escapar en bergantines rumbo a las islas del gran Caribe. A raíz de esta inusitada resistencia Cartagena recibió el título de Ciudad Heroica.

Morillo restableció el mandato de obediencia al rey de España y la autoridad de la Santa Inquisición, consolidando el período conocido como la Reconquista Española, que se extendió hasta el 4 de junio de 1821, cuando el héroe naval José Prudencia Padilla /nacido en Riohacha-La Guajira/ venció a la flota ibérica en la bahía de Cartagena, en una gesta imborrable conocida como la Noche de San Juan. La suerte de Cartagena cambió, pero otros padecimientos sobrevendrían en lo que quedaba del siglo XIX. Pobre y abatida hasta los cimientos, el decimonónico se convirtió en otra gran prueba de resistencia para la ciudad de la ilusión.

