"La Plaza se complace en presentar tres poemas de Diana Carolina Figueroa Meriño, abogada, poeta, músico, lectora insomne, permanente indagadora de la espiritualidad"

La carta del silencio

Bellas canciones de cuna
que como agua nutren la tierra
y hacen crecer la hierba que protegen
a los caminantes de caminos rocosos,
iluminados por la cómplice luna.
Poemas de ternura, versos de dulzura,
que reescriben capítulos de hacha y fuego
y hacen brotar del suelo
vida sin límites, fragmentos de cielo.

La voz del silencio, concierto de primavera,
la escuchan los desmemoriados,
los antiguos artesanos de mausoleos,
oyen la música, embriagados de consuelo,
seductora paz de mercenarios.

Eso guardan los versos de la aurora,
escritos en el idioma del sosiego,
en el paroxismo del dolor y el miedo,
estoica calma, canta poemas,
recitales enteros al universo.

A Diana Carolina Figueroa Meriño, la apasiona la música y la naturaleza

Petrificado

Las ráfagas de luz de afuera
hacen resplandecer al polvo y a las piedras
del jardín de las quimeras,
luz que embriaga a los consortes de las esclavas
que abnegados les llevan azucenas escarchadas,
borregos corazones derramándose en el tiempo,
hijos desterrados, desdichados hambrientos.

Le arrebató al instante los ojos,
le arrebató de un rayo, la memoria.
Petrificado, ¡nací muerto! diría,
y reconoció que abandonó la alegría,
por la fugaz euforia,
cruzó la frontera de la gloria,
y no halló dulces ni el mar ni las espinas.

De vuelta, reaparece el águila,
exultando cada átomo de libertad,
regresa la memoria, el olor de las cenizas,
el sendero de las espinas,
el cielo adentro, la dulce gloria.

Taedium operandi

Suenan los pálpitos del reloj
descontando pedazos de tiempo
suenan a gotas que caen en el pozo,
constantes, se oyen como un perpetuo tormento.

No reconoce los colores de la aurora,
ni la lluvia que apacible golpea su cara,
olvidó del palo santo su aroma
y el sabor de las ambrosías que anhelaba.

Yerto en un sepulcro, abandona la belleza,
por la gloria de lo útil y lo opulento,
como aquel codicioso que atesora riquezas,
como el buitre que devora al muerto.

La mirada y la piel de un instante
reposan en la memoria del olvido
convencidas de que la ventura constante
no se haya en senderos desconocidos.

Entre el mar y el atardecer, la paz reclama
un brillante sol, la luz de sus moradas,
la brisa vespertina, los pies en la playa,
el corazón encendido y las manos reposadas.