
En el Caribe solemos decir «se soltaron los caballos» para significar que estamos en presencia de un acontecimiento grande, de manera especial en términos musicales. La frase parece que nació en Cuba, pero los salseros de los 60 y 70 le dieron una connotación especial al festejar el intrépido universo de voces e instrumentos que se dieron cita en aquellos tiempos para lograr el deleite sonoro y festivo que se disfrutaba como una bendición.
Pero los caballos que ahora se soltaron son la antítesis de aquellas querencias y goces de cuerpos y almas. Ahora no son fiesta, sino dolor y sufrimiento, amargura y sinrazón. Estos, ni más ni menos, son los cuatro o los muchos jinetes del Apocalipsis, y parecen venir desbocados, con ganas de arrasar con todo lo que se atraviese en su camino. Están desbocados en Oriente Medio. Son alados como los Pegasos, convertidos en misiles que vuelan de un lado a otro, de Gaza a Israel y de aquí hasta la franja, dejando destrucción y muerte, pero también pueden adquirir formas de tanques y aviones mortíferos con armas de nueva generación, conducidos por muchachos entrenados para matar sin ninguna contemplación, llenos de odio y con la conciencia tan tranquila como la de un anciano espirituoso y risueño.

Los caballos de la ira salieron esta vez desde Gaza, donde dos millones de personas se hacinan desde 1967 en un pequeño territorio de 63 kilómetros cuadrados ocupado por Israel, que controla el agua, la electricidad, los alimentos, las puertas de entradas y salidas, todo. En teoría, nada entra ni sale de Gaza sin autorización de Israel, pero en la práctica mucho de esto cambió porque Hamas, una organización político/militar de derecha extrema considerada por Israel y algunos otros países como grupo terrorista, atacó a su rival con misiles, mató a centenares de personas y provocó la ira de los líderes que mandan en Tel Aviv.
Hamas mantiene una férrea oposición a las políticas injerencistas de Israel y manda en Gaza sin ningún atenuante. En la franja de Gaza se refugiaron miles de palestinos despojados de sus tierras por un Israel victorioso en sucesivas guerras contra los árabes. Israel y Hamas mantienen un conflicto armado permanente, en el que los palestinos siempre llevan las de perder por la superioridad militar del estado sionista.
La cosas cambiaron a principios de este mes. Después de preparar a sus cuadros en Gaza, Hamas despachó sus jinetes de locura el 7 de octubre sobre territorio judío. Como nunca antes, y a pesar de los innumerables enfrentamientos anteriores con víctimas fatales de lado y lado, en una acción jamás esperada por Israel, comandos de Hamas lanzaron un furioso ataque contra sus duros e históricos rivales el día que festejaban el Zucot /una especie de festejo navideño judío/, penetraron en su territorio, causaron unas 1.300 muertes y secuestraron a por lo menos 150 personas, incluidos ancianos, niños y hasta soldados. Los tienen como preciado botín de guerra para posibles acuerdos de canje con los israelíes.
Israel no tardó en responder al ataque y anunció que Hamás sería eliminado para siempre. Pero ese grupo extremista está mezclado con más de dos millones de habitantes en Gaza, lo que significa que un ataque en gran escala contra Hamas es la muerte segura para miles y miles de personas inocentes en ese enclave. Aun sabiendo eso y sin pensarlo dos veces Israel puso a volar sus propios caballos de la muerte, que ya ha quitado la vida a más de 2.800 palestinos y destruido buena parte de la franja de Gaza, de la que se ha desplazado una notable cantidad de personas huyéndole a una muerte segura. Los halcones israelíes han amenazado con destruir Gaza con todos sus habitantes, hombres, mujeres, niños, ancianos, si para el momento del ataque total aún se encuentran en sus casas. Es la contracara del ataque de Hamas del 7 de octubre a territorio israelí, pero multiplicado a la octava potencia. Si se produce será el apocalipsis, la destrucción total. Parte de ese infierno ya se está viviendo. No hay agua ni luz eléctrica ni combustible ni comida, los hospitales están colapsados, parte de la ciudad está destruida. Pero Israel sigue atacando.
La muerte trágica y el sufrimiento no es nada nuevo en Palestina. Desde cuando se creó el estado de Israel en 1947 el fantasma de la violencia y la guerra es pan de cada día. Palestina rechaza la presencia israelí en su territorio, cuestiona la decisión de la ONU que impulsó y permitió su creación como Estado, y convirtió en bandera lo que considera un atropello a su dignidad. Pero Hamas no es palestina. Es un grupo armado fanático que se enquistó en Gaza y poco le importa la suerte de los gazatíes ni de los palestinos. Lo suyo es el fundamentalismo y la violencia.
Por su parte Israel cree que le asiste el derecho de estar en esa parte del mundo esgrimiendo consideraciones ancestrales/ religiosas y decisiones políticas ajustadas a normas internacionales que le otorgaron el privilegio de establecerse en ese territorio, donde vivían tranquilos los palestinos. Muchos judíos quieren estar en «la tierra prometida» sin violencia, en sana paz, pero otros se sienten con el derecho de perturbar a los palestinos, a quienes consideran los verdaderos advenedizos. Son la punta de lanza de los extremistas de derecha que han gobernado a Israel con mano de hierro hacia sus vecinos, y pregonan superioridad organizativa, militar y hasta étnica.
Israel, con potencial nuclear, sofisticadas armas de tierra, mar y aire, un ejército debidamente entrenado para el combate y sistema de inteligencia de gran precisión, ha ganado todas las guerras libradas contra los países árabes que se le enfrentaron y que perdieron parte de sus tierras, que fueron anexadas por el poderoso aliado de Estados Unidos en el Medio Oriente.

Se soltaron los caballos…del…
Ahora que su inteligencia ha sido vulnerada por Hamas, y siente el duro impacto de un golpe de astucia militar a su estructura de defensa, humillado en su honor de país impenetrable, Israel asume una vez más su política de destrucción y muerte contra la franja de Gaza, indolente ante los llamados a la cordura por parte de la comunidad internacional. Una voz resuena en muchas partes del mundo: «No es el pueblo israelí el culpable de estas atrocidades, son sus líderes extremistas, tan recalcitrantes como los de Hamas».
En este momento los líderes de Hamas e Israel aparecen ante el mundo como verdaderos Jinetes del Apocalipsis, solo interesados en promover el odio y la venganza, sin importarles el dolor, el sufrimiento y la muerte de miles de personas inocentes. Si la comunidad de naciones no logra detener a tiempo el dramático episodio de destrucción que está en marcha por parte de Israel, se producirá una masacre monumental, un horrendo crimen contra la humanidad. Y serán tan culpables los fanáticos de Hamas, como los dirigentes políticos de Israel, con sus respectivos apoyos y azuzadores de lado y lado. Si Hamas es un grupo terrorista y como tal ha matado a cientos de personas atacando a un país que considera enemigo, ¿puede ese país asumir un papel similar y actuar como si fuese otro desquiciado terrorista arremetiendo hasta el aniquilamiento a una franja territorial donde viven centenares de miles de personas que van a morir sin remedio, movido solo por la sed de venganza?
Los Caballos del Apocalipsis están sueltos y cualquier cosa puede suceder. Ojalá a última hora se imponga la sensatez contra la locura. Aunque ya hay demasiadas víctimas inocentes en esta otra guerra que muestra de manera fehaciente del absurdo humano.

