
Escribir sobre la traición puede resultar no solo aburrido sino inane pues los actos de traición ocurren a diario, en el amor, en la política, en la familia. Sin embargo, este mes de marzo, coinciden varios eventos que tienen a la traición como un común denominador y a algunos de sus protagonistas en el noveno circulo del infierno descrito por Dante.
Este año, en el epilogo del mes de marzo la religión cristiana celebra uno de los acontecimientos más conocidos en la historia: la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Si bien en las escrituras se describen cada uno de estos episodios, lo cierto es que Judas y su beso a Jesús se convirtieron en el acto de traición más recordado por la humanidad.
Antes de la era cristiana otro acto de traición ocurrido en Roma, durante el mes de marzo del año 44 a cargo de Bruto, Casio y otros senadores quienes mediante engaño condujeron al emperador y dictador Julio Cesar a un recinto cerrado para luego atentar contra su vida.
En la época de la conquista hispanoamericana encontramos un acontecimiento ocurrido el 15 de marzo de 1519 fecha en la que Malinche, una indígena comenzaría su calvario al ser entregada como botín de guerra al ejército del conquistador Hernán Cortes. Años después Malinche sería tachada como traidora por permitir y ayudar el sometimiento de los nativos al yugo español.

Un 31 de marzo de 1995 y luego de una discusión, Selena Quintanilla, una reconocida cantante de origen latino fue asesinada a manos de Yolanda Saldívar, su amiga, presidenta del club de fans y administradora de varios de sus negocios.
Sin embargo, un último y reciente acto de traición expreso, escrito y confeso, hace que merezca un sitial especial en la lista del mes de marzo. El 6 de marzo de 2024, el día que cumpliría años su padre (tal vez para honrarlo y a la vez pedirle perdón) los hijos del nobel Gabriel García Márquez decidieron hacer público su acto de traición en el prólogo de la novela póstuma llamada En agosto nos vemos; allí expresamente y con algo de pudor los herederos de la pluma dorada manifiestan: “En un acto de traición, decidimos anteponer el placer de sus lectores a todas las demás consideraciones. Si ellos lo celebran, es posible que Gabo nos perdone…”.

En el predicho prólogo, Rodrigo y Gonzalo García Barcha, hijos del nobel y su editor deciden correr tal vez el riesgo más grande de sus vidas, y de paso el riesgo de afectar la imagen de Gabo, al exponer públicamente una obra sobre la cual su autor había previamente sentenciado: “Este libro no sirve. Hay que destruirlo”.
Un dilema irrevocable había llegado a sus manos: publicar o no publicar; esa era la cuestión; el asunto no debía ser sencillo, pues era como desatender una orden testamentaria, debiendo asumir con ello no solo la culpa sino un posible engaño a la memoria del testador. La publicación póstuma no enfrentaría mayores complejidades si el autor en vida hubiese consentido, aprobado o mostrado indicios hacia su publicación; pero no fue así, por el contrario, el nobel fue contundente ordenando destruir la obra.
Imagino las acaloradas discusiones que tuvieron sus herederos, amigos y editores en los patios de casonas de época al compás de una mecedora infinita empujada por la memoria de Gabo; imagino los trasnochos sumergidos en vasos de whiskey, las hamacas trinando entre columnas de madera rojiza y cientos de mariposas amarillas usadas como resaltadores en las viejas copias del texto original.
Creo que la crítica más férrea no se centra en la publicación póstuma sino en la desobediencia al autor, pues pensaría que es normal como ya ha ocurrido, que herederos de reconocidos escritores, pintores, escultores, compositores, compartan públicamente las obras inéditas e inconclusas de sus parientes, como un acto para rubricar su leyenda y por qué no para recibir ganancias en su memoria.

Como aficionado a la lectura y después de haber leído algunas obras de Gabriel García Márquez, debo confesar que esta última no pude soltarla; minutos después de haberla iniciado quise meterla en la nevera como un postre al que uno resiste acabarse de un tajo, pero no pude, la retomé y la devoré. Quería saber si Ana Magdalena volvía a la isla cada año solo para visitar la tumba de su madre. En agosto nos vemos volví a toparme con la nostalgia que trae la lluvia, el misterio que envuelve el matrimonio y la muerte, la soledad de los amantes, las flores, el calor y el secreto que guardan los hoteles.
Si al final, los lectores pudiésemos ser los jueces del presente acto de traición, creo que, en mi sentencia, no solo absolvería de toda culpa a los hijos del nobel, sino que, además, declararía esta traición como un acto sublime y necesario.
Guarrú: Otros lectores por el contrario expresan que esa traición no existe, que Gabo culminó su libro en el más allá y que luego lo dejó en el portón de su última morada en Macondo, expósito, listo para empastar y publicar.
Al fin y al cabo, estamos hablando del patriarca del realismo mágico.

