
En Santa Cruz de Mompox aparece ahora un hecho que, al menos en el papel, merece atención. Para los días 29 y 30 de abril se anunció una conmemoración que va más allá del protocolo: recorridos patrimoniales, espacios académicos y actividades culturales para reflexionar sobre el valor del patrimonio, el turismo sostenible y el desarrollo.
La iniciativa, respaldada por la UNESCO, la Gobernación de Bolívar a través de ICULTUR, y la CAF, parte de una premisa correcta, entender el patrimonio no como una carga ornamental, sino como un activo estratégico. Eso, en teoría, cambia la conversación. En la práctica, está por verse.
Porque más allá del lenguaje bien intencionado, lo que está en juego no es una celebración, sino la capacidad de hacerse preguntas complejas. Treinta años después de la declaratoria, el riesgo no es el olvido, sino la repetición. Persistir en las mismas formas de gestión, improvisadas, fragmentadas, ajenas a criterios técnicos, equivale a administrar el deterioro sin planeación.

El problema no es nuevo, pero ya no se puede disimular. En Mompox se acumulan señales con edificaciones que ceden, intervenciones sin rigor, torres que envejecen sin respuesta. No son hechos aislados, sino la ausencia de una política coherente. El Plan Especial de Manejo y Protección (PEMP), llamado a ordenar y prevenir, sigue siendo débil o inoperante.
Hay ausencia de evaluación técnica rigurosa, ni inventarios actualizados, el control se diluye, intervenciones que alteran lo original y una pérdida lenta, pero constante, de autenticidad.

Por eso, el valor de este encuentro no está en la agenda ni en los discursos, sino en producir conclusiones verificables. En Mompox urge pasar del diagnóstico a la acción, con ciencia, conocimiento y una gobernanza más abierta.
Conviene decirlo sin rodeos, la declaratoria de la UNESCO no es un reconocimiento para contemplar en vitrinas. Es un compromiso exigente con la historia, con la ciudadanía y con las generaciones futuras. Convertirla en un simple motivo de conmemoración sería, en el mejor de los casos, una omisión. En el peor, una forma elegante de aplazar lo inevitable.

De modo que el verdadero sentido de estas jornadas no está en recordar lo que ocurrió hace treinta años, sino en definir qué se va a hacer a partir de ahora. Porque en materia de patrimonio, como en tantas otras cosas, el tiempo no perdona la indiferencia.
Mompox, el tiempo cambió, la procesión no avanza
La aspiración de consolidar a Mompox como un destino de turismo religioso-cultural, en el sentido más profundo de la palabra y de talla mundial, porque la Semana Santa es, ante todo, una manifestación de esencia cultural y no un simple rito parroquial, se estrella hoy contra el caos de la improvisación que ha venido imperando. Empujones, gritos y reuniones repetidas entre las mismas personas evidencian un estilo de organización deficiente, con riesgos cada vez mayores.
Aqui ocurre algo inquietante, mientras el turismo redefine sus reglas, el Plan de Desarrollo Turístico local sigue esperando turno, como si el futuro no tuviera urgencia.
Se ha tenido una ausencia de ruta que articule desarrollo territorial, política cultural y turismo. Cada pieza avanza por su lado, sin conexión, y con ello se pierde no solo coordinación, sino sentido.
En ese contexto, la “competitividad” termina sonando más a propaganda que a propósito, porque sin dirección técnica ni respeto por la planeación, el problema ya no es el atraso, sino la costumbre de improvisar.
Y en medio de ese desorden, con empujones, improvisaciones, sin evaluación y tensiones que se repiten, se proclama el valor de lo colectivo, pero se actúa sin lógica común.
Aquí no basta con decir que es una ciudad de calles tradicionales. Ni siquiera el prestigio de la Semana Santa de Mompox ha logrado escapar a un mal más hondo, el tiempo cambia, pero las actitudes no.

Los reflejos que no cambian
Lo que ocurre con el Plan Especial de Salvaguardia (PES) sin avances, es la señal más clara de la crisis. El PES no es un trámite simple. Es la carta de navegación para que la tradición no se desgaste entre el descuido y el anacronismo.
A esto se suma un fenómeno que parece menor, pero no lo es: prácticas como la entrega de dádivas para que la procesión se detenga o permanezca marchando frente a una casa o en un sector determinado no deben normalizarse. No es un detalle anecdótico. Distorsiona su sentido colectivo e introduce una lógica donde el interés particular pesa más que el común.
Cuando la celebración, que es cultural, y cede ante esas prácticas, deja de ser de todos y empieza a destruirse, perdiendo con ello parte de su esencia.
Corposanta: un modelo en el siglo equivocado
Se sigue intentando, año tras año, conducir una festividad del siglo XXI con un modelo que aún respira las lógicas del pasado. El estudio de sostenibilidad de Corposanta (2020–2023) no fue un ejercicio decorativo, era una hoja de ruta. Pero se insiste, con una terquedad inquietante, en sostener una estructura ambigua, expuesta a riesgos jurídicos y propensa a repetir los mismos errores.
Corposanta empieza a sentirse como un freno. Se instala la idea de que algo puede fallar, y en Mompox esas intuiciones rara vez se equivocan, el riesgo sigue pasando, las tensiones siguen latentes, y cuando lo improbable se vuelve costumbre, suele ser que ocurra otra vez.
En la Semana Santa de Mompox, hay una puesta en escena de talla mundial, pero el orden, el reconocimiento y la seguridad jurídica se diluyen en el conflicto interno.
Reflexión final
Este escrito busca sumar voluntades. Propone una crítica sin estridencias, lejos de ese reflejo fácil de incomodarse o reaccionar con furia. Porque también existe una forma silenciosa de torpeza, la que se niega a sí misma cuando evita la participación y prefiere no cambiar.

Y, sin embargo, en Mompox se percibe otra cosa: hay criterio, hay gente capaz, hay inteligencia suficiente. Lo que falta no es talento, sino la decisión de ponerlo a funcionar.
¿Seguiremos siendo ese pueblo que mira pasar la historia desde la mecedora, o nos atreveremos, por fin, a empujarla?
La guinda del pastel: ojalá el próximo Festival de Jazz, promovido con excelencia por la Gobernación, aproveche el momento para honrar la memoria y exaltar el legado del gran acordeonero mompoxino Joche Zuluaga, que en paz descanse.

La Semana Santa de Mompox debe dejar de ser un campo de batalla de vanidades para volver a ser el refugio de una identidad compartida. Porque si el tiempo ya cambió y nosotros seguimos habitando las mismas sombras, llegará el día inevitable y triste en que la procesión salga… y ya no haya nadie esperándola en la esquina.
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