"Con un texto robusto que disecciona el proceso de transformación de comunidades que dejan de ser para convertirse en algo que se supone intercambiable, Ricardo Arquez nos convoca a reformular el problema de la llamada gentrificación, que afecta a muchas ciudades y territorios. De acuerdo con el autor, ese proceso de desplazamiento es consecuencia de decisiones y maneras de entender el espacio urbano. Entremos en materia".
Ricardo Arquez Benavides

La gentrificación no empieza cuando llegan nuevos habitantes, sino cuando el barrio deja de pensarse para quienes lo viven. No es el turismo el problema, ni el cambio en sí mismo, sino la forma en que la ciudad se planifica, o se deja de planificar, para sostener la vida que le da sentido.

A veces la gentrificación no se nota de inmediato. No llega con una mudanza masiva, sino con pequeños cambios, el almacén que ya no fía, el arriendo que sube sin explicación, los vecinos que empiezan a irse sin despedirse.

Algo se ha venido repitiendo, las familias desplazadas ya no son reemplazadas por nuevos vecinos, sino por la lógica del dinero. Y ahí, más que una denuncia, hay una pista.

Porque el problema no es solo que cambie la gente, la gente siempre ha ido y venido, sino que cambie la lógica que ordena la vida en el barrio. Ya no manda la cotidianidad. Manda la inversión.

Ya no decide la comunidad. Decide la rentabilidad.

Entonces la pregunta deja de ser quién llega y pasa a ser otra, más determinante, ¿qué es lo que permanece?

Pasos que vienen, pasos que van, mientras el territorio está cambiando, convirtiéndose en consumo

Lo que empieza a verse es una transformación silenciosa, pero profunda. El barrio ya no se adapta para que otros lo habiten, sino para que muchos lo consuman. Algo del barrio empieza a cambiar.

La inversión no llega sola. Llega con reglas implícitas, con tiempos “cortos”, con la urgencia de producir rendimiento. Y en ese movimiento, la comunidad no desaparece de golpe, pero sí ve alteradas sus dinámicas, su capacidad de decisión no se pierde, pero empieza a diluirse entre nuevas prioridades.

No es una expulsión inmediata. Es, más bien, un desplazamiento lento.

Por eso el debate no puede quedarse en negar o afirmar la gentrificación. Eso sería demasiado fácil. El asunto es otro, ponerle reglas.

Porque, como en la minería, el problema nunca ha sido únicamente extraer, sino lo que se arrasa y la forma en que se hace. Cuando no hay límites, cuando todo se deja al pulso del mercado, lo que termina erosionándose es justamente aquello que hacía valioso al territorio, sus vínculos, sus memorias, sus formas de vida.

cargar sobre las espaldas el recuerdo

En medio de esa discusión aparece el turismo, señalado casi siempre como el gran responsable. Pero aquí conviene detenernos un momento, y respirar más hondo.

No, no se le puede echar la culpa al turismo. Tampoco a las agendas que lo promueven. Ni a las políticas que buscan atraer visitantes. Sería demasiado cómodo.

El turismo no inventó este problema. Lo habita.

Es, si acaso, el rostro más visible de una lógica más profunda, la de un sistema que privilegia la rotación de la inversión sobre la permanencia de la vida. El turista encaja perfectamente en ese engranaje porque llega, consume y se va. No necesita arraigo. No exige comunidad.

Turismo y gentrificación: invitación al debate

Y sin embargo, la paradoja persiste. Ciudades enteras comienzan a organizarse para quien no se queda. Se multiplican los espacios pensados para la estancia breve, mientras se reducen los lugares donde la vida cotidiana puede sostenerse.

El barrio se llena, pero se vacía. Hay más gente, pero menos comunidad. Hay más movimiento, pero también más ruido.

Ahora bien, tampoco se puede olvidar que nada de esto ocurre en un mundo inmóvil. Las ciudades cambian. Siempre han cambiado. El urbanismo no es una fotografía fija, o, como el “me gusta digital”. La cultura no es un objeto que se guarda intacto en una vitrina. Vivir es transformar, cambiamos, nos sumergimos, y volvemos a salir.

No es que el barrio se mueva. Es hacia dónde lo empujan, hacia dónde lo mueven desde una oficina o bajo normas impositivas.

Por eso culpar a la gentrificación, o al turismo, termina siendo tan limitado como culpar al mangle cuando avanza sobre la tierra.

Durante años se dijo que el mangle era invasivo. Que era el enemigo. Que había que contenerlo. Pero el mangle no estaba haciendo nada distinto a responder a un desequilibrio previo.

El verdadero problema no es el mangle. Nunca lo fue. Está en otra parte. El error no estaba allí. Estaba en la lógica.

En una planificación que entendió el agua como una limitación y el suelo como un activo de ocupación inmediata.

Centro Histórico de Cartagena

Cartagena ya ofrece señales claras y Mompox empieza a insinuarlas, pero el error sería leer estos procesos únicamente como “efectos de la gentrificación” o, peor aún, como consecuencia directa de la llegada de turistas o de nuevos negocios. Ese enfoque desplaza la discusión de fondo. No se trata de culpar la gentrificación como si fuera un agente autónomo, sino de entenderla como resultado de una forma de planear y de concebir la ciudad. En términos de Zygmunt Bauman, estamos ante la tensión entre una modernidad sólida, que construía arraigos, permanencias y estructuras relativamente estables, y una modernidad líquida, donde todo tiende a flexibilizarse, circular y volverse transitorio. El problema aparece cuando esa condición líquida no es mediada por decisiones de planificación que protejan lo que debe permanecer, y deriva en una actitud casi posmoderna donde el territorio se asume como algo disponible, intercambiable, siempre listo para ser reconfigurado según la lógica del mercado. En ese escenario, la presencia de turistas recorriendo las calles, la apertura de negocios nuevos, o por el vendedor ambulante en la esquina, no puede tomarse como sinónimo de desarrollo, ni mucho menos como un absurdo. Son apenas señales de un proceso más hondo que, sin rumbo ni límites, reduce la vida urbana. Ahí es donde hacen falta reglas y planeación.

La gentrificación no cae del cielo ni actúa sola. Es consecuencia de decisiones, de omisiones, de maneras de entender el espacio urbano. Mientras se siga viendo la ciudad como un activo antes que, como un lugar para vivir, cualquier dinámica, turística, inmobiliaria o cultural, tenderá a empujar en la misma dirección.

Mompox no debe perder su esencia por falta de gestión inteligente

Con la ciudad pasa algo parecido.

Entonces la discusión de fondo no es si el turismo debe o no estar. Ni si la gentrificación es buena o mala en abstracto.

La discusión es otra.

Qué se permite.

Qué se regula.

Qué se protege.

Qué cosas, simplemente, no se negocian.

Porque una ciudad no se pierde cuando cambia. Se pierde cuando deja de ser habitable y de ser planificada para quienes le dan sentido todos los días…entonces, cuando una ciudad necesita turistas para sostenerse, pero expulsa a quienes la sostienen, no está creciendo, está cambiando de dueño.

En Cartagena o en Mompox, la gentrificación no es el problema, el problema es la gestión. No es el fenómeno, es la falta de reglas. La tarea no es negarla, sino gobernarla.

El problema no es la gentrificación en sí, ya que asumirlo así es una lectura lineal y equivocada. Como la minería o el mangle, no es el fenómeno sino la falta de planificación lo que determina sus efectos.

Ver video