
En las reuniones familiares me ha intrigado con frecuencia la figura de dos hombres, dos antiguos viajeros de la vida que conozco hace tiempo. Al observarlos me siento un niño en medio de un parque contemplando a dos majestuosos sabios que se comunican en lengua extraña. Intentan, con esmero, recrear algún posible escenario de la mítica saga de El Padrino. No cabe duda que si hablamos de su gesticulación ostentosa estamos ante una auténtica conversación entre sicilianos de sangre, pero su ocurrente italiano ficticio relata muy bien que se trata de dos personajes provenientes del Caribe.
¿Sabrán que ya los descubrí? Misterio indescifrable.
Al primero de los sabios siempre lo veo con su emblemático sombrero, sus lentes redondos como dos lunas de cristal. En su rostro descansa una suntuosa constelación de finos hilos de plata. Dedicó sus fuerzas a esculpir, con el sensible trazo de su pluma, ventanas de tinta hacia realidades desconocidas, dignificando héroes cotidianos, dilucidando la historia de grandes artistas, reparando con sus letras las comisuras de una ciudad herida por el tiempo.
Lleva consigo el corazón del campo y la ciudad, las cicatrices invisibles de la vida, el fragor del trueno que se diluye en el insondable tono de su voz. Es habitual que en nuestras conversaciones solo se crucen algunas cuantas palabras, pero nunca ha importado en lo absoluto, siempre nos ha unido el silencio, la inexorable pasión por contar historias, el pueblo de pescadores donde alguna vez fui un hombre de arena, la imagen de mí mismo cargado entre sus brazos, contemplando el suspiro de la última flor morada enredada en el barandal de aquél balcón.
El segundo, por su parte, conserva en sus ojos el recuerdo del color azul del infinito y vasto océano que surcó alguna vez hace muchos años. Siempre me he preguntado qué hacía en sus tiempos libres cuando los días se hacían eternos a bordo del navío; quizás contemplaba el mar, solo el balanceo del mar y su ondulada manta, quizás se ponía a contar estrellas o intentaba inútilmente alinear los astros, no lo sé. Es un viejo ángel que viste de adolescente. Tengo la certeza de que ha sido mi sombra en mis paseos por la vida. Estaba conmigo cuando era solo un pequeño que en sueños de muralla corría mientras volaba su cometa de colores. Es un amigo de otra generación que iba a mi lado en el asiento del bus mirando por la ventana, mientras el sol le doraba el rostro. Está en lo esencial de cada instante. De adversidades y contratiempos, no depende si se trata de hacernos compañía para hablar del tiempo y las historias que nos unen. No quiero sonar pretencioso, pero parece que al escuchar mi nombre, se vuelve inmortal.
Es preciso pensar que vienen de muchas partes. Posiblemente han recorrido todos los senderos del horizonte. La existencia y sus resquicios sutiles han grabado en su piel alguno que otro remordimiento. Algunos los aman, otros no tanto. Para mí, son solo dos viejos conocidos, mis abuelos, Eduardo y Gustavo, seres de incalculable humanidad que en charlas eternas, amenizan la noche del mundo.

*Santiago García Zakzuk, mi nieto y el nieto de Gustavo, es músico, ha sido Director Jr. de La Plaza/impreso/, es periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y dirige la sección Jóvenes en La Plaza. Al estrenarse hoy con esta pincelada literaria, ha hecho rodar unas cuantas lágrimas por mi rostro/ EGM.


Excelente remembranza,me conmovió,me recordó tanto a mis abuelos,tan diferentes los dos pero auténticos,reales, sufridos y luchadores,gracias,sigue así