Por Eduardo García Martínez - "Al caminar he notado que las suelas de mis zapatos de goma se están desprendiendo a medida que camino sobre las calles anegadas, y todavía falta un buen trecho para llegar al parque del Centenario, paso obligado en la búsqueda de un zapatero remendón"

Estoy sentado en una silla de plástico, doblada en el centro de su espaldar por el uso frecuente y el calor permanente que la cubre durante buena parte del día, aunque la bondadosa sombra de un gran árbol la protege de los rayos del sol canicular que castiga con más fuerza al mediodía. Llovió fuerte hace una hora y algunas calles con desniveles están llenas de agua. Vine caminando de Manga, el otrora barrio señorial de Cartagena, hasta el Centro Histórico, un kilómetro más o menos. Quiero ver cómo está quedando el parque de Bolívar con los trabajos de adecuación a los que ha sido sometido por el gobierno departamental, y si hay obreros en obras de mantenimiento en la torre del Reloj. Si los hubiese, estarían violando disposiciones normativas sobre intervenciones a los bienes patrimoniales, porque no se han otorgado autorizaciones para ese trabajo. Sobre el tema escribí mi columna de ayer sábado 10 de septiembre en El Universal.

La Famosa Torre del Reloj

Al caminar he notado que las suelas de mis zapatos de goma se están desprendiendo a medida que camino sobre las calles anegadas, y todavía falta un buen trecho para llegar al parque del Centenario, paso obligado en la búsqueda de un zapatero remendón. Sigo, pero las suelas ya se han doblado mucho y me hacen caminar como un payaso. Me detengo, las desprendo del todo, las seco y doblo para meterlas en una bolsa de plástico donde llevo un documento que no puede mojarse.
Acelero el paso por el centro comercial Getsemaní, luego saludo a un amigo librero del Centenario, y advierto que el zapatero está cerca. Pronto, lo diviso.

Su puesto callejero está ubicado a un costado de la muy hermosa edificación republicana que alberga a los tribunales de Justicia de Cartagena y Bolivar, abrigado por la sombra del árbol gigantesco. Ha sido mi zapatero durante todo el tiempo vivido en la ciudad de piedra, y su nombre de cristiano es Esteban Ortega. Nació en el legendario y desaparecido barrio Chambacú, es cordial y su piel ha adquirido el color del delicioso chocolate de maíz.

Lo saludo con un ¡ajá! mi hermano, le explicó la emergencia, y de inmediato ordena:

-Quítate los timbombos- me dice-, acudiendo a una expresión propia del viejo lenguaje de la Cartagena de mitades del siglo XX, y manos a la obra.

Me los quito y los entrego. Toma uno y comienza un trabajo de prisa, con un cuchillo filoso y un frasco de pegante. Es ágil este hombre entrado en años, algo barrigón y de torso ataviado con una camiseta raída de dos colores. Terminada la pega, agarra un pequeño martillo, coloca el calzado sobre un yunque diminuto y golpea fuerte, una, dos, tres veces. Luego hace lo mismo con el otro calzado y cuando finaliza me mira sonriente, y anuncia que la faena ha concluido.

-Ahora- dice-, las que Lucas trajo. Entiendo su jerga y le pregunto:
-¿Cuantas lucas?
-Diez mil.
-Ocho- riposto mirándolo a los ojos.
-Siete, pa’no pelear.
Le doy seis, y asunto arreglado.

Placa/Homenaje a Los Héroes de La Independencia

Me levanto de la silla desvencijada con el proposito de vagar un poco antes de ir al parque. Llego a la esquina y veo el nuevo árbol de caucho que crece en el lugar donde estuvo otro enorme ejemplar, que arrancó de raíz un enloquecido brisón de esos que con frecuencia se presentan en el Caribe. Está creciendo bonito pero lo que se construyó como jardín circundante está convertido en un deprimente basurero. ¡Ay, Cartagena!

Más allá, rumbo a la torre del Reloj, miro la placa de viejo mármol donde están esculpidos los nombres de los héroes de la Independencia de Cartagena, que fueron fusilados por el militar español Pablo Morillo después de someter a la ciudad a un implacable Sitio de cuatro meses, de agosto a diciembre de 1815. Un lugar tan emblemático debía tener mejor suerte. Ahora pasa desapercibido, está rodeado de suciedad y no hace parte de la guianza a los turistas. Creo, en verdad, que pocos cartageneros saben de la existencia de esta simbólica reliquia. Tampoco que el lienzo de muralla que había aquí y se extendía hasta el baluarte de San Pedro Mártir, fue demolido en el primer cuarto del siglo XX tras una acalorada discusión, para dar paso al «desarrollo» de la ciudad.

A unos cuantos pasos de la placa olvidada están los emboladores del «palito de caucho», un sitio donde ejercieron este oficio algunas leyendas del boxeo como Bernardo Caraballo y Antonio Cervantes «Kid Pambelé», y continúa siendo referente de una Cartagena cuyos personajes populares se siguen esfumando. Ahí mismo, para no perder costumbre, me acerco al kiosco donde venden los mejores patacones con queso de la ciudad, y consumo un pedido. Sin chicha de arroz, porque para mi infortunio, las habían agotado otros afortunados que llegaron primero.

Paso a la plaza de los Coches repleta de turistas, y luego entro a la calle Román donde no cabe una venta más en los corredores. Voy despacio, detallando: sombreros, abanicos, gafas para sol, mentol chino, ropa liviana, frutas, cigarros, de todo. Más allá está el palacio de la Proclamación, donde se firmó el Acta de la Independencia del 11 de noviembre de 1811. En su amplio portal que lleva al parque de Bolívar hay gran cantidad de artesanos y artistas del pincel, sentados sobre el piso en espera de clientes que suelen ser turistas. Al frente, un hombre recostado a la gran pared de la iglesia catedral, tira granos de Maiz a las palomas que de cuando en cuando remontan en un vuelo de relámpago.

Por fin llego al parque de Bolívar, que hace cuatro meses está siendo embellecido después de un abandono de años, y permanece oculto detrás de una enorme valla pintada por artistas locales en su parte externa. Me recibe el Arquitecto Restaurador Fidias Álvarez, con amplia experiencia en trabajos de este tipo, quien me explica todo lo hecho, con inversión de $1700 millones de pesos a cargo del departamento de Bolívar. El gobernador Vicente Blel y el director del Instituto de Cultura y Turismo (ICULTUR), Ivan Sanes, esperan entregarlo a cartageneros y turistas a principios del mes de noviembre. El parque luce hermoso y acogedor, con bancas de madera nuevas, un gran jardín en sus cuatro costados, fuentes que juguetean con el agua fresca, árboles remozados, y en su centro el monumento ecuestre del Libertador Simón Bolivar. La consigna es darle un uso educado, apropiarlo, defenderlo, no dejar que de nuevo se llene de inmundicias.

Cumplida esta parte del recorrido, regreso a la plaza de los Coches para ver la torre del Reloj. No hay obreros trabajando en ella, pero se advierte que ha sido intervenida en la parte inferior del reloj, donde la pintura luce de un color diferente a la de arriba. Debo seguir indagando para establecer si se están violando normas sobre manejo y proteccion de los bienes patrimoniales. Atravieso la torre por la puerta principal para salir a la plaza de la Paz, y veo los muchos libros que se exhiben en la librería que funciona ahí desde los años 50, cuando fue iniciada por Francisco Gutiérrez. Es una librería de usados inicialmente especializada en literatura. Gabriel García Márquez era asiduo visitante y dada esa afinidad hoy se exhibe en los estantes toda su obra. Hay
muchos otros títulos de autores conocidos y de otros no tanto. Se encuentran también disco LPs de vinilo. Hace 40 años Esperanza Aguirre, esposa de Gutiérrez, se hizo cargo de la libreria. Hoy, fallecida, está en manos del hijo de ambos, Anibal Gutiérrez.

Librería Los Mártires, ubica al interior de La Torre del Reloj

Salgo a la parte externa de la torre, donde estuvo en tiempos coloniales el caño de San Anastasio y el puente levadizo que aislaba el cordón de piedra de toda ingerencia externa. Hago un paneo de 180 grados, veo la torre desde otro ángulo, las murallas, los altos edificios de Bocagrande al fondo, barcos de turismo fondeados en la bahía de las Ánimas (estraño los kioscos donde vendían los jugos más deliciosos y las goletas que traían cocos y plátanos del Chocó), los Pegasos del maestro Lombana, el Centro de Convenciones, el Camellon de los Mártires, los viejos teatros donde se construye un gran hotel, el parque del Centenario, el monumento a Cervantes, la Matuna, la avenida Venezula por donde corre un bus de Transcaribe repleto de pasajeros.

Una mirada que rememora otros ámbitos, muchos contrastes que hacen estallar mis emociones y me hacen recordar que esta ciudad es única, contradictoria e irrepetible, imposible de olvidar aunque lacere, porque esta atornillada en el alma como un tatuaje indeleble, para toda la vida.