
Como casi siempre sucedía en la Colombia de mediados del siglo XX, a Isolina la matricularon en la escuela primaria cuando ya había cumplido los 12 años de edad. Durante ese período estuvo bajo la tutela de la profesora María Hernández Atencio, a quien todo el mundo conocía como la “tía Mayo”.
En Isolina, la tía Mayo encontró a una estudiante difícil, quien no sólo pasaba participando en cuanto desorden se formaba en el colegio, sino que también se liaba a puños con estudiantes de mayor estatura y edad que ella. Para castigarla, la profesora la alejaba en un rincón y la ponía a aprenderse una lección que debía recitar con todos sus puntos y comas. Pero, cuando pasaba por el sitio de la penitencia, encontraba que la estudiante, en vez de estar concentrada en las letras, se ponía a cantar a voz en cuello.
—Así, nunca te vas a aprender esa lección.
—Tía Mayo, es que si no canto no me la aprendo.
Tenía 14 años cuando concluyó el tercero de primaria y decidió no volver más al colegio, porque se hastió de las amonestaciones que sobrevenían después de sus pilatunas, además de que, según ella, sus padres nunca tenían para comprarle libros, de modo que le tocaba copiar las lecciones con textos prestados.
A esa edad, mientras su mamá laboraba en Cartagena como muchacha del servicio; y su papá trabajaba como fogonero en el Ingenio Santa Cruz, del sector La Cruz del Viso, ella se enroló en la misma empresa como ayudante de cocina, hasta que Ana Carmela Blanco Torres, una prima, le consiguió un trabajo de criada en el barrio El Prado, de Cartagena.

“Para esa época ya me conocía todos los oficios que se hacen en una casa, pero nunca había trabajado como muchacha del servicio. Eso sí, cuando llegué a la casa de El Prado le dije a la señora que me indicara todo lo que había que hacer y que no me dijera más nada, porque no me gusta que me manden. Esa señora me tomó mucho cariño y hasta me dijo que no entendía por qué yo andaba sin plata, teniendo una voz tan bonita”.
Posteriormente, se le presentó la oportunidad de trabajar en Barranquilla en casa de familia. Allá duró tres años, durante los cuales volvía a Gamero en Semana Santa y diciembre. En una de esas visitas encontró la oportunidad de reintegrarse a la cocina del Ingenio Santacruz y no dudó un segundo en quedarse en esa empresa, hasta que finiquitó el contrato y se marchó nuevamente para Cartagena, pero esta vez a trabajar en los barrios Manga y Bocagrande.
“Me gustaba trabajar más en Manga, porque terminaba mis oficios y en la tarde podía irme para cine, para el Parque del Centenario a ver las retretas o a visitar paisanos en otro barrio. Pero en Bocagrande salía únicamente el día de descanso. Me acuerdo que para las fiestas de noviembre, en la bahía ponían una caseta que se llamaba ‘Cerveza Águila’. Esos bailes eran muy buenos. Ahí fue donde me conocí con Algenor Crespo, con quien empecé un romance de parranda. Después, nos seguimos viendo y salí embarazada de mi primer hijo, que nació en la noche y se murió en la mañana. La relación con Crespo tampoco duró mucho”.
En Cartagena permaneció trabajando diez años, hasta que se conoció con un nativo del palenque San Basilio llamado Jacinto Estrada Valdez, apodado “El Perci”, con quien se fue a vivir a Palenque, donde nacieron sus dos primeros hijos. El resto nació en Gamero. De esa unión surgieron Nora Cecilia, Rolando José, Rudy, María Fernanda y Katiuska.

“Duramos siete años viviendo en Palenque y después alquilamos una casa en Gamero, dejamos a los pelaos al cuidado de mis hermanos y nos fuimos para Venezuela con la idea de ahorrar para comprarnos una casa propia. Cuando regresamos, la compramos en el barrio Corea. Allí duramos viviendo 23 años, hasta que me aburrí con las borracheras de El Perci. Él era un tipo muy buen trabajador y organizado, pero cuando se tomaba los tragos, su tema era insultarme y tratarme mal”.
Pero la separación consistió en que Isolina se regresó a Cartagena, más exactamente al barrio Manga a retomar su antiguo trabajo de criada, mismo que tuvo que abandonar cuando se enteró de que El Perci se había marchado para Venezuela, dejando a los hijos al cuidado de los vecinos.
Isolina regresó a Gamero y se dedicó a trabajar en cuanto oficio se le presentara, tanto de hombres como de mujeres, hasta que El Perci regresó de Venezuela con la firme intención de reanudar sus relaciones con la cantadora, pero ella hizo todo lo posible por esquivar unos asedios amorosos que terminaron convirtiéndose en acoso.
Pero llegó el momento en que El Perci, habiendo comprobado que definitivamente no conseguiría nada con Isolina, se marchó para Palenque donde murió mucho tiempo después, cuando ya los hijos eran adultos e Isolina se había comprometido en maridaje con Murillo.
Llegado el año 1993, el corregimiento de Gamero, y todo el Caribe colombiano, se vistieron de luto al conocerse la noticia del fallecimiento de la cantadora Irene Martínez, quien desde finales de los años 70 había sido una de las primeras voces fundadoras del conjunto Los soneros de Gamero, para después, en la década de los 80, convertirse en la voz principal y vendedora de esa agrupación en la Región Caribe y fuera de ese territorio.
“Cuando yo estaba pequeña —recuerda Isolina— era normal que en Gamero se formaran bullerengues en cualquier calle, sala o patio. Y una de las personas que participaban de esas parrandas era Irene Martínez. Yo casi no pude presenciar sus actuaciones, pero sí escuché hablar de ella y de lo bonito que cantaba. Cuando crecí un poco más, ya Irene era famosa al lado de Los soneros de Gamero y hasta me aprendía sus canciones, porque en el pueblo ya no se organizaban tantos bullerengues, pero los picós ponían los discos que ella grababa”.
El mismo año en que murió Irene, Isolina estaba en el patio de su casa lavando ropa y colgándola de unas cuerdas al sol, pero al mismo tiempo iba vocalizando las canciones viejas que se le venían a la memoria. De pronto, hacia el fondo del patio alcanzó a percibir que un hombre alto y blanco estaba apartando las cañabravas de la cerca, para cruzarse hacia su patio.
“Era Wady Bedrán. Llegó calladito, se me paró al lado y me preguntó mi nombre. Después me preguntó que de quién era hija. Y por último me preguntó que si quería ser la cantante de Los soneros de Gamero. Le dije que sí y me dio un casette donde tenía una canción que quería que me aprendiera. ‘Cuando ya creas que te la sabes —dijo—, vas a mi casa en Cartagena, para ponerte a practicar con el grupo’”.
La canción que estaba grabada en la cinta magnetofónica era La tranca, de Luis Guillermo de los Ríos.

“Al principio, cuando la canción estaba en casette, no me parecía gran cosa. Sin embargo, me la aprendí y me fui para la casa de Wady, pero siempre que iba lo encontraba durmiendo. Entonces resolví no regresar, hasta que un día me llamó para preguntarme que si ya me sabía la canción, porque acababa de alquilar un estudio, para que la grabáramos enseguida. Cuando llegué a Cartagena, encontré que Wady le había hecho unos arreglos muy buenos al tema, tanto en la letra como en la melodía, y entonces sí me pareció más interesante”.
La tranca, un son corrido —que también es designado como ritmo chalupa— fue grabado el 11 de septiembre de 1999, en el estudio del guitarrista y compositor Dunis Franco, en el barrio El Gallo. Para ese entonces, Isolina contaba con 52 años de edad y era esa la primera vez que pisaba un estudio de grabación, cosa, que según confiesa, no le causó ningún ataque de nervios, aunque los músicos se surtieron de varias botellas de ron para sobrellevar el estrés propio de esas labores.
“Después que se terminó la grabación, Wady me advirtió que no podía cantarla hasta que no estuviera en las emisoras, pero yo la cantaba en Gamero haciendo los oficios o cuando me iba para el monte con Murillo. La canción salió a la calle cuatro días después de la grabación. Al quinto día hicimos un video con el grupo completo. Mi primera presentación fue en un gozón novembrino del barrio Las Palmeras, donde alternamos con Lidio García y Los gaiteros de San Jacinto”.
Posteriormente, vinieron más presentaciones más allá de las fechas correspondientes a las fiestas novembrinas de Cartagena y a los carnavales de Barranquilla, donde Isolina tuvo la oportunidad de conocer a los grandes monstruos de otros géneros musicales como Oscar D’ León, Tito Nieves, Wilfrido Vargas, Diomedes Díaz y el Grupo Niche, entre otros, a quienes solía encontrase por toda la Región Caribe y en el área insular de Colombia.
“Después de La tranca grabamos El tun tun y El pirulo, que se oyeron, aunque un poco menos que la primera. Hasta el momento he grabado como unas cuarenta canciones, que están en las redes sociales. Llevo 23 años trabajando con Los soneros de Gamero. Gracias a ese grupo llegaron nuevas cosas a mi vida, que tal vez no hubiera conseguido trabajando como muchacha del servicio o cargando leña en el monte”.
A estas alturas de la conversación, ya Murillo terminó de lavar los trastos del desayuno y el sol va saliendo penosamente entre unas cuantas nubes que amenazan con más lluvia. Isolina se levanta de su silla de madera, entra a la vivienda y se demora unos veinte minutos en regresar ataviada con un turbante rosado, una blusa roja de encajes, acuñada dentro de una falda larga fondo blanco, coloreada con pájaros y flores, y plisada en la parte más baja. Es su uniforme de cantadora.
“Ahora sí puedes tomarme fotos”, ordena soltando una carcajada que surge de sus labios recién pintados de rojo, y se resume en la pequeñez de los ojos.
Después de la sesión de imágenes, en la que también participó Luis Guillermo de los Ríos, la calle sigue esperando con sus charcos brillando bajo el endeble sol.

