"Esa misma noche, utilizando una lámpara de kerosene para iluminar la sala de su casa, comenzó a componer la marcha fúnebre. Tarareaba y escribía. Tarareaba, borraba y volvía a escribir."
Álvaro Rojano Osorio

María Josefa Barrios le pidió a su hijo, Nicolás Herrera, que averiguara si el maestro de música Rafael Medina estaba en el pueblo. Y de encontrarse, le dijera que por favor viniera a su casa. Para entonces, su voz era débil, su mirada vidriosa. Tenía el semblante de una mujer al borde de ser derrotada por la muerte.

“Mamá, él está acá, pero dígame qué necesita decirle para llevarle la razón.” “Búscalo mijo, dile que venga a mi casa para pedirle un favor, pero que sea hoy.” Lo dijo como si fuera un clamor.

Rafael Arturo Medina Rodríguez, era profesor de música, en cuyo haber está el haber formado a músicos de la importancia de Edrulfo Polo, Manuel Villanueva, Rafael Martelo, José María Montes y J. Flórez, entre muchos. Además, fue instructor de piano y organizador de bandas de viento en el Caribe colombiano, incluyendo San Andrés Islas.

Nicolás, quien era trompetista, salió de su casa, en Pedraza, a buscar a Medina, de quien era su alumno aventajado. Era la una de la tarde. Lo encontró sentado en una silla María palitos en el patio de su vivienda. Aprovechaba la sombra fresca de un coposo árbol de Naranjito para escapar del calor del medio día. Lo abordó con temor reverencial y le explicó las razones de su visita. Medina, que era un hombre de tez clara, delgado, de buena estatura, con ojos de gato, le respondió, que con la fresca iría a visitarla.
En efecto, a las cinco de esa misma tarde, cuando el ocaso comienza a mostrar sus luces, salió de su casa ubicada en el marco de la plaza de Pedraza para atender el llamado de Josefita Castellón, como acostumbraron a llamar a María Josefa después de haber contraído nupcias con un hombre apellidado de esta manera.

Plaza de Pedraza

La encontró en el primer cuarto de su casa. Este, apoyado en la luz tenue del sol, que con poca firmeza entraba por los aleros del techo de palma sará, vio su silueta, la de una mujer vencida por la enfermedad que tiempo atrás la quejaba. Ella, al verlo llegar, desplegó su mejor sonrisa, estaba acostada en una cama de lienzo, recostaba su cabeza en una almohada, vestía una bata blanca, su cabello largo estaba esparcido sobre su lecho de enferma.

Acércate Rafa. Le dijo con una voz lejana, delgada y carente de fuerza. Él, atento y sonriendo, la escuchó decir: “Quiero que compongas una marcha para que sea interpretada el día de mi funeral.” Medina asintió con la cabeza, ella extendió su brazo sobre la cama y lo dirigió hacia el lugar donde este estaba. Él tomó su mano, sintió sus huesos, palpó que la vida ya casi daba paso a la muerte.

Rafael Medina no tenía argumentos para negarse a cumplir con lo que le pedía, pues ella era la madre de los Barrios y de Pedro Charris, músicos que, además de haber sido sus alumnos, hacían parte de las bandas de vientos que éste ayudó a organizar en Pedraza.

En la madrugada, la canción ya estaba compuesta

Esa misma noche, utilizando una lámpara de kerosene para iluminar la sala de su casa, comenzó a componer la marcha fúnebre. Tarareaba y escribía. Tarareaba, borraba y volvía a escribir. En la madrugada, la canción ya estaba compuesta. En la mañana temprano, volvió a leer y ajustar la composición. Luego la distribuyó a través de partituras entre los instrumentos de viento.

En la tarde citó a los miembros de la banda de los Charris a su casa, les entregó los textos con la letra de la marcha. Al día siguiente comenzaron los ensayos. Al segundo día, y después de una tarde en los que el maestro Medina hizo las últimas correcciones a los músicos, consideró que la agrupación había logrado la perfecta interpretación de la canción.

Ese día, en la tardecita, Medina volvió a visitar a Josefita y le informó que había compuesto la marcha. Ella le lanzó una mirada de agradecimiento y le dijo algo que este no alcanzó a escuchar. Después, silencioso se marchó por la calle de la orilla del río Magdalena, observando al sol irse por el horizonte. A las nueve de la noche doblaron las campanas de la iglesia. Era un sonido triste. Después alguien comentó: murió Josefita Castellón.

Después alguien comentó: murió Josefita Castellón

Rafael Medina llamó a la marcha Lágrimas de Madre, que solamente interpretaron la tarde en que sepultaron a Josefita. Era una canción sentida, un lamento, la que muchos, incluyendo a su autor, prefirieron olvidar.

Mi madre me contó esta historia, sin embargo, yo, sin haber nacido para cuando Josefita murió, estoy convencido de que vi pasar su cortejo fúnebre acompañado de la banda, cuyos miembros vestían de camisa blanca. La música era embriagadora, invitaba al llanto. No sé si lloré.

Luz María Osorio, madre del autor, le contó la historia