
Desde cuando se inventó la cámara fotográfica en el siglo XVII /1816/se produjo el milagro de la eternización de figuras, rostros, paisajes, todo lo que el ojo humano podía ver, pero que solo podía tenerlo consigo de manera efímera. Primero fue la llamada cámara oscura, bastante rudimentaria, y después aparecieron otros inventos que mejoraban lo inicial hasta llegar a hoy, cuando los teléfonos móviles hacen maravillas con sus cámaras fotográficas de altas resoluciones que garantizan gran calidad de imagen.
En esos dos siglos los adelantos tecnológicos han sido apabullantes. La fotografía ha dado fama a muchos cultores de la cámara alrededor del mundo. La cámara cinematográfica logró milagros impulsando casi al infinito la industria del entretenimiento a través de películas de corto y largo metraje, y también de documentales.
Cartagena ofrece ángulos muy diversos para la cámara. Aquí se han filmado películas de renombre, se realiza el Festival Internacional de Cine, y del seno de la ciudad han salido fotógrafos tan famosos como Nereo López.

El barco que canta a Chopin
Jorge Moreno es un apasionado de la cámara. Sea de fotografía o de cine, para él es un prodigio, una magia que lo lleva a experimentar emociones siempre placenteras. No hay momento en que Jorge no esté en función de la lente /lo prefiere en femenino/, porque lo lleva a explorar mundos diversos, a ver lo que la mayoría no advierte. Anda siempre despacio, observando aquí y allá y cuando descubre algo interesante, captura la escena, la vuelve algo muy personal, suya, pero le gusta compartirla, ofrecerla a algunos amigos que también gustan de la imagen, o la sube a las redes para que un mayor número de persona la disfruten.
Goza tanto el color como el blanco y negro, pero este último tiene la virtud de brindarle un apasionante viaje al pasado. De temperamento apacible, la risa franca le brinda oportunidades de seguir el diálogo cuando se presentan barreras de incomprensión, así suele disuadir tensiones para dar paso a nuevas palabras de entendimiento.

Ahora trabaja un documental sobre la vida y obra de Luis Felipe Jaspe, el genio cartagenero que dejó obras de importancia como el teatro Adolfo Mejía, el Camellón de los Mártires, la estilizada torre del Reloj, y cuya existencia fue una suma de logros creativos que perduran. Hace unos días Jorge tomó una foto de un buque en la bahía, la compartió y hubo algunas voces de reparo que dieron pie a un texto que escribió para referirse al tema. Aquí lo comparto:
«Me han criticado la foto por muy mal «encuadrada», y ser muy mala composición. Pero la foto tiene su historia, que brevemente contaré.
La foto del buque la tomé hace dos días, cuando me disponía hacer una entrevista al señor Javier Lecompte Jaspe. En su apto de Bocagrande frente a la Bahía. Escuché de repente música de Federico Chopin que venía de la bahía. Crucé la calle y a lo lejos divisé el buque blanco de franjas rojo y azul. Salía en reversa de la dársena del muelle de la infantería con la música de mi músico preferido. El buque se desplazaba lentamente, sin vítores de nadie, ni despedidas multitudinarias, cómo cuando viaja «El Gloria». Noté de repente que estaba solo en el inmenso corredor que bordea la bahía entre Bocagrande y Castillo, eran las cuatro de la tarde como en el evangelio de Juan. Todo este bello espectáculo para mí solo. El buque giró a estribor para enfrentar la proa al norte de la bahía, cómo haciéndome venía de despedida. Entendí en ese momento que debía alistar la «Canon» para guardar para la posteridad este espectáculo de partida. Al fondo seguía escuchando la sinfonía «Nocturno » Opus 15 de Chopin. Fueron 20 minutos de esta excelente presentación y de estas fotos. Después me enteré del buque colmado de profesores, investigadores, estudiantes colombianos y del exterior que van rumbo a la Antártida por dos meses. Comprendí que el buque blanco con Chopin llevaba gente muy especial. Después subí al 10° piso a hacer mi entrevista».

Cartagena es tan particular que con frecuencia ofrece espectáculos inusitados, únicos, despertadores de emociones. Una puesta de sol con colores imposibles, un alcatraz solitario en un cielo infinito, una voz sin dueño que se toma las esquinas ofreciendo frutas de ocasión, una mariamulata que camina acompasada con un transeúnte alelado, el barco rojo y azul que dispara ráfagas de Chopin, el cerro de la Popa que parece navegar hacia el sur entre nubes grises cargadas de lluvia, un turista recorriendo mil veces callecitas del Centro Histórico para aprenderlas de memoria, un grupo de añorantes contertulios que recuerdan el pasado sentados en la plaza donde se vendían esclavizados africanos, un pasaje donde solo se ofrecen dulces nativos y nadie anda de prisa, una iglesia cargada de historias a la que van solo los lunes los pecadores de entre semana.
Algunos de esos elementos propios de la esencia cartagenera, aparecen y se van sin que nadie logre captarlos, pero cuando una cámara los registra se produce una especie de milagro. Bendita Cartagena que nos ofrece a diario tantos milagros


