
Fueron tres tiros certeros a quemarropa los que disparó el hombrecito anónimo a la 1 de la tarde del 9 de abril de 1948 sobre la humanidad del caudillo, que se abría paso hacia la presidencia de una nación que no lograba encajar sus rabiosas contradicciones políticas para desarrollarse y vivir en paz.
El líder logró llegar con vida al hospital, pero su suerte ya estaba marcada como la de su país, que entraría desde entonces en una espiral de violencia que no termina 76 años después del magnicidio.
El criminal, bautizado cristiano como Juan Roa Sierra fue muerto por una enfurecida turba que cobró venganza y dio paso a un torbellino de locura colectiva conocida como La Violencia, que arropó a Colombia y cobró la vida de unas 300 mil personas de acuerdo con diferentes y documentados estudios. Algunas hipótesis apuntan a que el ajusticiamiento del criminal fue provocado para evitar que hablara y delatara a quienes lo utilizaron para realizar el diabólico episodio de sangre.
La violencia, en verdad, no nació con el crimen de Gaitán, solo se exacerbó. Lograda la independencia definitiva del imperio español en la segunda década del 1800, esta patria no ha logrado la concordia que se requiere para pasar la página del rencor acumulado a lo largo de dos siglos.

En el decimonónico se sembró suficiente odio y maldad como elementos de poder para consolidar hegemonía política y económica hacia el futuro, sin importar las consecuencias. Guerras sucesivas marcaron el rumbo de los dos partidos que se crearon, liberal y conservador, para la confrontación ideológica, el manejo del Estado y la tenencias de grandes extensiones de tierra, el gran estimulador de la guerra interminable.
Como para no dejar dudas, el siglo XIX se empató con el XX con la confrontación más desquiciada de todas, llamada la Guerra de los Mil Días /17 de octubre de 1899 / 21 de noviembre de 1902/, que dejó más de 100 mil muertos, el país arruinado y cercenado por la pérdida de Panamá. La guerra la iniciaron los liberales en Santander y al final los conservadores levantaron el brazo de la victoria y se encaramaron sobre el poder a lo largo de 30 años, dando inicio a la llamada hegemonía conservadora que terminó en 1930, cuando los liberales retomaron las riendas de la nación después de una batalla electoral. Se sentaron entonces en la abullonada silla presidencial Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos y finalmente Alberto Lleras Camargo, todos de pensamiento político avanzado.
La hegemonía liberal o república liberal duró hasta 1946 y si bien durante ella el país avanzó en la construcción de libertades individuales, infraestructura, dinámico comercio interno, educación, los odios partidistas se mantuvieron vivos y fueron incubando nuevas desavenencias que ocasionarían más pesares a los colombianos.
En 1945 el presidente López Pumarejo renunció a su cargo agobiado por la situación de orden público, el insaciable asedio conservador, la enfermedad de su esposa, un intento de golpe de Estado que lo mantuvo detenido por algunas horas en Pasto, la ingobernabilidad creciente. El Congreso de la Republica eligió a Alberto Lleras Camargo para que terminara el mandato, y ya como presidente convocó a elecciones en 1946, en medio de un delicado clima de crispación política in crescendo.

Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay no depusieron sus ánimos, fueron divididos al debate electoral por el liberalismo y perdieron frente al conservador Mariano Ospina Pérez, el as bajo la manga de los conservadores para recuperar el poder. La derrota ocasionó la salida del partido liberal de la casa de gobierno que había ocupado durante los últimos 15 años. La locura de la violencia, que permanecía agazapada en todos los rincones del país y se manifestaba con fiereza de tanto en tanto, estaba a punto de regresar con nuevos bríos.
Jorge Eliécer Gaitán, liberal radical, defensor sin límites de las causas populares y cuestionador permanente de las oligarquías liberal/conservadora, inicio a partir de su derrota un trabajo político de convicción para buscar la presidencia de la república en las elecciones de 1950. Su base popular le había dado la mayoría de los escaños en los comicios de 1947, lo que le valió la jefatura del partido liberal.
El magnicidio
Gaitán tenía 45 años cuando lo mataron, el 9 de abril de 1948, sin que aún se conozca a los autores intelectuales del magnicidio. Había nacido el 23 de enero de 1903, y parece haber consenso alrededor de que el asesino Juan Roa Sierra no actuó solo. Las especulaciones hablan de la existencia de un complot para sacar del camino a quien nadie podría vencer en las elecciones del año 50 en Colombia, pero las investigaciones nunca han prosperado.

Gaitán era un curtido abogado y un orador elocuente. A sus 25 años investigó a conciencia lo que había ocurrió en Ciénaga /Magdalena/ cuando el ejército nacional ametralló a trabajadores bananeros al servicio de la empresa United Fruit Company, causando la muerte a cientos de ellos.
La tropa estaba al mando del general Carlos Cortés Vargas quien ordenó disparar sobre los obreros en paro entre el 5 y el 6 de diciembre de 1928, siendo presidente de la república el conservador Miguel Abadía Méndez. En septiembre de 1929 Gaitán estremeció al país durante una documentada y vibrante intervención en el parlamento colombiano, donde denunció a Cortéz Vargas y Abadía Méndez por la Masacre de las Bananeras, un crimen que sigue estremeciendo al país y ha sido insumo literario para consagrados escritores como Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez. Fue uno de los grandes debates de Gaitán, quien también ganó memorables pleitos jurídicos. En Italia había sido aventajado alumno del consagrado jurista y maestro Enrico Ferri, y en la Universidad de Roma se consideró a Gaitán como un innovador en las teorías científicas del Derecho Penal.

El crimen del líder liberal desencadenó la más espeluznante matazón en la historia del país, dejando más de 300 mil muertos cuando Colombia solo tenía 12 millones de habitantes. La capital del país se convirtió en una locura colectiva con muertes, incendios y destrucción generalizada. El llamado «Bogotazo» marcó la historia de la ciudad para siempre, aunque también el territorio nacional se tiñó de sangre por todos sus costados. Ese período desgraciado de la historia nacional conocido como «La Violencia», mostró una vez más que la democracia colombiana está remendada con sangre y odios infinitos.

¿Y si Gaitán… viviera?
Han transcurrido 76 años desde cuando Juan Roa Sierra disparó y quitó la vida a Jorge Eliecer Gaitán. Mucha agua ha corrido por debajo de los puentes de la historia nacional, pero el crimen sigue pesando como una cruz de tormento sobre los hombros de todos los colombianos.
¿Qué habría pasado en Colombia si Gaitán no hubiese sido sacrificado? ¿Si hubiese ganado las elecciones programadas para 1950? ¿Si La Violencia no hubiese existido? ¿Estaríamos viviendo una historia diferente? ¿Habríamos desterrado la sed de venganza del alma nacional? ¿Seríamos mejores personas? ¿Tendríamos un mejor país? ¿Viviríamos en paz?
Es imposible saberlo. Solo podemos estar seguros de que el sacrificio del hombre que encarnó la esperanza de todo un pueblo solo trajo desgracias mayores. Y que, si hubo mentes perversas detrás de ese acto abominable, que es lo más seguro, se salieron con la suya sembrando de manera impune la mayor perversidad en el alma de una nación que merecía mejor suerte.


