"El consagrado poeta cartagenero Pedro Blas Julio nos regala hoy un vigoroso poema nutrido de las impresionantes historias de su barrio Getsemaní. Para La Plaza es placentero brindarlo a sus lectores. ¡Disfruten!"
Pedro Blas Julio

ZILIA LOMBREIRA, SU VOLUPTUOSO ANDAR
SOBRE LO NOCTURNO EN SUS TACONES DE AGUJA,

por repetidas ocasiones
la nombraron reina
la verdad que le lucía ser reina,
una Zilia Lombreira
que no llegó
a conocer abatimiento alguno
ni mucho menos la congoja.
Vivía en la calle Sanantonio
y en su casa llevaban a cabo baile con orquestas a todo momento;
pero ni lo anterior logra exorcizar
un cierto arrastre de salación
que le estuvo cayendo al barrio
a partir de los orines arrojados
desde la casa Cural
por el cura
Juan de dios Campoy y de los Pujantes,
oriundo de la falange de Primo de Rivera.

Calle de San Antonio en Getsemaní, lugar de residencia de Zilia Lombreira

Mi madre antes de continuar a su turno
en los Talleres de la Papelería Mogollón
me dejaba
donde la ´seño´ Zilia Lombreira,
la que confeccionaba
para todo el barrio
cuanto disfraz necesitaran
las fiestas de noviembre;
la ´seño´ Zilia
modista desde siempre,
le gustaba el baile
y eso le costó la vida:
…´no quiero vivir más con usted
tú no me interesas…´
le recalcaba una y otra vez,
¡solavaya!., pero qué de manera insistente
al padre de sus hijos.

Ella
evitando enloquecer con mis travesuras
me impone tareas de la A hasta la z,
o los números romanos,
´ ve que los termines
decía,
y en el muro de la cocina
están los caramelos de coco y miel,
y el cuaderno con tu tarea…´,
me hablaba mientras se iba muriendo
de aquellas 17 puñaladas.

Todo el día en su máquina de coser
pedaleaba la ´seño´ Zilia Lombreira
y yo absorto, obnubilado
sobre aquellas uñas
de esa hermosura de los pies
de la ´seño´ Zilia,
esmaltadas uñas
del encendido color sangre toro.
Cuantas veces el barrio le vitoreaba
y le arrojaba serpentinas
de sentirse encumbrados,
por aquella mayor hermosura majestuosa
de su soberana
a la que le contemplaban su recorrido sobre carrozas
de suntuosos adornos;
pero la barbarie
que decapitara a María Antonieta
de igual a nuestra reina Zilia Lombreira
le acechaba.

Iglesia de la Trinidad donde oficiaba de sacristán, siendo niño, el autor de este poema a Zilia Lombreira

Me corresponde ese día de sacristán
ayudante de misa
en la iglesia Santísima Trinidad,
ayudándole la misa
al comemierda
cura asturiano
perteneciente a la secta de adoración
de Francisco Franco Bahamonde;
una misa
de las primeras horas de la mañana
de ese sábado,
y el universo se detuvo ese sábado,
el sol y la luna no querían
continuar su curso,
y desde aquel sábado
fue cuando empecé a percibir la voz
de la ´seño´ Zilia Lombreira
llamándome,
que de inmediato
me quité los aparejos de sacristán
y abandoné la misa de las 5a.m
de aquel ´franquista´.
Corrí hasta donde ella,
pude ver desprendérsele la vida,
los coágulos de sangre
sobre el sardinel de la casa
de los cubanos Cienfuegos.

En Getsemaní el vacilón con los muertos
será otro asunto,
aquí muchos
tienen ´ojos para ver muerto´,
le ven a ella ir
saludando a sus súbditos
desde la más nocturna
de todas las carrosas.

Las primeras puñaladas entran
por uno de sus glúteos,
otra por la espalda
y otra así mismo
otra vez por sus glúteos,
y otra, cuando ahí mismo
le va reventando otra, y otra
sobre la hermosura de santuario
de la ricura
de sus levantadas tazas de té de su atrás,
algo que nunca consigue domar
aquel celoso esposo.

Asesinándola su esposo
de por lo menos unas 17 puñaladas.
Yo estaba muy niño,
nojoda,
tal vez por eso
estuve sacando la cuenta
que por cada año de vida
le iban asestando una puñalada,
creo que las puñaladas fueron 37
porque a ella
a su edad de 37 años
le castigan el baile
que su piel reclamaba.

Nunca me cansé
de mirarle en ese momento
por percibir
finalmente, en sus enormes ojos negros
una melodiosa saudade…cantada;
y ella sonreía
entre el hilillo de sangre
saliendo de sus indomables labios,
y con palabras
en sanguinolencia
salpicándome mis brazos,
mi cara, mis ropas,
logra ella decirme donde me había dejado
los caramelos de coco y miel,
y el cuaderno
con la tarea de los números romanos.

Se fue a bailar,
dentro de aquel festín novembrino
que impostores ya nos despojaron,
y ya no tenemos ni fiestas ni ciudad.

Estaba completamente desnuda
bajo aquel ´capuchón´ novembrino.

Capuchones festivos, vestuarios que confeccionaba Zilia Lombreira/lucía uno de ellos cuando la mataron

Comentamos con mucha discreción
el percibir por allá
en lo más hondo de la noche
los que tenemos ojos para los muertos,
ver con frecuencia
a ´la seño´ Zilia Lombreira,
verla
transcurrir
al igual como en sus días
de aquella reina del barrio
su voluptuoso andar
sobre lo nocturno
en sus tacones de aguja

Pedro Blas.-