
Fue desde muy pequeño que en agosto de cada año presenciaba una escena familiar al tiempo que escuchaba una expresión que la acompañaba. Escena y expresión, desde entonces, han rondado en mi memoria guardando celosamente unos recuerdos pueblerinos que hoy, ineludiblemente, evoco a raíz de la novela póstuma de García Márquez publicada en marzo de este año.
Debo confesar que fue el título de la obra lo que me sacudió y llamó profundamente mí atención. No lo asocie con Luz de agosto, la novela de Faulkner, uno de los autores predilectos de García Márquez. No. No fue por ahí la cosa. Con lo que asocié de inmediato el título fue con San Jacinto, mi pueblo natal. Tal vez por esto al terminar mi lectura, mi curiosidad seguía centrada en el título, más que en la interesante y atrapadora historia que nos cuenta Gabo. Había algo en él que me interpelaba cada vez que miraba la portada y quería desentrañar. Lo leía una y otra vez y era como un mensaje cifrado. Y ahora, voy a intentar decir por qué ocurría que el 20 de enero de cada año, mis tíos Rafael y Luis, que vivían en Clemencia (pueblo muy cerca a Cartagena), arribaban a San Jacinto hacia el mediodía. Mi padre los esperaba vestido de pantalón caqui y camisa blanca almidonada y bien planchada, y el sombrero vueltiao rociado de agualucema para mitigar los ardientes calores del Caribe. En el patio, al aire libre bajo la sombra del añoso almendro, almorzaban sancocho de gallina criolla que les preparaba mi madre.

Después de saborear un tinto, tomaban el bus de las tres de la tarde rumbo a Sincelejo a disfrutar de las fiestas de corraleja. Allá los esperaba mi tía Alicia que los acogía con su amplia sonrisa y su inigualable hospitalidad.
Al finalizar las fiestas y ya de regreso hacían de nuevo la parada en San Jacinto. Almorzaban y antes de partir en el bus de las tres de la tarde rumbo a Clemencia, mis tíos se despedían de mi padre. Y aquí viene la escena y la expresión que hoy estoy evocando en relación con la novela de Gabo: los tres hermanos se quitaban el sombrero y se estrechaban con un abrazo fraternal mientras decían casi en coro: “En agosto nos vemos”. Con estas palabras, y sin ninguna otra comunicación en los restantes siete meses, quedaba sellado el compromiso de su arribo, justo el 16 de agosto, día de las festividades patronales del pueblo.
Ese día, con una inmancable puntualidad, allí estaban reunidos de nuevo los hermanos Juan, Rafael y Luis.
Ahora con el título de la novela de Gabo, En agosto nos vemos, me siento invadido por aquel recuerdo de infancia de esa imagen y esa expresión que, sin duda, era un acto de conservación de una entrañable unión fraternal. Y no solo el título de la novela – como si esto fuera poco- sino también su comienzo: “Volvió a la isla el viernes 16 de agosto…”. ¡Que vaina! Justo este es el día de las fiestas patronales de San Jacinto y era por eso que mis tíos llegaban en esa fecha. Como coincidencia, la protagonista de la novela, Ana Magdalena Bach, el 16 de agosto de cada año, realiza un viaje a una isla del Caribe a llevarle flores a tumba de su madre.

Pero es que San Jacinto está entrañablemente relacionado con el mes de agosto. Históricamente, su fundación es el 8 de agosto (1776), pero la fecha especial es el 16, fiesta de su santo patrono que se celebra con un gran regocijo. Es por esto que muchas personas vuelven de visita al pueblo en este mes. Es común escuchar entre familiares, amigos y foráneos la invitación: “en agosto nos vemos en el pueblo”.
Adolfo Pacheco Anillo -nacido el 8 de agosto- amigo de parranda de García Márquez en Cartagena y en San Jacinto-, en su nostálgico canto “El viejo Miguel”, lo expresa muy bien refiriéndose a su padre al partir hacia Barranquilla: “Adiós 16 de agosto/ adiós alegría”. Era el mes del desenfreno, del bullicio y las parrandas, de los populares salones de baile. Pacheco también nos lo recuerda en esta misma canción: “Adiós San Andrés/ tu animador te abandona”. Este era uno de los salones de baile que se engalanaba cada año en el mes más celebrado y en donde la banda del pueblo tocaba a reventar, “El perro de Petrona”, (emblemática canción que encendía el fandango y que era la predilecta del viejo Miguel).

De otro lado, en recientes tiempos pasados, agosto era el mes en que los campesinos tabacaleros del pueblo vendían sus primeras cargas de tabaco (el bajero) y de esta manera por fin llegaba la plata: comparaban ropa, arreglaban la casa, pagaban deudas contraídas y les quedaba para el trago y la parranda. Esa era la razón por la que muchas cosas se aplazaran para agosto, mes de la alegría, cuando el pueblo se ponía bonito y todo parecía sonreír en sus calles (la cumbia “Cantó mi Machete”, también de Pacheco, que interpretan maravillosamente Carmelo Torres, Rodrigo Rodríguez y Yeison Landero, es un homenaje a aquellos campesinos tabacaleros). Y cómo olvidar las fantásticas y bulliciosas ruedas de gaita en la corraleja nocturna, después de una calurosa tarde taurina, cuando las corralejas se hacían en la plaza principal. En esas noches la gaita iba hasta el amanecer. Allí fue donde vi por primera vez a Toño García ejecutando la gaita hembra, al lado de Toño Fernández. Puro pulmón y dedos magistrales y así desplegaba la melodía. Nada de brincos. Solo leves balanceos.
Por todo esto y mucho más, agosto es el mes de San Jacinto. Y ahora el título de la novela póstuma de Gabo, En agosto nos vemos, nos lo está recordando. Este recuerdo debería ser mucho más especial para los sanjacinteros, puesto que un hijo de este pueblo, Clemente Manuel Zabala, fue el maestro de periodismo del nobel colombiano cuando daba sus primeros pasos en este oficio en el diario El universal de Cartagena.

Precisamente ese “sabio en la penumbra”, fue quién despertó el interés y el gusto en Gabo por la música clásica. El mismo escritor lo definió como “un erudito de todas las músicas”, las clásicas y las populares. Esta podría ser una de las razones por las cuales esta novela de Gabo está cargada referencias a piezas y autores de la música clásica: Mozart, Schubert, Chausson, Brahms, Chopin, Dvořák, Debussy, Chaikovski, Béla Bartók. En una entrevista a Ramiro de la Espriella, quién mantuvo una estrecha amistad con Zabala y con García Márquez en Cartagena, éste me confeso: “Gabo cantaba muy bien bolero y vallenato hasta el punto que yo en una ocasión le dije: si no triunfas en la literatura, dedícate al vallenato”. Y remata diciendo: “Fue Zabala quién lo inclinó por la música clásica. En el hotel en donde vivía en Cartagena tenía una gran colección de música clásica que escuchaban en una radiola”.

He querido aprovechar la coyuntura de la publicación de la novela de nuestro Premio Nobel, para pensar estas y otras más relaciones, directas e indirectas, los lazos ocultos y visibles, de Gabo con la cultura del pueblo de San Jacinto, terruño de su maestro Zabala, que varias veces visitó y con cuchara de totumo degustó un sancocho con buena yuca harinosa desplegado en hojas de bijao (a “la yuca de San Jacinto” se refiere Gabo en un maravilloso texto sobre el pintor Alejandro Obregón). Entonces no es gratuito que en cada una de sus novelas también esté presente, el símbolo de este pueblo, la hamaca, unas veces con la explicita referencia al terruño de su procedencia. Igual reconocimiento y valoración en sus obras han tenido los gaiteros.

Hoy esta novela con su título no hace sino recordarme esa ya tradicional invitación a reencontrarnos en San Jacinto: En agosto nos vemos.
*Texto presentado en el lanzamiento del 33º. Festival Nacional Autóctono de Gaitas de San Jacinto, Museo Nacional, Bogotá, agosto 8 de 2024.
**Filósofo Universidad Nacional, profesor Universidad Distrital de Bogotá.


Excelente crónica Del Profesor Juan Vasquez y gracias a usted mi querido amigo Eduardo García por deleitarnos con un relato muy ajustado a la realidad de cómo sucedieron las cosas y con un lenguaje propio de intelectuales gracias