"El docente investigador y profundo conocedor de la historia cartagenera y del gran Caribe, Sergio Paolo Solano, examina las dinámicas sociales, culturales y laborales en la vida urbana de las ciudades puertos, deteniéndose en el caso de Cartagena. La Plaza recomienda la lectura de este interesante e importante texto".
Sergio Paolo Solano

En comparación con las ciudades mediterráneas organizadas en torno a la plaza central, las ciudades portuarias poseyeron una dualidad entre ese espacio como sitio de residencia de los notables, las autoridades civiles y eclesiásticas, y en consecuencia de control social, y la plaza portuaria caracterizada por su polifuncionalidad. Ese protagonismo del puerto en la vida urbana se debió a la diversidad de actividades que contenía, pues era espacio de trabajo, de intercambio cultural, plaza de mercado, sitio de diversión y de ocio. Esto marcó a la sociedad de los puertos pues determinó unas dinámicas sociales, culturales, laborales distintas a las escenificadas en las ciudades mediterráneas.

Esta diversidad de funciones se expresó en la acción de múltiples actores sociales. Por eso, a diferencia de la plaza central construida desde arriba y controlada por las autoridades, las elites y la iglesia, el mundo portuario se hizo de manera inversa. Esto relegó a la plaza central a la sola función simbólica del poder, y aunque en determinadas circunstancias podía constituirse en área de desorden en razón de las fiestas y protestas, éstas solo eran momentos excepcionales.

Mercado público de Cartagena

Esa característica del espacio portuario es palpable en el caso de Cartagena de Indias, ciudad que se formó alrededor de la Plaza de La Mar (de la Aduana) la que articuló un cordón de plazas con funciones diversas (de la Yerba, Carnicería y Matadero), que se prolongaban hacia la playa del Arsenal, área en la que se establecieron talleres, careneros, astilleros, pulperías y cantinas. Entre la Boca del Puente (Torre del Reloj) y la bahía de Las Ánimas (Muelle de los Pegasos) se creó espontáneamente un sitio de mercado público. Es fácil imaginar lo que sucedía en estos sitios. Alrededor de las embarcaciones se arremolinaban vivanderas, tenderos y pregoneras para adquirir los productos para la reventa, como también jornaleros (luego llamados “braceros”) ofreciendo sus servicios para transportar las cargas; carretilleros y cocheros nunca faltaban.

Adquiridas las provisiones desde muy tempranas horas y aprovechando el fresco de la mañana, los vivanderos instalaban sus toldas, las barracas y tiendas abrían sus puertas y el público afluía en medio de un ambiente festivo. En esos espacios abiertos se confundían marineros, bogas, pescadores, navegantes fluviales, pequeños, medianos y grandes comerciantes, comisionistas, vivanderos, jornaleros, braceros, artesanos, vagos y prostitutas. Eran espacios propicios para que en sus alrededores surgieran establecimientos de diversión, lo que se facilitaba mucho más en los puertos del siglo XIX carentes de obras de infraestructura y formados espontáneamente donde las condiciones naturales lo toleraban.

Plaza de la carnicería

Sin embargo, el espacio portuario también era el más grande lugar de trabajo. Al igual que su relación con el mercado, los talleres y astilleros que atendían las necesidades de las embarcaciones formaban con el puerto una sola entidad. En Cartagena se construyó un carenero en el último cuarto del siglo XVIII, y en 1768 un pequeño muelle en el sector de La Machina con tres filas de cubos de mampostería de 4 metros cuadrados. Lo usual es que desde mucho tiempo atrás la tradición había habilitado las playas del Arsenal (sector del barrio Getsemaní que da hacia la bahía de Las Ánimas) como sitio para la construcción y reparación de embarcaciones menores. Allí se formó una amplia tradición artesanal ligada al barrio de Getsemaní, cuya inmediatez a la zona portuaria lo convirtió en epicentro de talleres y en sitio de pequeños y medianos astilleros improvisados en las orillas por maestros de riberas, herreros, calafates, quienes con sus actividades impregnaban el ambiente con el olor de la estopa y el alquitrán.

El pequeño comercio y las vivanderas

En el último escalón del tráfico mercantil estaban las vivanderas, vendedoras directas de los productos que cosechaban y criaban o revendedoras que en ambos casos ejercían el comercio al menudeo y de manera informal, es decir, sin tienda fija. Algunas se instalaban en los sitios de las plazas que habían habilitado para ello, y/o se desplazaban por las calles de la ciudad. Las instaladas improvisaron y habilitaron algunos espacios y su continuo uso daba una especie de posesión consagrada por el derecho de la costumbre. Desde el siglo XVII habían habilitado una estrecha franja de tierra situada entre la carnicería y la muralla, espacio conocido con el nombre de Plaza de las Negras. Entre 1786 y 1789 se reconstruyó la casa de la Carnicería la que albergaba a vendedores de carnes de res y cerdo.

Boca del Puente con el caño de San Anastasio en primer plano

En las afuera de esa casa también se ubicaban tablajeros y revendones de bastimentos. Otro espacio que ayudaron a habilitar para el comercio diario fue la franja de tierra que unió a las islas que formaron el recinto fortificado (Calamarí y Getsemaní). Así se originó parte de lo que después se conoció como el Camellón del Puente (actual Camellón de los Mártires). Esa franja de tierra, resguardada por los sistemas fortificados de la ciudad y situada al costado del muelle de la Contaduría, y, por tanto, en principio fácil de controlar, se convirtió en sitio de atraque de las embarcaciones menores que desde el Sinú y el Canal del Dique traían el abasto para los habitantes de la ciudad. Esto estimuló el surgimiento de bodegas y de pequeñas tiendas, y al mismo tiempo atrajo a las vivanderas que se proveían de los alimentos que luego expendían.

Algunas vivanderas eran revendonas independientes; pero otras eran esclavas y sus amos las dedicaban a la venta pública, como lo muestra un largo pleito de 1761 entre el procurador general de la ciudad y los regidores diputados de abasto, por un lado, y el alcalde ordinario de la ciudad, al que se le acusó de practicar la regatonería con los despojos (vísceras) de los animales sacrificados, y de emplear a una esclava para la venta de esas carnes.

En distintas ocasiones las autoridades intentaron poner en orden las distintas actividades que ahí se realizaban. En 1765 la administración del Lazareto solicitó a las autoridades de la ciudad se le permitiera construir casas bajas para arrendarlos y así contar con algunos ingresos. En el censo de 1777 del barrio de Getsemaní registra la presencia de esos locales y bodegas bajo el nombre de “Cejas de las tiendas del puente”. Para 1782 aparecen el “tendal del puente” y el Portal del Puente. Y en el bando de buen gobierno de 1785 se convoca a “los pulperos de las casillas del Puente” para que solo vendieran comestibles, bebidas y recados. Estos bienes raíces terminaron concentrándose en pocas manos, y una relación de 1816 sobre los propios (fuentes de ingresos) de la ciudad, reconocía que los propietarios eran 5 personas. Esa zona de mercado fue demolida en ese año por orden de Pablo Morillo, por considerar que era sitio de reuniones propicios para la subversión.

La república

Un Bando de policía de 1828 estipuló conservar el sitio del mercado acostumbrado. Un lustro más tarde, en 1833, otro bando de policía solo reprodujo, en términos muy generales, la prohibición del acaparamiento, e introdujo que los vendedores informales debían contar con el beneplácito de las autoridades. Luego de varias leyes expedidas bajo la república con el propósito de organizar el mercado de las poblaciones, una ley del 18 de mayo de 1841 (“Sobre policía general”), permitió que, a su vez, la Cámara de la Provincia de Cartagena el 7 de octubre de 1842 aprobara la ordenanza (“Sobre abastos, ferias, mercados, alumbrado, aseo, ornato, comodidad, fiestas, espectáculos y diversiones públicas”) que dio atribuciones a los jefes de policía para organizar los mercados.

Plaza de la carnicería

En uso de las facultades como jefe de policía de la provincia, José María Pasos, Jefe Político del Cantón de Cartagena, emitió un decreto conservando la plaza de la Carnicería y sus inmediatos alrededores como el sitio destinado al mercado público. Se clasificó a los abastecedores de víveres en seis clases: 1) los vendedores de carnes frescas y saladas, queso, huevos y casabes ocuparán “el interior de la carnicería. en esta forma: al frente la carne fresca de vaca; al costado derecho la carne salada de vaca y el queso; al costado izquierdo la carne de cerdo fresca y salada; y en el corredor de la entrada las demás carnes de carnero, cabra, etc. Y en el mismo corredor frente a la oficina del abasto se colocarán las ventas de huevos i casabe”. 2) los panaderos “las rejas que siempre han ocupado”. 3) los vendedores de frutas y verduras “el tendal que se ha construido frente a la puerta de carnicería”. 4) las “pasteleras, mondongueras y bolleras de la ciudad” “el tendal que se ha construido al costado de Carnicería”. 5) vendedores de granos y otros comestibles, “ la primera mitad del tendal que se ha construido al pie de la muralla detrás de carnicería, cuya mitad la divide el puente”. Y 6) “los campesinos que vendan aves, bollos y otros artículos” “la segunda mitad de dicho tendal, es decir del puente en adelante”. Las ventas de mariscos se situaron en “el canalizo de la Matuna, a una distancia de la salida de la puerta del puente”.

Casa de la carnicería

La casa de la Carnicería y los tendales adosados en la parte interna de la muralla, a lado y lado de la Boca del Puente y en la plaza de la Carnicería se mantuvieron como espacio central del mercado de la ciudad. En 1886 un cronista de la ciudad describió a este de la siguiente manera:

MERCADO. Se conocen con este nombre los edificios siguientes: 1° la Carnicería, situada en el mismo punto que ocupó el primer convento Dominicano, donde se expenden carnes; y 2° varios tinglados fabricados del lado de la muralla, donde se sitúan las revendedoras sin orden alguno.
Las Embarcaciones que arriban al puerto procedentes principalmente del Sinú fondean a la orilla misma de la bahía en la parte llamada impropiamente muelle, y en dicho punto verifican la venta de los efectos que traen.