
A principios de agosto de 1815 Pablo Morillo, al mando de los ejércitos imperiales de España, llegó a las goteras de Cartagena dispuesto a someterla a sangre y fuego, para continuar la campaña de reconquista de los territorios de la Nueva Granada que nacían a los aires de la libertad. Cartagena había declarado independencia absoluta el 11 de noviembre de 1811, y su osadía debía ser castigada con la mayor severidad no sólo como escarmiento sino como simbolismo de la grandeza del rey, cuyo poder emanaba de Dios, de acuerdo con los preceptos del «derecho divino».
Morillo había llegadeo a Venezuela con 15 mil hombres en armas y un número impresionante de navíos de guerra, para ejecutar el proyecto de reconquista, y luego pasó a su objetivo más estratégico: la toma de Cartagena, que tras la expulsión de los españoles en 1811 estrenaba su carta constituciona de 1812, y sufría las contradicciones mas agudas de sus líderes políticos.
El estratega militar ibérico, que había participado en la batalla de Trafalgar y en varias contiendas exitosas contra las tropas francesas que había ocupado el suelo español bajo el reinado de Napoleón, tenía todas las charreteras para llegar como mariscal de campo a sofocar la insurrección de los pueblos de la Nueva Granada. Cartagena, antigua joya de la Corona en los territorio del Nuevo Mundo, y primera en declararse libre y soberana del yugo español, debia sufrir hasta la muerte su osadía. Así fue, y su gesta fue tan gloriosa ante la dura adversidad impuesta por Morillo, que de sus propios escombros brotó como la Ciudad Heroica que soportó durante cuatro meses el Sitio más implacable que recuerde la historia, en suelo americano.
De agosto a diciembre de 1815 Cartagena se enfrentó al castigo más implacable y sus hijos prefirieron el exilio, el hambre, la agonía y la muerte, antes que rendirse sin honor. Cuando Morillo, el cruel sitiador entró a la ciudad, encontró un cuadro dantesco: gente en los huesos que habían sobrevivido al asedio comiendo ratas, perros, gatos, y los cueros de sus taburetes, y bebiendo sus propios orines ante la escasez de agua en los aljibes. No contento con esa barbarie, Morillo, quien se declaró conde de Cartagena, pasó por las armas a los más destacados líderes de la añeja y maltratada ciudad. Sus bustos y nombres adornan con orgullo el Camellón de los Mártires que fue construido en 1911 para honrar su memoria y conmemorar un siglo de la independencia que se pagó con sangre.
Eugenia Arrázola la heroína de Turbaco
Hay muchas historias de sacrificio alrededor del Sitio de Morillo, una más conocidas y celebradas que otras, pero todas selladas por la heroicidad. No solo se dieron en Cartagena sino también en sus alrededores, donde muchos se enfrentaron a un enemigo sin alma, ducho en la batalla y dispuesto a todo por restaurar el viejo orden que había sido quebrantado por quienes se habían cansado de un régimen estructurado en la lejanía, en cabeza de un rey enquistado en el palacio imperial que resplandecía más allá de la Mar oceána.
En Turbaco, población enclavada en hermosos cerros adornados por una vegetación privilegiada y con vista estratégica sobre Cartagena, Morillo montó su cuartel de ataque sobre la ciudad amurallada. El poblado era ideal, tenía un clima maravilloso y agua de manantial en abundancia. Allí había tenido su residencia por cuatro años (1784/1788) el virrey Caballero y Góngora, así como otros personajes importantes de Cartagena.
De modo que Pablo Morillo, llamado el Pacificador, aposentado en Turbaco, podia controlar caminos de suministro de alimentos y armas a Cartagena, atacarla cuando era necesario, y tener paciencia en su espera para someterla por completo.
Durante los cuatro meses que duró el Sitio, ocurrieron diversos eventos de importancia que se conocen poco, pero están registrados en la historia. Uno de ellos ocurrió en Turbaco y tuvo como protagonista a una joven mujer que ofrendó su vida por apoyar la gesta libertaria. Su nombre: Eugenia Arrazola. Su verdugo: el inefable Pablo Morillo.
Turbaquera de nacimiento, era hija fuera del matrimonio del español José Arrázola y Ugarte, dedicado al comercio y la ganadería. Tenía 22 años cuando el jefe militar llegó a su terruño, y a partir de entonces la vida se le acortó de manera dramática y solo le alcanzó para realizar algunas acciones que engrandecieron su espíritu pero acabaron su existencia.
Vivía en una estancia ganadera en el camino real que unía a Cartagena con Turbaco, lo que le permitía ver los movimientos que había en un tiempo de guerra. Pese a la gran incertidumbre que se respiraba, aumentada por el estado de sitio implantado por Morilllo que consideraba a quien transitara sin autorización por el camino real como reo de muerte, decidió quedarse en el pueblo y buscó la manera de ayudar en la causa de los patriotas.
Se convirtió en vigia acusiosa de las actividades del invasor, para llevar esa información a los defensores de Cartagena a través de estafetas. El día de su mala suerte salió a caballo acompañada del empleado Agustín Canoles, peón de confianza de la hacienda de su padre, simulando rastrear un ganado extraviado. Un grupo de soldados españoles los detuvo y al requisar a Eugencia le encontraron el material informativo con destino a los luchadores de Cartagena. Un día después, el 30 de agosto de 1815, tras negarse a delatar a sus compañeros de causa y declinar convertirse en una ficha de los realistas, fue condenada a muerte y fusilada por orden de Morillo en la mañana de ese día en la hacienda Torrecilla, donde el mal llamado Pacificador había ubicado su cuartel general para someter a Cartagena.
El pasado miércoles 30 de agosto 2023 los turbaqueros reunidos en la Casa de la Cultura de la población rindieron homenaje una vez más a su heroína, recordaron su coraje e hidalguía y la pusieron de ejemplo y guía para las nuevas generaciones.

