
Buenos Aires, Argentina
Cuando el 26 de julio pasado compré moneda gringa en New York Money-Bogotá para gastos de viaje en Buenos Aires, cada dólar me costó 3.960 pesos.
Veinticinco días después, al abordar el vuelo dominical nocturno de Aerolíneas Argentinas rumbo a mi destino, había ganado un 3,5 por ciento sobre el monto de aquella compra, gracias a las turbulencias de la economía colombiana.
Seis horas y media más tarde, al arribar al aeroparque Jorge Newbery en la costanera bonarense a la aurora del lunes 21 de agosto —festivo tanto en Colombia, como en Argentina— el porcentaje de mis ganancias ya iba por un ¡44 por ciento!
—Tus vacaciones vas a vivirlas a cuerpo de rey.
Tal aseveración es de mi hija la financista Laura Carolina, expresada cuando, en compañía de su esposo Lucas Touriño, ya caminábamos Buenos Aires y bordeábamos el Obelisco en este día para el asueto que acá festejaba, en traslado, ‘el paso a la eternidad’ de ‘El libertador argentino’ el general José Francisco de San Martín y Matorras, hecho ocurrido exactamente un 17 de agosto —el de 1778—, fecha que en el santoral corresponde al Día original de la Asunción de María, también trasladada este año en Colombia para este 21, ‘Lunes Emiliani’.
El anuncio de Laura Carolina había de darse cuando hacíamos comentarios sobre los resultados de las elecciones PASO —Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias— del domingo 13 de agosto y ella comenzó a analizar los estragos que en las finanzas argentinas, tanto para el ciudadano de a pie como para los encumbrados emporios, deja el temblor económico al cual ha dado paso la jornada electoral ganada con un 30,06 por ciento de los votos por el exjugador de Chacaritas y ex roquero Javier Milei, un histriónico candidato presidencial ultraderechista que lidera el movimiento ‘La libertad avanza’, desde el cual rechaza el aborto, mientras defiende la libertad de género, el uso de armas y la legalización de las drogas.
A Milei lo tildan de loco —“loco pantallero”—, pero para un inmenso número de argentinos, quizás la inmensa mayoría, encarna la esperanza de un futuro más llevadero y con mejores oportunidades para el estómago. Ese ‘loco’ admite, abiertamente, que es un gritón empedernido, pero insinúa que debe moderarse. Sin embargo, en declaraciones al diario ‘La Nación’, sostiene que “una sola persona gritando hace mucho más ruido que 100 mil callados y, en especial, cuando esos 100 mil están de acuerdo para perjudicar los intereses de la Patria”.
Desde el lunes 14, el dólar, que a mediados de julio —semanas previas a las PASO—, costaba 500 pesos argentinos en el mercado blue, se fue en un subibaja que lo elevó a un valor cimero de hasta 790 pesos argentinos, para comenzar luego a descenderlo paulatinamente y situarlo, al compás de un sostenido vaivén, en 735, que es el cambio al momento de escribir esta nota. Gracias a este cambio, yo voy ganándome más del 44 por ciento en cada dólar que traje, que no son muchos. Pero comienzo a moverme, pues, en un genuino derrumbe del peso gaucho para bien y goce absolutos del turista. Y hablo tan solo del dólar blue, para no meterme en camisa de11 varas con el dólar BNA: Banco de la Nación Argentina; el dólar contado con liqui-CCL, el dólar con tarjeta-oficial y carga impositiva, y hasta ‘el dólar Catar’…
En tales circunstancias, pues, el pueblo argentino —que se debate en una pobreza que, oficialmente, puede estar superando el 45 por ciento— va montado en una espiral inflacionista aterradora: galopante, a mediados de la semana pasada permitía que una botella de vino ‘Fiorio dolce bianco’ pudiera adquirirse en 2.000 pesos, para que hoy, en el mismo lugar, el mismo producto cueste 4.000 pesos. Al tiempo en que la libra de queso holandés vale hoy 1.750 pesos, cuando el viernes 11 estaba en 850. Una situación que tiene emocionalmente afectado a casi todo el mundo en Argentina. Y que bien puede ser ilustrada con un pasaje vivido por David, director de PwC, una de las Big four o de las cuatro grandes consultoras del mundo y quien vino a Buenos Aires con el propósito de entrenar a personal argentino. Invitado a almorzar por la firma para la cual trabaja, David recibió un ejemplar de la carta de postres presentada en los dos idiomas para que descubriera, al momento en que cancelaban, que en inglés cobraban menos que en español. El flan que costaba 870 pesos argentinos en la carta en English, se registraba con 950 pesos argentinos en español y así toda la dulce oferta patentada en el documento. Hechas las observaciones y adelantadas las averiguaciones, se dedujo que el galope de esa yegua desbocada llamada inflación no dio tiempo para los adecuados ajustes en la reimpresión de los precios.
Los expertos pronostican que al finalizar 2023 con nuevo presidente a bordo —que pudiera ser electo el 22 de octubre o quizás el 19 de noviembre en caso de que haya ballotage o segunda vuelta, y que se posesionará el 10 de diciembre, ‘Día de la Restauración de la Democracia’— la inflación en Argentina podría estar arrellanada en el sillón del 200 por ciento.
Ya cumplo tres días en ‘Buenos Aires querido’ y las caminatas de 10 kilómetros diarios por ‘Capital’, me han llevado a transitar apenas por reducidos pedacitos de este ‘abanico urbano’ y su costanera norte —rivera del Río de La Plata—, única y sorprendente avenida bonarense que da al anchuroso afluente del océano Atlántico, “Ciudad maravillosa”, como desde Atlanta me la vendió Bladimiro Cuello Daza antes de mi despegue y como en la ‘principal capital’ argentina me lo ha reiterado el poeta Emiliano Pintos al saber de mi arribo gracias a Facebook.
—Le decía a mi hija que tengo que verme contigo —le escribí por WhatsApp al excelente vate, un chileno que ama a Argentina tanto como ama a su país austral: ¡infinidad!, demostrado por medio de sus numerosos escritos en los módulos de El Muelle Caribe.
—Si no fuera así sería imperdonable —me contestó—. Será una gran alegría conocerte personalmente, estimado amigo, en esta ¡Ciudad maravillosa!
—Claro que tenemos que vernos.
Y mientras esto pasa y comienzo a acostumbrarme a recibir besos masculinos en mis mejillas a manera de afectísimo saludo, a tener claro que aquí el asunto no es con billullo sino con guita —así la devaluación la tenga raquítica y la generación actual argentina no sepa lo que significa— y mientras observo que las esquinas bonarenses no son como las barranquilleras, sino ocho ángulos iguales, cuatro lados alternados iguales y los otros cuatro también iguales entre sí, ‘ochavas’, hermosos frontis, eso sí, y las nuestras son un ángulo recto de material, la arista en la que convergen dos lados de una edificación de uno o más pisos, dos paredes de casa o edificio, someto mis oídos y mi necesidad de pasarla super bien a la escucha con atención, y al aprendizaje de una, los modismos argentinos y sus correspondientes significados:
*Piola: bacano, muy bacano.
*Copado: simpático.
*Copáte: Anímate.
*Groncho: corroncho, desagradable.
*Bondí: bus, colectivo.
*Hinchapelotas o rompehuevos: fastidioso.
*Chongos: para denominar a él o a ella cuando han cogido más de una vez, pero sin compromiso.
*Sentar el orto: ponerse de una a hacer algo.
*Agarrar la pala: ponerse a trabajar, sin reticencias, en cualquier frente.
*Tiran fruta: decir cualquier cosa sin sentido.
*Y hasta el insultante ‘La concha de Dios’: una especie de “¡rayos y centellas’”, para expresar temor, preocupación, maldición: “¡Púdrete en ‘la concha de Dios!” que, obviamente, no será la de Diego…

