"Soraya Bayuelo Castellar, Comunicadora Social, Periodista, Gestora Cultural y Directora del FAMMA -Festival Audiovisual de los Montes de María-, nos sumerge hoy, con este texto encendido, en el doloroso mundo de la violencia que sacudió /y aun sacude/ a su tierra, El Carmen de Bolívar y los Montes de María. En resistencia permanente, es una voz autorizada en busca de la concordia que hace falta para vivir en paz en aquella hermosa comarca que le apuesta al canto orientador del mochuelo, con perdón, sin olvido".
Soraya Bayuelo Castellar

¿Cómo olvidar, por qué sanar, para qué recordar? Hace veinticinco años, un 18 de agosto del año 2000, la vida nos fue arrancada de manera brutal. Tres niñas —mi sobrina María Angélica, junto a Ingrith Johana y María Claudia (de Ovejas, Sucre)— cayeron bajo el fuego de la guerra absurda en El Carmen de Bolívar, corazón de los Montes de María. Una bomba incendiaria, puesta por la columna Manuela Beltrán del frente 37 de las FARC en la Ferretería Santander, negocio del comerciante santandereano Roque Núñez —quien también había sido víctima de extorsión y atentados—, estalló justo cuando las tres niñas pasaban en su moto.

Era la época en que nos obligaban a recogernos a las cinco de la tarde, por la acción conjunta de guerrilla y paramilitares. Ese artefacto convirtió sus cuerpos en llamas, en cenizas, en silencio forzado. Tenían apenas 13 y 14 años. Tenían sueños de futuro, risas de infancia, proyectos de vida. ¿Cómo olvidar? ¿Por qué sanar? ¿Para qué recordar? Recordamos porque seguimos apostando a la VIDA, porque la vida siempre se abre paso. Porque, aunque nos trituren en el molino de la historia, aunque nos atraviese el crisol de la violencia, siempre habrá espigas doradas que broten bajo el sol.

Permanecer en resistencia es dignificar la vida ante los violentos

La siembra, el nacer, el creer y el morir son parte de lo natural; lo que nunca debe ocurrir es que unas manos humanas, guiadas por el odio y la ambición del poder -sean del bando que sean- arrebaten los ciclos sagrados de la vida. Ese día estábamos lejos de casa, desplazadas en Cartagena, huyendo de las balas bajas de aquella época. Huimos sin nada, apenas con sueños y un proceso comunicativo que recién se forjaba desde 1994. En medio de ese exilio interno recibimos la noticia que nos partió para siempre.

El dolor nos reunió en la Clínica Madre Bernarda, junto a medio pueblo desplazado que, como nosotros, había huido de la violencia. Y la solidaridad no se hizo esperar, como siempre y desde siempre: condición del ser de la gente carmera, ovejera y montemariana (gentilicios de los pueblos de las tres niñas asesinadas y calcinadas por las llamas de la bomba incendiaria).

Guerrilla y paramilitarismo pasaron por encima de quienes habían vivido en paz por siempre en los Montes de María

De 1996 a 2010 vivimos la noche más oscura en los Montes de María, en el Caribe colombiano: más de 104 masacres, secuestros, bombas, violaciones sexuales, desplazamientos forzados, pueblos desocupados y convertidos en fantasmas, torturas, desapariciones, asesinatos y capturas extrajudiciales. Miles de hectáreas sembradas de monocultivos de teca, eucalipto amargo y palma de aceite arrasaron con los cultivos de soberanía alimentaria y con las semillas criollas campesinas, indígenas y negras.

Escuelas usadas como campamentos militares y tomadas por todos los actores armados. Crímenes de lesa humanidad que aún hoy siguen impunes y que, en tiempos de elecciones, parecen condenados al olvido. «Fueron años de balas bajas -esas que venían de todos los bandos-, años de plomo y de silencio impuesto. Tiempos en que se mataba una y otra vez a líderes campesinos, maestros, cantadores, mujeres de palabra clara. Tiempos también de violencias sexuales usadas como arma contra mujeres, niñas y contra cuerpos diversos de la comunidad LGTBIQ+, heridas profundas que aún hoy buscan justicia. Fue el largo túnel de la oscuridad entre 1996 y 2010, cuando pareciera que todo se había olvidado, como si nada hubiera pasado, pero la memoria insiste y nos convoca.»

El desplazamiento forzado fue una de las violencias impuestas en Montes de María

Pero aquí seguimos: con cicatrices abiertas, con memorias vivas, con la convicción de que otra historia es posible. Lo escribimos desde la pluma de la comunicación y la gestión cultural, pero también desde el arraigo profundo en este terruño, recordando lo que nuestra madre nos enseñó: —“No odien, porque el que odia es quien se hace daño y se envenena por dentro.” Y así hemos vivido: perdonamos, pero no olvidamos. Sanamos, pero nunca al precio del silencio. Por eso decimos: ¡Nunca más un niño o una niña debe morir por la guerra ni por las violencias cotidianas! Apostamos a la comunicación, a la cultura, a la educación y a los derechos humanos —en especial los de la infancia y la juventud— sin banderas partidistas ni etiquetas, siempre por la vida y por la paz. Me aferro al recuerdo luminoso de mi sobrina. La veo, con su uniforme de cuadros rojos y negros, sentarse en la mesa grande de la abuela materna Blanca Castellar y negarse a comer las lentejas: -“Niña, cómetelas, que están ricas y las hizo tu abuela con amor»-.

Además, si supieras que en países como Cuba no hay qué comer, y menos unas lentejas tan ricas como estas…” -“¡Eso es en Cuba, estamos en Colombia!”, me respondía, pícara y traviesa. Tenía apenas ocho añitos. La escucho también jugando con el viejo teléfono fijo, marcándole en secreto al vecino Nestico, el Cojo Cohen, para hacerlo correr una y otra vez a contestar. Yo la veía desde la ventana, escondida tras las cortinas. Así era ella: chispa, alegría, humor, luz. Hoy, al recordarla, las lágrimas me nublan los ojos, pero me levanto y me sacudo: ¡para adelante! Apostamos a la vida y a la paz, a pesar de todo. Sueño con que en el lugar donde cayeron las Tres Marías se levante un Lugar de la Memoria, como homenaje y reparación simbólica: una Casa de Danza para la Vida, donde los cuerpos de los niños y niñas sean templos sagrados.

Sueño con que en El Carmen de Bolívar y en los Montes de María se reconstruyan barrios como El Prado y los otros doce del sector, que constituyen memoria viva, y que por los deslizamientos de tierra hoy miles de familias no solo son víctimas del conflicto, sino también de los embates de la naturaleza y de la desidia de los gobiernos y entidades del Estado, que no miran con prioridad este problema social y comunitario para restaurar o reubicar una vivienda digna a estos pobladores del Alto Prado y sus alrededores. Sueño con que las escuelas lleven el nombre de los maestros desaparecidos -como el amigo, vecino y poeta Emil Anillo Silgado-; que los caminos rurales permitan al campesino sacar su cosecha con dignidad; que haya acueductos, alcantarillados, cementerios para el reposo digno de nuestros muertos; centros de economías solidarias para nuestras mujeres con los pies en la tierra, cabezas de familia, buscadoras, lideresas defensoras, sobrevivientes de múltiples violencias del conflicto y de la vida cotidiana. Sueño con espacios de cultura que no sean plazas de cemento, sino parques vivos y sembradíos de futuro.

La muerte de María Angélica, Ingrith Johana y María Claudia no debe quedar impune ni en vano. Lo mismo que las más de 3.800 ocurridas en los Montes de María durante esos años. Sus memorias deben ser semilla, soplo y aliento para seguir construyendo una cultura de paz. Rindo homenaje con estas letras, escritas con lágrimas, pero también con firmeza y terquedad. Porque la vida es más fuerte que la muerte, porque la memoria es más fuerte que el olvido.

Abrazo en este día a mi hermana mayor Elena Josefina, a mi cuñado Edilberto, a toda mi familia, y a los padres de Ingrith y María Claudia en Ovejas, que como nosotros sienten de nuevo el filo del recuerdo. Abrazo y agradezco a toda la gente de nuestros pueblos que se solidarizó y aún hoy abraza nuestro dolor, recuerda nuestras pérdidas y las suyas, pero también sueña con vivir en paz y armonía, porque nos lo merecemos. Un 18 de agosto también, pero de 1989, cayó asesinado Luis Carlos Galán Sarmiento en Soacha, Cundinamarca. Otro símbolo de un país atravesado por el fuego. Y entonces nos preguntamos: ¿Cuántos más? ¿Cuánto más silencio y cuánta más sangre? ¿Cuántos más titulares pidiendo unión y ni una víctima más? ¿Cuántas marchas de bandos y bandos? ¿Para cuándo tanta impunidad y complicidades?

Somos muchos interrogantes golpeando en el pensamiento y en la memoria. Pero seguimos. Hoy gritamos, como ayer y como mañana: ¡Basta ya! Que cese el ciclo repetitivo de muerte y desolación. Que la vida, que es sagrada, sea respetada y cultivada desde todos los ángulos y posturas. Seguiremos recordando, sanando, perdonando, pero también exigiendo verdad, reparación y garantías de no repetición. Extendemos de nuevo el perdón y el abrazo a las personas que segaron la vida de mi sobrina María Angélica Roncallo Bayuelo —“Mi Mayi Linda”—; y de mi hermano, Miltón Bayuelo Castellar, el gran “Chichi Bayuelo” (5 de julio de 1998+), caído en la masacre del Mercado Nuevo, esta vez por las balas de los paramilitares y de agentes del Estado: dos luceros que brillan en el infinito del perdón, semillas de paz en la fórmula infalible de: Amor + Amor = AMOR. Sanar es caminar hacia el perdón -que no se decreta, sino que se elige- para abrir paso a la con-ciliación y, ojalá pronto, a la reconciliación colectiva. Y en ese camino, el mochuelo, guardián de la memoria de los Montes de María, sigue volando en círculos sobre nuestras cabezas. Nos recuerda que aun en la noche más oscura siempre hay un canto que nos orienta. Volamos con él, con digna rabia, con terquedad y esperanza, porque apostar a la vida y a la paz es la más grande rebeldía que tenemos en este país herido y con una belleza multicolor irrepetible.

Pese a los destrozos de la guerra, las muertes violentas y la ignominia, en Montes de María se sigue apostando al perdón sin olvido

Nos arrebataron a las Tres Marías. Pero no pudieron arrebatarnos la memoria, ni el derecho a nombrarlas una y otra vez: María Angélica, Ingrith Johana, María Claudia. Aunque después del magnicidio el pueblo y sus amigos las llamaron simplemente las Tres Marías, sus nombres siguen vivos en las calles, en los patios, en las cocinas, en los recreos de los colegios, en los rezos, en las canciones. Y cada vez que los pronunciamos, es como si volvieran a caminar con nosotros. Nuestro oficio, el de narrar y cantar, es nuestra forma de resistencia. Por eso seguimos hablando, contando, cantando la esperanza: Para que ningún niño ni niña vuelva a morir en la guerra.

Carmen de Bolívar

Para que no sean reclutados ni atrapados por las redes del microtráfico. Para que no sean condenados a embarazos tempranos. Que sus armas sean las cámaras y los micrófonos. Que sus trincheras sean las aulas y los escenarios. Que sus batallas sean por ser mejores seres humanos. Que sus sueños sean libres, tan libres como el viento que recorre los Montes de María. Porque, como el canto del mochuelo, que entre más viejo más fino resuena en las noches, así nuestra voz se hace más fuerte con los años, más firme en su convicción de vida y de paz. Y recordamos al maestro Adolfo Pacheco Anillo, cuando nos enseñaba: «Esclavo negro, cantá, entona tu melodía, canta con seguridad como anteriormente hacías cuando tenías libertad en los Montes de María.» Ese canto se vuelve hoy un himno colectivo: para que los niños y niñas bailen, jueguen y dancen libres con el viento; para que la vida siga en movimiento; para que el movimiento sea vida en libertad, sin drogas, sin miedos, sin silencios impuestos. Y así, sobre la tumba de las Tres Marías, dejamos tres flores de girasol: tres soles encendidos, siempre de frente a la vida, siempre de cara a la esperanza.

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