A un año del fallecimiento del fundador del Carnaval Internacional de las Artes

El único inconveniente que tuvo fue al conseguir el permiso para el funcionamiento. Lo demás llegó en cascada, la autorización de los propietarios, reconstruir los espacios, organizar la parte administrativa, definir el modo de funcionamiento, conseguir que se declarara “bien público nacional” por su valor histórico, los obstáculos fueron cediendo ante la avalancha incontenible de sus propósitos para rescatar aquel lugar, y revivir la memoria de quienes allí pernoctaron en jornadas interminables de parrandas y discusiones. Así renació La Cueva.
Aquel sitio de encuentro era la imagen recolectada de los amigos y lugares que acompañaron a García Márquez en los años cincuenta, días que él recordaba como deslumbrantes porque fueron esos amigos quienes le asistían con el préstamo de algunos libros que alimentaron buena parte de su obra. Otra Cueva existió en Cartagena, un restaurante en el camellón de los mártires, lugar de trasnochadores con un destino común. Alrededor de este lugar tuvieron prolongadas tertulias con Clemente Manuel Zavala, Héctor Rojas Herazo, Gustavo Ibarra Merlano y los hermanos De la Espriella, Oscar y Ramiro.

La idea de revivir este albergue nocturno de cazadores y de literatos fue de Heriberto Fiorillo. Había llegado de Nueva York después de ocho años en el exilio, con la obsesión de quedarse y de terminar un libro en proceso sobre el grupo de Barranquilla.
Una vez finalizó aquel propósito, transformó sus energías en un arrollador interés creativo, de modo que la ciudad pudiera disponer de un espacio al servicio de la cultura como homenaje a ese grupo de escritores y artistas que estuvieron al lado de García Márquez, en aquellos días cuando era “feliz e indocumentado”.

En sus paredes se refleja en retazos algunos de esos episodios, en pinturas de Orlando Rivera, “Figurita”; de Alfonso Melo, también de Juan Antonio Roda y de Ángel Loochkartt, y en el arsenal de fotografías de Nereo López, donde caben todos ellos, Fuenmayor, German Vargas, Bob Prieto, Ramón Vinyes, el sabio catalán, Álvaro Cepeda, al lado de un mural de Noe León y otro de Obregón.
Allí creó el Carnaval de las Artes que ha sido el escenario para que escritores, actores, músicos y artistas plásticos de todas partes del mundo, compartan sus experiencias y conocimientos que, por ese mismo camino, transita con beneficio de inventario y buena letra, el poeta Miguel Iriarte, a quien designó como su sucesor.

Con Gabo, después del Nobel
Bajo una lluvia a cántaros sobre Londres, en el otoño de 1978, Fiorillo había llegado con la misión de escribir sobre algunos sitios de interés turístico para una aerolínea comercial. Aunque su propósito real era conocer a Eligio García Márquez, con quien ya había cruzado alguna correspondencia, lo que dio pie para una amistad entrañable que le daría alas para acercarse a Gabo con confianza, “a partir de una caja de cartón llena de libros”, dijo a manera de explicación.
Al compartir juventud y lecturas en aquellos años con Eligio, y con Roberto Burgos Cantor, el otro mosquetero en esta saga, pudo disfrutar también de reuniones y sentarse a manteles con el laureado periodista que ya era reconocido universalmente por “Cien años de soledad” y disfrutar entre vinos de la música que más le gustaba: El tercer concierto para piano de Béla Bartók, la elegía vallenata a Jaime Molina, de Escalona; La diosa coronada, de Leandro Diaz; Perfidia, del mexicano Alberto Domínguez, su bolero favorito; una que otra ranchera y casi todas las canciones de Manuel Alejandro, muy coincidentes con sus gustos.

De manera que no tuvo imposibles para ir a México a entrevistarlo cuando se anunció que había ganado el premio Nobel. Así pudimos conocer los pormenores de su estado de exaltación en una crónica titulada ‘Con Gabo, un día después del Nobel’, momentos previos a una ceremonia de condecoración que le ofreció José López Portillo, el presidente mexicano. Aquella memorable charla fue publicada por la revista Cromos el 26 de octubre de 1982
El argumento del cine
En 1983 regresó a Barranquilla para trabajar como asesor editorial en Diario del Caribe, un periódico considerado de vanguardia por el tratamiento de las noticias y por haber sido el primero en circular los domingos. Tenía una revista los fines de semana, altamente considerada por su tratamiento a los asuntos de la cultura y la calidad de sus editores, eruditos todas las acciones de la literatura y en todas las músicas. Ya había pasado la época de Carlos J. María y sus ad-láteres, Ramón Bacca, Alfredo Gómez Zureck, Margarita Abello, entre otros, y Alfonso Fuenmayor, el director, le asignó la misión de darle nueva presencia a ese Suplemento Cultural. Hizo de aquello un ejemplo de periodismo creador, realzando sus mejores épocas. De Diario del Caribe salió casado con Claudia Muñoz, una inteligente reportera que supo mantener con él un cariño juvenil que les duró toda la vida.
El cine seguía apasionándolo. “Soy un periodista al que le dieron la oportunidad de hacer películas”, expresó en una entrevista en esos días. En esas pausas de reflexión escribió y dirigió “Ay, carnaval”, un cortometraje documental para Proimágenes, en 1982, y el mediometraje argumental “Aroma de muerte”, para Focine, en 1984.

Un año después filmó “Garabato”, un largometraje cinematográfico que fue premiado en el Concurso Nacional de Guiones promovido por Focine. Estaba obsesionado con el lenguaje audiovisual, escribía guiones, producía videos y algunos programas de televisión de manera independiente, como “La soledad de El Cabrero” y “El día que murieron los peces”.
También coescribió “El guacamaya”, producción dirigida por Pacho Bottía, que se alzó con el premio a la Ópera Prima del Festival de Nantes; y fue el director asociado de “Los elegidos”, texto de Alfonso López Michelsen, traducido a su versión en cine bajo las riendas del cineasta soviético Serguei Soloviev.
Su referente era García Márquez, quien nunca cejó en su empeño de hacer cine. San Antonio de los baños es su escuela, a fundó, y estuvo muy cerca de su funcionamiento, era la realización final de su interés por el séptimo arte. En 1993 consiguió el apoyo de Audiovisuales para realizar “De amores y delitos”, una trilogía sobre aspectos olvidados de nuestra historia producidas en formato de cine. A Fiori le fue encargado el guion y la dirección de “Amores ilícitos”, film de una hora para televisión grabada en Santa Fe de Antioquía donde sucedieron estas escenas de un amor prohibido, en 1784, entre Felipa, una esclava negra, y Alejandro, el hijo del patrón feudal.
Encontrando siempre el modo de salir adelante, se desempeñó como productor, libretista y director del programa Media de medios, reflexión semanal en televisión sobre los medios de comunicación; y culminó la edición del libro de crónicas y reportajes “Retratos del Caribe”, sobre personajes ignorados de la región Caribe colombiana.
Fiorillo en el terreno de la independencia
En su fiebre creativa, Fiorillo incursionó en el cine documental como guionista y director de “Cine-revista”, convencido de que había encontrado su camino debutó en la televisión en 1986 como subdirector y libretista de “Noticiero de las 7”, donde hizo el recorrido desde periodista de la redacción hasta el cargo de subdirector; luego estuvo en el “Noticiero del Mediodía” y fue productor en “Noticias Uno”, noticiero-revista para festivos y fines de semana de donde se retiró rechazando la gloria mal habida.
Coronel, que se había iniciado con Fiorillo en el periodismo, en este noticiero, nunca olvidó los caminos rectos que le trazaba: “… de él aprendí que hay momentos para renunciar y que un periodista no puede ceder en el terreno de su independencia, aunque muera de hambre”, dijo.
Al contrario de lo que podían esperar en el medio de la televisión, los reporteros que se nutrían de su razón y de sus cautelas, renunciaron con él cuando sus dueños quisieron supeditar la información a los intereses del gobierno. Junto a los grandes reconocimientos por su labor periodística, afianzaron su convicción en criterios propios, recibiendo amenazas que lo obligaron a buscar el camino del exilio.
El principio fue más difícil de lo que hubiera imaginado. Apenas alcanzaba a subsistir en aquel año diferente de su vida en Nueva York, cuando le fue ofrecido un escampadero haciendo producción radial para Naciones Unidas, más tarde amplió sus ingresos con una corresponsalía para la revista Semana y consiguió otros oficios alternos. Los asuntos empezaron a mejorar.
Había madurado la idea de un proyecto televisivo donde pudiera mostrar el liderazgo y la capacidad de figuración de algunos colombianos en el extranjero. Así surgió “Talentos”, una serie de entrevistas emitidas entre 1994 y 1995, con Alberto Amaya, en la que también trabajó Daniel Coronel. Los más acuciosos televidentes aún recuerdan las peripecias de la tenista Fabiola Zuluaga, el escritor Daniel Samper, el luthier Carlos Arcieri y el científico Rodolfo Llinás.

Cansado de los años de exilio, con la suficiente practica y bastantes conocimientos, regresó a Colombia con la idea fija de recuperar la memoria de Grupo de Barranquilla, dando así el paso feliz para reconstruir el cenáculo de la mafia, como llamaba Gabo a sus amigos, en adelante también se dedicó a impartir talleres sobre la estructura, las costuras secretas y los trucos narrativos del periodismo en la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, hoy Fundación Gabo. Y dio las puntadas necesarias para darle vida y sostener el Carnaval Internacional de las Artes. Aun con aquella estrechez de su tiempo asumió con puntualidad semanal la escritura de sus columnas que publicaba casi al unísono en El Tiempo y El Heraldo.
La mejor vida que tuvo
Su última columna la publicó en La Lira, revista cultural de circulación trimestral vigente en los últimos 20 años, que fundó Diógenes Royet y ahora dirige Enrique Luis Muñoz. Durante siete años ejerció allí, sin faltar una sola edición, siempre sobre asuntos de la música, sus autores, sus temas más representativos, su anecdotario que era abundante y que casi siempre correspondía a conversaciones con ellos, pues se ufanaba de conocerlos y de hablar con ellos. Eso nos dio mayores cercanías, casi siempre para oficiar el esquivo oficio de crítico que sabía ejercer por conocer la tarea de la edición al dedillo, pocas veces para felicitarnos, pues el solo hecho de hacer referencia a nuestros actos era ya un premio mayor.
Y en el tiempo sobrante, que nadie sabía de dónde lo sacaba, escribió “La Cueva, crónica del grupo de Barranquilla”, “La mejor vida que tuve”, “Cantar mi pena”, “Nada es mentira”, “Arde Raúl” y “Entre líneas”, libros en donde su interés principal eran los reportajes, las crónicas y las entrevistas, y en ocasiones, los cuentos.

En alguna vespertina, en el balcón de su apartamento, o caminando por el parque de Bellavista, despacio, pero con la mente aguda y la creatividad dispuesta, salpicaba sus comentarios con la agudeza de la inteligencia, alimentados con chispazos de buen humor, casi siempre acompañados por una descriptiva semblanza.
“A este paso estamos llegando al último Heriberto”, dijo, recordando el incierto número de heribertos de todas las edades que había sido y que estuvo siguiendo en sus fotografías de los pasaportes vencidos que había encontrado en gavetas, maletas, carteras.
Hizo un sarcasmo acerca de las diferencias que vio en el avance de sus años desde cuando, peinado a medio lado, intentaba esconder la vergüenza del estrabismo y la miopía que cargaba desde su niñez. “Ese tipo murió rápido”, dijo. Igual desconcierto tuvo cuando se vio retratado en aquel adolescente de pelo largo y desordenado, y en aquel otro corpulento con gafas oscuras y cabellos rizados. Y así fueron llegando a su memoria heribertos de todas las edades. Había sido todos esos personajes, pero ahora sentía que solo quedaba su mirada ambiciosa, como si quisiera volver a habitarlos todos, volver a esas vidas cambiando de piel.
“Esa es la razón de la entrega de las máscaras en el Carnaval de las Artes, me dijo, y agregó: Es la mejor opción para ponerse en el lugar donde mejor parezca en el camino de los años”
En su caso, el camino de los años lo había anclado en esta ciudad. Alguna vez le preguntaron de qué lugar sentía nostalgia en la vida y respondió con una frase que pertenece a muchos: “Cuando estoy en cualquier parte del mundo, siento nostalgia de Barranquilla, pero cuando estoy en Barranquilla, no siento nostalgia de ninguna parte”.
Aunque esto no era exactamente lo que quería decir. Muchas veces le oímos decir que sentía nostalgia de sus días en el colegio San José, el mismo donde estudiaron Gabo, José Consuegra, el fundador de la U Simón Bolívar, y Juan B Fernández, director de El Heraldo, diario del que él fue editor y jefe de redacción.
En el San José, donde estudió Gabo también
Fueron unos días inolvidables, aun con sus contratiempos. Gangoso, con la garganta irritada, para un acto del Centro Artístico debió cantar Malagueña acompañado al piano por un cura, pero no logró terminar. De su padre había heredado la afición por la música, y él estaba presenciando aquel desastre. Al regresar, apenas acomodó su vergüenza dentro del carro, le dio un abrazó y una voz de aliento: “Si no puedes cantar, escribe sobre eso. Se siente igual de bien”. Así lo hizo.
Había sido un estudiante de notas regulares, no fue bueno para matemáticas y había perdido un año de bachillerato, pero queriendo resarcirse, estudió para superar los altibajos en aquel 1969, y resultó, asombrosamente, el bachiller que obtuvo más medallas ganando el derecho a participar en el concurso nacional, que patrocinaba Coltejer, para los mejores bachilleres.
Sobre su encuentro con los libros alguna vez contó que su abuela formó un alboroto feliz cuando descubrió que ya leía de corrido. No tenía cuatro años. En adelante sería un lector voraz, pero se mostraba muy sensible al diferenciar que era incondicional con la lectura, no con los libros. Sugería apartarse de los libros malos, que eran muchos, sin embargo, daba opción de confianza al escritor en sus primeras veinte páginas. Si a esa altura no había curiosidad o interés, había que tirarse de ese barco. En general, hablando de libros literarios e históricos, eran más los que lo decepcionaban. Entre sus exigencias estaban que lo escrito no aburriera, que el texto fuera original en su forma y en su manera de ser escrito y contado. Y, finalmente, que contara una historia.
El eco remoto de su paso por el San José le anticipaba qué tan determinante había sido para consolidar su vocación. Se destacaba como locutor en el programa radial “Antena Mariana”, escribía notas culturales en el periódico “Ahora” y en “Antorcha Juvenil”, donde entrevistó a Armando Miranda, a Da Cunha y a Valentín, jugadores de Junior. También logró entrevistar a Richie Ray, cuando vino con Bobby Cruz en su primera visita a Barranquilla, pero se quedó en el tintero “por falta de periódico”, dijo con voz de lamento.
En una cartelera mural publicaron cartas que les enviaban como respuesta a inquietudes que, osadamente, les planteaban a algunos mandatarios latinoamericanos. Allí exhibieron con cierta pedantería la del dictador argentino Juan Carlos Onganía, el presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz, la de un secretario de Estados Unidos, un asesor de la reina de Inglaterra, entre otras que recordaba con ínfulas de reportero en ciernes.
El tigre, como lo pintan
En El Heraldo leía semanalmente las anotaciones sobre las películas en cartelera que firmaba Alberto Duque López. Una tarde apareció en clase invitado por uno de los curas para hablar con un desplante retorico que ganó admiradores, de películas para todos. Así supo de “El acorazado Potemkin”, un clásico que el conferencista desarmó en su análisis riguroso, con la misma maestría con que su autor, Sergio Eisenstein, la había armado a comienzos de siglo.

A partir de entonces dio en coincidir con Duque López escarbando en los periódicos donde escribía. Entonces encontró otro tesoro. Sus columnas eran también sobre libros, descubriendo a un empedernido lector, con información sustentada, sobre los escritores y cineastas más renombrados del mundo.
Quiso el destino que pudieran ser amigos años mas tarde, y que se encontraran en Bogotá, escritorio de por medio, en la revista Cromos y en la Revista del Jueves, de El Espectador. Se pusieron de acuerdo para hacer, la revista de Cine Colombia.
El tigre, le decían a Duque, por su perturbadora manía de llamar así a sus interlocutores, quien quiera que fuera. Ahora saben Uds., caros amigos de Fiori, por qué él adquirió esa manera de llamarnos así.
Pues bien, aquel tigre era dueño de una bien cuidada prosa, extraída de las muy sensibles lecturas que hacía de Cortázar, y de los escritores del llamado boom de la literatura latinoamericana, eso le valió el premio Esso de novela colombiana en 1968, en plena irrupción del fenómeno García Márquez, a quien -de más estaría decirlo- era su admirador obsecuente.
Entrelíneas, con Collage
Con Julio Olaciregui y con Marco García de Collage Editores, tuvimos. en el salón Luis Vicens, de La Cueva, una de sus acostumbradas charlas didácticas, esta vez con ocasión del lanzamiento de su libro “Entre líneas”, al cuidado de Marly Solano, nos habló del oficio, de cómo la columna resultaba ser un espacio de expresión, más que de opinión:
“… en mi condición de contador de historias y periodista escéptico por principio, -dijo, más cuestionando que dando su opinión-, con más preguntas que respuestas, incurro de modo manifiesto en provocaciones, en recreaciones ancladas en la realidad,”
En lugar de opinar, acostumbraba a contar una historia, o improvisar interpretando lo que había en la mente y al sentimiento de sus lectores que eran concebidos como una extensión suya, de su condición humana.
El compromiso primordial de un periodista es con sus lectores, me había dicho en una conversación suelta, en su oficina, realidad que encaja para ilustrar su labor como columnista, ejercida desde un concepto de responsabilidad total, con el ánimo de establecer luces en los hechos que eran materia de sus análisis, arduos, pormenorizados. El valor de la palabra como testimonio, era la esencia de su credo.
A estas alturas, aun no entiendo las razones por las que me pidió que escribiera su prólogo. Pero si recuerdo el abrazo efusivo que me dio una vez lo hubo leído. “Diste en el clavo, Tigre”, me dijo con euforia.

El picante le da sabor a la vida
En Santo Domingo, almorzando con Claudia Muñoz, su esposa, con José Antonio Segebre, embajador de Colombia en esa isla, y con Alexis Méndez, en un restaurante de comidas criollas frente al mar de las Antillas, nos dio una cátedra de sabores. Dijo que le gustaba la comida condimentada con ají picante, costumbre que traía desde sus días de estudiante en Los Ángeles, región que había pertenecido a México y conservaba muchas de sus costumbres gastronómicas y culturales.
Lo preparaba en salsa de tomate, o chipotle, o aceite de oliva, y mezclaba ese picante con el arroz, la carne, los granos o con la ensalada. A veces le echaba picante al pan, a la arepa y ¡al bollo de yuca!
Este, que ya era un vicio gastronómico, lo había adquirido en un extenso viaje por México, también en su época de estudiante, aprendiendo a degustar los bocadillos en familia como la quesadilla habanera y el sánduche jalapeño. Desde entonces, el ají era parte indispensable en sus comidas.
Claudia, que también era brava a la hora de servir el pique, como lo llamaba a veces. nos dijo que en una cafetería en Buenos Aires, muy cerca de la avenida Discépolo, un compositor que tiene a su haber tangos fundamentales como Uno, Yira y Las cuarenta que Fiori tarareaba con regusto, pidieron salsa picante para adelantar unas empanadas que ofrecían su sabor exquisito desde el mostrador.
La única salsa que ofrecieron fue chimichurri para la carne y el chorizo y, de contera los regañaron por “echar a perder las empanadas”, abrumados por lo que consideraban anómala petición gastronómica. Desde entonces y, por mucho tiempo, Claudia añadió a su equipaje un par de frascos de ají picante.
El 16 de marzo de 2021, el Ministerio de Cultura le entregó la Medalla al Mérito Cultural “por descentralizar las diferentes expresiones culturales”. a través de la Fundación La Cueva y el Carnaval Internacional de las Artes: “Fiorillo ha dejado una huella y un legado trascendental en Colombia y particularmente en Barranquilla. Él se ha destacado durante casi dos décadas por entregar a sus coterráneos un espacio que ha contribuido a la descentralización de la cultura y, como reza su eslogan, es un lugar único en el mundo”, rezaba e documento que sustentaba esta presea.

El compromiso primordial de Fiori, era con sus lectores, realidad que encaja precisa para ilustrar su labor como columnista, ejercida desde un concepto de responsabilidad total, con el ánimo de establecer luces en los hechos que eran materia de sus análisis, arduos, pormenorizados, escritos con frecuencia semanal en Barranquilla o donde estuviera. El valor de la palabra como testimonio, fue la esencia de su credo.

