
Habían pasado doce años desde su desaparición, o como ella le llamaba, de su muerte. Doce años de ojeras, de pesadillas ininterrumpidas, de soñar despierta. Diez desde su primer intento de suicidio, cuatro meses desde el último. Ya no comía, se le había caído el pelo y llegaba a pasar semanas completas sin bañarse presa de una depresión cíclica, sin salida, presa de silencios constantes que la condenaban a asumir una pena, a peregrinar la culpa con el correr de los días.
Matthew, su hijo, se había perdido el 23 de octubre de 1996 cuando apenas tenía veinte años. Estaban dormidos, ella en el cuarto matrimonial junto a Ralph, ahora su exmarido y sus otros dos hijos: Phillip y Anais en los suyos.
Había sido una mañana ardua de mucho movimiento, empacando regalos y cocinando grandes porciones de comida. Al día siguiente, 24, Matthew cumplía su mayoría de edad y, como cada año, se preparaba para compartir su celebración con los más necesitados. Ralph manejaba la camioneta, Anais cantaba con su vocecita de renacuajo en los asientos traseros en camino a un centro de atención y ayuda para los homeless de California. Ella misma y su hijo menor, Phillip servían la comida en recipientes de poliestireno y Matthew repartía a los sin-hogar regalos: almohadas, ropa, sábanas, toallas, cepillos de dientes y crema dental, les regalaba cupones de comida, gaseosas dietéticas, jugos, libros, papel higiénico y revistas, botellones de agua. Se gastaba casi mil quinientos dólares sirviendo a otros y ese era el golpe más duro para ella, no solo le habían arrebatado a su hijo, le habían negado al mundo una persona santa. Le habían impedido a la humanidad el conocer lo que significaba ser un alma buena.
Las llamadas comenzaron al mes siguiente. La casa era un nido de desesperación, Anais y Phillip vivían con sus abuelos maternos provisionalmente mientras ella y Ralph intentaban dar con el paradero de su hijo adorado.
La policía investigaba con ahínco a vecinos, amigos y profesores. El instituto y la universidad fueron barridos, los vagabundos cuestionados. La casa de los McAllister se había convertido en un cuartel, una base prioritaria de búsqueda en ese pueblecito tan callado y paciente.
A las doce del mediodía del 25 de noviembre el teléfono repicó suavemente como si fuera una llamada informal. Ella, activada por la desesperación, descolgó el teléfono a la segunda timbrada. Sostuvo por un momento la llamada y luego se desmayó encima de la mesita de vidrio incrustándose, sin proponérselo, pedacitos puntiagudos de cristal en los brazos y la cara.
“¡Era su voz Ralph!” gritaba la mujer una y otra vez, la cara sangrando, como si fuera un colador de espaguetis, estaba enloquecida de pánico y de horror “¡era su voz! ¡Era su voz fuerte y clara!” Se pudo calmar dos días después, había entrado en un estado de shock imperturbable del que salió al oír de nuevo las voces de sus otros hijos: Anais, con sus cuatro años, demasiado flaca para su edad y Phillip, de trece, de hombros caídos, los ojos llenos de angustia y llanto. Ella los abrazó, como si quisiera adosarlos a su cuerpo débil para jamás soltarlos o dejarlos ir. Su pobre alma no lo soportaría. Sus niñitos, su príncipe y su guerrera. Antes de verlos sufrir los mataría ella misma, pensó decidida. Nadie les arrebataría su inocencia ni su bondad como lo habían hecho con su hijo, al que seguramente estaban torturando, clavando cosas en su cuerpo, arrancándole la piel a pedacitos. Un escalofrío violento, que luego se transformó en temblores crónicos, le cubrió la espalda. Sentía un peso en el estómago como acero de barco intentando quebrarla por dentro y en dos.
Los ataques empezaron paulatinamente y obligaron a Ralph a internarla en el hospital por su propia seguridad. Ella permanecía sedada, libre de angustias, en una nebulosa pacífica donde Matthew no existía, donde su ausencia no se le incrustaba como alfileres en el corazón.
El 23 de diciembre llamaron a la casa de los padres de Ralph donde éste pasaba las peores navidades de su vida junto a sus hijos pequeños. Anais contestó el teléfono a las siete de la noche en punto. Hasta su orejita llegó la voz de su hermano mayor que, con toda tranquilidad, le deseaba unas buenas fiestas y le pedía que cuidara a su madre. La abuela Nan la encontró a eso de las siete y media desmayada en el piso de madera en medio de un charco de orina. La niña miraba el techo con los ojos como platos sin parpadear. No lloraba y tampoco había surcos de lágrimas en sus mejillas. Cuando Ralph, alarmado por los alaridos de su madre en el primer piso, llegó a la escena, recogió con mucho cuidado los restos de porcelana quebrada que era su hija menor. Al tenerla en brazos le sintió los músculos agarrotados como los de una estatua sin vida, como si todo su cuerpo estuviera arremolinado en torno a un nudo de angustias dentro de ella.
En el hospital lograron aflojarle el sufrimiento, pero su salud empeoró. Anais se fue deshaciendo lentamente, se le descubrió una arritmia cardiaca y cáncer en los riñones tan avanzado que los doctores aseguraban que era un milagro que la niña continuara con vida.
Ralph consintió que despertaran a su mujer, no le podían ocultar por más tiempo el estado de la niña. “Si se muere y no lo sabe no me lo perdonaré” repetía Ralph una y otra vez, había asumido lo peor sin darse cuenta, tan anestesiado estaba ya a las fatalidades. Comenzó a tomar whisky antes del desayuno, después del almuerzo y en la oficina. Sus empleados fingían sordera espontánea cuando el llanto desgarrador se colaba por el resquicio de las puertas y ceguera aguda cada vez que
llegaba tarde. Compadecían al hombre más allá de lo socialmente aceptado, o por lo menos los primeros meses de aquella tortura.
Anais murió el 23 de enero a las cinco de la tarde. Completamente sola, asustada y temblando se despidió del mundo. A las cinco y diez minutos entró una llamada al hospital que quedó grabada en los registros: provenía del cuarto de la paciente McAllister.
Pasó un año completo antes de que ella pudiera aceptar la muerte de su hija. Mientras su mente parecía olvidar y perderse con el correr de los días, las llamadas telefónicas de todos los meses en los días 23 continuaron. Ralph y ella las esperaban con devoción, escuchar la voz de su hijo, el calor que emanaba su entonación en cada “mami, papi, Phillip, abuelo Lin, abuela Nan, abuelo Ros” se había convertido para la familia casi que en una religión, pero ya no mencionaba a Anais, como si la grabación supiera que la niña había muerto.

