"La Plaza ofrece un sentido texto de Jairo Solano Alonso sobre su abuelo Augusto Alonso, legendario linotipista del diario El Heraldo. Solano Alonso, es Sociólogo, doctorado en Ciencias de la Educación y en Historia de América. Autor de más de 20 libros, es Investigador Emérito de Colciencias, melómano y cantautor, un completo ser Caribe"
Jairo Solano Alonso

El Abuelo fue a recibirme al aeropuerto de Soledad cuando volví a la ciudad, confundido y transido de dolor después de la muerte intempestiva de mi madre en la fría y nublada capital. Me recibió con su sonrisa de siempre, cuando mi tío Adolfo, el hombre bueno, vestido de caribe, nos fue a recoger a Bogotá, a mi hermana Tania y a mi. Lo primero que sentí fue la caricia agresiva de calor húmedo y un sol aplastante, que me indicaba que había llegado a otro mundo.

Aquel hombre laborioso a quien llamábamos Papá Canoso, desde ese momento se convirtió en mi padre y se dispuso, con sus chanzas y gracejos barranquilleros a enseñarme a vivir, después del rudo e inesperado golpe que había sufrido, a mis diez años. El claro cielo veraniego de mi nueva morada me inundaba de sudor y desde entonces, el abuelo se dedicó a enseñarme que ésta era mi tierra y que en ella debía aprender a vivir, después de los años de encierro capitalino, ya que, durante ellos, Blanca y Huguito, mis padres trabajaban y se veían obligados a dejarnos encerrados, bajo llave, en heladas habitaciones.

Con su memoria gráfica y sus cansadas manos de linotipista, mi abuelo me contaba, con serenidad y paciencia digna del mejor maestro, las historias básicas para que el cachaquito que yo era, por mis ocho años en Bogotá, adquiriera los valores que fundamentaban el sentir barranquillero y caribeño.

Me contaba que la prosperidad de Barranquilla, se debía a que la ciudad tenía la doble condición de puerto de río y de mar. Que el muelle de Puerto Colombia era uno de los más largos del mundo, que por allí había entrado la civilización a Colombia. Mis ojos de niño se desorbitaban, cuando me contaba que aquí había nacido la aviación con la colombo alemana Scadta, que también la radio había surgido aquí con el norteamericano Elías Pellet, como puerta de acceso a la cultura universal, que la ciudad era emporio industrial y comercial, en fin, que tenía un parque automotor sorprendente para la época.
Cuando refrescaba la tarde en la terraza de mi casa, y debajo del palito de matarratón, me decía que la Arenosa, era la cuna del futbol y el béisbol, en fin que contaba con una gran población de empleados de comercio y obreros, que poseía el más bello barrio residencial: El Prado, pero también viviendas diseñadas para obreros en los barrios Modelo y las Nieves, en fin que la impetuosa voluntad de sus hijos había abierto las Bocas de Ceniza para que pudieran entrar por allí buques procedentes de todo el mundo, como antes los recibía en Sabanilla y Puerto Colombia.

Augusto Alonso, linotipista del diario El Heraldo, amigo de trasnocho con el joven Gabriel García Márquez, quien lo menciona en una de sus columnas La Jirafa

Conocedor de la historia, el abuelo compartía desde mis diez años y con orgullo sus recuerdos, en forma de pequeños relatos, acerca aquel promisorio poblado pajizo que quiso progresar de la mano de extranjeros (alemanes, italianos, ingleses, norteamericanos, judíos ashkenazis, sefarditas, y también de árabes, a quienes llamaban turcos). También habitaban entre nosotros españoles, especialmente, catalanes en su mayoría, radicados aquí desde el último tercio del siglo XIX. En la construcción de este imaginario habían contribuido eficientes dirigentes, muchos venidos de Cartagena, Santa Marta y Ciénaga, quienes decidieron darle una fisionomía de ciudad en torno a su única parroquia principal: San Nicolás.

Aquellos hombres vestidos de blanco dril y sombreros de tartarita, construyeron al lado de ésta, un lugar de encuentro que se llamó sucesivamente: Calle Ancha, Camellón Abello, Paseo Colón y finalmente Paseo Bolívar. Allí se reunían a finales del XIX, las bandas de la ciudad a las retretas nocturnas interpretando arias italianas, pasodobles españoles, valses vieneses, polkas alemanas y mazurkas polacas, como expresión de los numerosos extranjeros que vivían en la ciudad.

Mi abuelo tuvo la fortuna de nacer con el siglo XX, en 1900, puesto que le tocó vivir la belle epoque de los años 20, cuando Barranquilla emerge como ciudad moderna. Por eso se enorgullecía de los hitos de prosperidad, logrados en poco tiempo, en el último tercio del siglo XIX.

No conozco bien nuestros ancestros, pero se que el abuelo era un mulato criollo, autodidacta, de origen humilde, que debió forjarse por si solo. Me contaba en su silla de mimbre, que había empezado haciendo los mandados en el principal periódico de entonces en la arenosa urbe, la Nación, casi saliendo de su adolescencia, pero nunca despreció la lectura de los diarios, ni las publicaciones que caían en sus manos.

Por eso aprendió el oficio del linotipo, observando a los legendarios maestros de ese arte exclusivo, que tenía el hermetismo propio de un gremio medieval. Lo ejerció después en El Heraldo y La Prensa tras el asesinato de su jefe, el director de la Nación, Pedro Pastor Consuegra, en una novelesca acción que tuvo lugar durante un espectáculo en el Teatro Cisneros en 1925. Entendió la importancia de la ortografía y la corrección de pruebas, lo que le facilitó el diálogo cotidiano que periodistas, escritores y columnistas de su tiempo, tenían con los linotipistas y armadores. Eso lo reconocerá Gabo, en los años 50, cuando menciona a mi abuelo, en una de sus Jirafas de El Heraldo.

Después entendí por qué, siendo yo muy niño, me hablaba de uno de sus amigos a quien llamaba Gabito, sin llegar a conocer, en ese momento, la dimensión que había de tener aquel columnista de entonces para las letras nacionales. Trasnochadores insignes, salían de su trabajo en la madrugada a comer fritos exquisitos y chuletas festivas donde el Negro Adán, y quizá también acudían a olvidar angustias en aquellas casas de mujeres alegres, cuyas alcobas permanecían a media luz, como enseñaba el tango de Gardel, uno de sus ídolos, a cuyo espectáculo asistió en Barranquilla en vísperas de su muerte en el aeropuerto de Medellín, el 24 de junio de 1935.

El Abuelo, diariamente llegaba a la casa trasnochado del trabajo con una bolsita de empanadas y fritos para sus nietos, después, me entregaba puntualmente, el periódico de la fecha y me contaba las incidencias de la edición. A la vez me regalaba matrices y barras de plomo con las frases fundidas, mientras me contaba acerca de las noticias fantásticas y alucinantes, que le narraban sus amigos del oficio, en las empresas editoriales donde había trabajado, desde la segunda década del siglo XX. Aprendió de esos encuentros, que la lectura cotidiana era básica para formar ese nieto que había adoptado después de cumplir los 59 años. Él se había hecho cargo, a su modo, de mi educación, cuando quedé huérfano y desorientado a mis 9 años en la gélida capital y ¡Ah, que cumplió bien su papel de educador!

Mientras tanto, mi Abuela y mis tías, en una sabia división del trabajo, se encargaban, conforme a la usanza de la época de la formación de mi hermana Chiqui. Al final todos nos encontramos, cuando en la adolescencia me enamoré de la música, puesto que con agrado y ternura, llevaba a mi prima y hermana Rosy, a estudiar piano en la Escuela de Bellas Artes, como era el sueño de mi tía Mela, aquel bello ser que nos introdujo en el sublime universo musical, aunque no ocultaba su predilección por las obras del clasicismo y el romanticismo europeo. No obstante, siempre nostálgica de su juventud, le fascinaba bailar con delectación los ritmos cubanos y no sabemos cómo hacía, pero nos mantenía al día en los aires del Caribe colombiano.

La ciudad emergente que le tocó a Augusto vivir en su juventud, había avanzado en progreso material, evolucionó muy rápido de Villa a ciudad entre 1813 y 1857. Se desarrolló de Niña a Mujer, seductora y pletórica de optimismo. Recibió soñadores procedentes de todos los confines, gentes con su equipaje de ilusiones y su fardo de esperanzas, materializado en el traslado completo de sus propias casas, o la reconstrucción idéntica, de acuerdo a sus nostalgias, como el caracol.

Abierta y sensitiva recibía alborozada desde aquellas calendas a los advenedizos del exterior especialmente alemanes, españoles e italianos y por supuesto capitanes de sus barcos de vapor de origen norteamericano e inglés y por supuesto a cartageneros cienagueros y samarios que forjaron su utopía en esta tierra.

Barranquilla, legendario sitio de libres, era una tierra de todos. Mi abuelo se jactaba de su carácter civilista, alejado de la violencia liberal-conservadora que desangraba el interior del país. Conservador azul de metileno, turquí hasta el tuétano, admiraba al Laureano orador terrible en sus debates, de los años 20 al 40, pero a la vez era amigo del diálogo y diplomático por vocación, por eso era respetado en el Sindicato de linotipistas e impresores, que era una organización fuerte indispensable para el funcionamiento de la prensa de la ciudad.

Se enorgullecía que Barranquilla desde siempre fue musical, que había tenido su propia fábrica de pianos en 1902, y ofrecía pianolas y rollos musicales precursoras de los discos que vendrían en 1925. La ciudad portuaria, había albergado a los habitantes de los pueblos de río y del Magdalena, que la invadieron con su alegría musical desbordante. Admirador del Trío Matamoros, insignia de Cuba con su Son de la Loma, los había visto en su presentación en el teatro Colombia en 1934. No obstante, su admiración se desbordaba cuando hablaba de Guillermo Buitrago, el cienaguero cuyos versos narrativos después convirtieron en vallenatos. Consideraba a ese trovador legendario como el insuperable cantor del pueblo, a quién por envidia, según decían sus admiradores, le habían hecho un maleficio para que desapareciera prematuramente.

Augusto Alonso, abuelo de Jairo Solano, con dos amigos colegas linotipistas y una madre con su hijo.

Mi Abuelo era ese ser humano, alegre y jovial conversador, el barranquillero de las cinco décadas más brillantes del siglo XX, cuando la ciudad empezó a palidecer con la pérdida del liderazgo portuario del Río Magdalena . No obstante, persistía su optimismo, porque si bien empezaron a aparecer voces pesimistas como las del influyente locutor Marcos Pérez Caicedo, quien decía que a la ciudad se la había llevado “Pindanga”, él consideraba que la ciudad que amaba habría de recuperar su sitial.

Fue en esa época cuando me hablaba de la fastuosa fiesta de San Roque que sobrevivía en sus recuerdos. Me contaba que aquellos maravillosos regocijos habían surgido cuando el pueblo agradecido celebraba la milagrosa intervención del Santo de Montpellier, en la erradición de la peste del cólera en Barranquilla. Por esto, los habitantes del próspero barrio popular que lleva su nombre, y de toda la ciudad, celebraban desde los nueve días previos a la fiesta del taumaturgo, en la Arenosa Calle de las Vacas.

La fiesta de San Roque era una inmensa convocatoria que incluía castillos, varas de premio, boxeo, toros, ruletas, viandas para todos los gustos, y por supuesto, las mujeres más bellas y mejor ataviadas de la ciudad se daban cita en el jolgorio colectivo en evocación a la moda de los años 20 y 30. En cada casa y en las aceras del Barrio San Roque salían a cautivar con sus cortes de pelo corto, sus labios y maquillajes coloridos propios del charlestón. Después de sus emocionados relatos sobre la fiesta que marcó su juventud, y con la evocación de algún amor perdido, mi Abuelo prosiguió su magisterio. Quizás esa fue la razón por la cual, cuando llegué de Bogotá me matriculó personalmente en el Colegio Salesiano de San Roque.

Otra de sus pasiones que me transfirió mi abuelo, fue la del Béisbol, al que llamaba el Rey de los deportes. Aquel joven linotipista, testigo excepcional de los acontecimientos mundiales, era amante de los Yankees de Nueva York desde los años 30 y me explicaba con pasión su trayectoria triunfal, con emoción en sus pupilas. En honor a su memoria asistí en el año 2016 al legendario Yankee Stadium, a contemplar un juego de su equipo.

En su papel irrenunciable de maestro, me enseñó las reglas del juego, después me llevó al estadio Tomás Arrieta a ver un partido, de equipos legendarios de nuestro profesionalismo: Vanytor y Willard. Allí empezó su clase para que entendiera los secretos del juego, que para él era casi científico, por las estrategias que contenía. Me explicó que algunos managers, se atenían a un libro imaginario de procedimientos ineludibles. Para ir a la práctica, como no había recursos encargó a mi abuela Luz, ser especial a la que dedicaré otro escrito amoroso, de confeccionarme una manilla de lona para que yo lo jugara.

Nunca cesó de hablarme de su equipo glorioso, máximo ganador de Series Mundiales, también llamado los Mulos de Manhattan. Destacó la sabiduría y autoridad del manager de 1959, Casey Stengel y compartió conmigo sus ídolos más preciados: Babe Ruth, el mejor, máximo jonronero, bateador virtuoso y díscolo de los años 30, portador de la maldición de los Medias Rojas de Boston. Lou Gehrig brillante jugador de aquella década gloriosa, Joe Di Maggio, inigualable bateador y jardinero central, privilegiado con el amor de Marilyn Monroe, Yogui Berra, catcher inigualable, cuya consigna: “El juego termina cuando termina”, se convirtió en un apotegma. Para mi fortuna los Yanquees de 1959, tenían a los bateadores insignes Mickey Mantle y Roger Maris, quien llegó como Ruth a los 60 cuadrangulares en una temporada, y a Whitey Ford el zurdo ganador del premio Cy Young.

El béisbol era para él el juego de la inteligencia y del respeto de las reglas del juego y a las autoridades que eran los Umpires, me enseñaba normas a partir del juego y una fundamental: El error nunca viene solo, siempre tiene consecuencias. Al fin y al cabo, el béisbol, me decía, es como la vida en un inning te ponchas y en las otras bateas home run. Siempre hay revanchas. Me enseñó sus locuciones inglesas como pitcher, catcher, filder choice, Wild pitch, Inning, infild, short stop, hit and run y sus equivalentes en el caribe.

El juego norteamericano y caribeño, era un solaz en su vida laboriosa y sacrificada de linotipista, donde trajinaba con plomo ardiente que transformaba ideas en matrices y galeras. Al final de su vida, en 1968, cuando ya había cumplido su misión y yo ingresé en la Universidad, le dio el testigo, como en una carrera de relevos, a mi tío Augusto, el brillante y querido ingeniero que prosiguió mi formación con paciencia de un padre, hasta verme profesional. Gratitud perenne.

Volviendo a mi Abuelo debo decir que siempre me pareció fascinante su oficio de linotipista e impresor. Desde mi niñez me atrae poderosamente el olor de las tipografías y quise trabajar en ellas, pero me dijo que yo debía leer para que pudiera escribir y otros hicieran mis libros. Con seguridad su clarividencia, fraguó mi vocación de docente e investigador. Ese era el abuelo que amaba la vida y me enseñó el sendero que debía transitar, para entender mi presente y forjar mi futuro con el sueño de ser un hombre decente y digno exponente de mi origen, pero con la responsabilidad irrenunciable de contar la historia de mi ciudad y mi esencia caribe.