
En 1981, en medio de tensiones políticas, migraciones y transformaciones culturales, una canción nacía en la intimidad de una habitación en Valledupar. No era solo música, era una forma de entender el territorio, la memoria y la identidad. Esta es la historia, y el trasfondo, de “Nació mi poesía”.
El país, pese al ruido, las tensiones y los cambios que lo atravesaban,
era distinto en Valledupar, en una habitación cualquiera. Más quieto. Más íntimo.
Hay canciones que se oyen, y otras que nos recuerdan quiénes somos.
“Nació mi poesía” pertenece a las segundas.
No surgió como un producto musical ni como una apuesta de mercado “kitsch-lirico-rosa”. Fue una necesidad, una emoción que encontró forma en palabras y melodía.
La escena es mínima, una habitación en Valledupar, una hamaca, papel y lápiz, y un hombre intentando entenderse por dentro.
Fernando Dangond había regresado días antes desde Bogotá. Traía consigo una nostalgia concreta, una mujer que se quedaba en la capital, pero también una certeza, el reencuentro con su tierra. No era un regreso indiferente. Volver implicaba reconocerse en lo que permanecía, pero también medir la distancia con lo que había cambiado.
En esa tensión, la canción empezó a tomar forma.

Antes de escribir, tarareó. Dejó que la melodía apareciera primero, como si viniera de un lugar más antiguo que las palabras. Luego, casi sin forzarlas, las frases fueron llegando.
“Nació mi poesía, como las madrugadas en mi pueblo, ardientes, puras y majestuosas…”
Ahí no hay artificio. Hay pertenencia.
Video de Jorge Oñate
Aunque ya no haya casitas de bareque ni manos ofreciendo dulces en la calle, uno puede ver cómo el valle se llena de otras luces, más nuevas, más ajenas.
“Ya no venden arepitas, queques, merengues, chiricana y dulces”, y en esa ausencia se percibe el paso del tiempo, como si algo se hubiera retirado sin hacer ruido. No es solo un cambio material, es una forma de vida que empieza a diluirse.
Pero la misma voz no se queda en la pérdida, “Pero el folclor perdura”.
Y perdura como lo que nace de la tierra, como el arahuaco en la serranía, como el río Cesar corriendo en la memoria, como esa voz antigua, casi primitiva, que todavía nombra lo nuestro y, al nombrarlo, lo sostiene.
En esas líneas no hay solo paisaje. Hay una manera de entender el mundo donde el territorio no es escenario, sino identidad.
En 1981, Dangond obtuvo el primer lugar en el concurso de Canción Vallenata Inédita con este paseo. No era únicamente un reconocimiento artístico, era la validación de una sensibilidad que, aun siendo profundamente local, lograba conectarse con un país en transformación.
El vallenato, para entonces, vivía un momento de cambio. Dejaba atrás la parranda de juglares como único espacio de circulación y comenzaba a insertarse en la lógica de la industria. La grabación discográfica se consolidaba, impulsada desde ciudades como Barranquilla y Medellín, mientras voces como la de Jorge Oñate ampliaban su alcance más allá del ámbito regional. En Valledupar, el Festival de la Leyenda Vallenata se afirmaba como el gran escenario simbólico de esa transición.
Ese cambio no fue solo de escala, sino de lenguaje.

Entre finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, el vallenato empezó a modificar su estructura sonora. El bajo eléctrico, que antes acompañaba sin protagonismo, comenzó a definir el pulso. La sección rítmica adquirió mayor presencia, y con ella una nueva manera de sostener la emoción musical.
Agrupaciones como el Binomio de Oro marcaron ese momento. Bajo la dirección de Israel Romero y la voz de Rafael Orozco, el vallenato incorporó arreglos más elaborados y una sonoridad que dialogaba con otras formas musicales sin desprenderse del acordeón.
No se trataba de abandonar la tradición, sino de ampliarla.
El resultado fue un equilibrio inestable pero fértil…, una música que conservaba su raíz mientras aprendía a habitar otros espacios. Pero como toda travesía en aguas inciertas, el vallenato ha necesitado un faro con el paso de los años. Por eso hoy existe el PEMP, ese Plan Especial de Manejo y Protección que actúa como una carta de navegación indispensable. Una forma de cuidar que el vallenato no se desfigure en el ruido, que no olvide que nació como canto, como palabra dicha al oído y no como grito.
Al mismo tiempo, el país atravesaba un periodo de tensión e incertidumbre. En 1981, Gabriel García Márquez salía de Colombia en medio de amenazas, reflejo de un clima donde la cultura y la vida pública estaban expuestas.
A lo largo de la década, las violencias se expandieron y se transformaron, dejando un rastro más hondo en la vida cotidiana. No eran hechos aislados, eran señales de un país que empezaba a fracturarse.
Las migraciones internas crecían, las ciudades se expandían y lo rural empezaba a ser desplazado como centro simbólico. En ese contexto, la idea de pertenencia dejaba de ser obvia.
La pregunta ya no era solo de dónde se venía, sino dónde se estaba y hacia dónde se iba.
“Nació mi poesía” no responde a esa inquietud desde el discurso ni desde la consigna. Lo hace desde otro lugar, el de la vivencia. Mientras el entorno cambiaba, la canción afirmaba una relación con el territorio que no dependía de las circunstancias.
No niega la transformación, pero tampoco se diluye en ella.
La obra alcanzó proyección nacional en la voz de Jorge Oñate junto al acordeón de Juancho Rois en los primeros años de la década del ochenta. Con el tiempo, nuevas interpretaciones, como la de Peter Manjarrés (2008), confirmaron su permanencia.

Lo que Fernando Dangond construye en “Nació mi poesía” no es solo una evocación personal. Es una forma de organizar la memoria y de darle sentido a la pertenencia.
Porque su fuerza no está en el sonido, sino en lo que dice sin explicarse. En un tiempo que avanza hacia la prisa y el olvido, la canción vuelve a la raíz.
Hay cosas que no cambian, como el origen, la memoria, la forma de sentir.
Por eso sigue viva, porque no pertenece a un momento, sino a una manera de ser.
Y cada vez que suena, más que una canción, deja una certeza, incluso cuando todo cambia, hay algo en nosotros que sigue siendo territorio.
En tiempos de tempestad, volver a esa música es también una forma de resistir el olvido. Como lo recordó Fernando Dangond: “mi meta siempre ha sido construir un imperio de emociones, conmover corazones”. Volver a esa idea es, en el fondo,
Ricardo Arquez Benavides es especialista en derecho administrativo y formado en resolución de conflictos. Ejerce el periodismo investigativo como una forma de explorar las tensiones entre política pública, cultura, minería y energía, con énfasis en sus impactos sobre la democracia, los derechos humanos y el medio ambiente


