
A propósito del festival de letras que invade nuestra ciudad y a un reciente artículo del colega Antonio Laitano en La Plaza, recreo una anécdota en esta aldea con un maravilloso poeta:
La caliza formada en la planta de sus pies le servía como suela para andar en la ciudad de los zapatos viejos; ello me suponía que era un caminante empedernido. Durante sus últimos años de su vida lo vi deambular semi desnudo entre adoquines y balcones del corralito de piedra como un “Dios que adora a su pueblo”.
Su porte de atleta de la antigua Unión Soviética solía intimidar; una tupida barba cosida con cientos alambritos rojizos eran el marco de su cara y las atronadoras carcajadas que expulsaban sus fauces posiblemente lo hacían describirse como un ser “despreciable y peligroso”. Muchas veces vi escuadrones de policías acechar su omnipresencia, incluso cuando dormía fetalmente en las bancas del parque Fernández de Madrid.

Uno de esos días raros en el que llueve con el sol canicular y después de un examen de derecho Penal en la Universidad de Cartagena crucé a refugiarme en la vieja tienda del señor Támara a la cual se llegaba como jugando a La Peregrina. Ese arcaico recinto poseía un encanto aromático incomparable ya que por la parte trasera funcionaba un artesanal viñedo español, mientras que por el costado yacía el laboratorio de la soda más popular de Cartagena; así que allí, en esa tienda suspendida en el tiempo, podíamos permanecer horas enteras olfateando nuestro futuro.
En esa húmeda tarde aquel titán del trópico irrumpió en la tienda intimidando a los presentes; sin mediar palabra clavó su ígnea mirada en la mía y al igual que la mujer de Lot, quedé petrificado. Me había derrumbado sin antes ponerme de pie; se volteó hacia el mostrador, agarró el frasco de rancios merengues, lo soltó y se marchó; inmediatamente me asomé para ver su rumbo cuando sentí el vaho de su barba en mi nariz; no musitamos. Apenas abrí los ojos, el impávido Yamil sentado junto a su vieja amiga de madera y zinc me indicó que ya se había alejado hacía el mar, muy seguramente para fumarse el atardecer.

Nunca más volvimos a verlo por la calle de la Universidad de Cartagena, algo debió ponerlo sobre aviso. Ahora durante el día merodeaba por el parque de San Diego donde solía escupir su suerte en el pozo central y luego pernoctaba en la terraza desolada de una casona de Getsemaní cuya pared permanecía estucada de hollín y ácido úrico.
Dicen que la muerte tiene el poder de hacer visibles a los invisibles (o viceversa). Por allá en mayo de 1997, luego de que un bus embistiera a Raúl (o viceversa), su auténtica prosa y descarada poesía se propagó cómo pólvora por toda la comarca.

Mientras escuchaba esa triste noticia en el radio de pilas le dije a mi padre: Que lástima, ¡otro ángel caído en la desidia de nuestra aldea; mira todos esos poemas y versos; nada que envidiarle a Borges, Whitman, Lorca. ¿Sabes de quien te estoy hablando verdad? – le pregunté. Mi padre apagó su radio, envolvió el crucigrama, se levantó de su mecedora con dificultad y se perdió entre las cortinas y el viento murmurando: “como yerba fui y no me fumaron”. – creo que con eso me respondió.
Guarrú: Raúl Gómez Jattin fue además cinéfilo, actor y profesor, nació y murió en Cartagena, vino al mundo y se fue de él en el mes de las madres; vaciló y “baciló” entre Cartagena y Cartagenita, calle de Cereté. El maestro Tatis Guerra (2022, el Universal) entre otros escritores han cuestionado el suicidio del poeta, quien paradójicamente vivió en la calle de La Mantilla, nombre dado a esa calle porque una mujer despechada se quitó la vida con la manta de encajes que cubría su cabeza.


