"Como renacido de la guerra cree que los jóvenes tienen una enorme responsabilidad en buscar caminos de reconciliación, comprometerse con un presente y un futuro que brille con la luz de la esperanza, el abrazo, el respeto, la palabra que une"
Eduardo García Martínez

Lo conocí en Barranquilla durante un evento de análisis del conflicto armado y su incidencia en el Caribe colombiano, hace varios años. Es menudo, de palabra fácil, aunque a veces cavila y entra en el recuerdo. No se quiebra, pero un remolino de emociones lo puebla y transporta una vez más a la madrugada del 17 de enero de 2001, cuando un escuadrón paramilitar llegó hasta Chengue/Ovejas/Sucre/ para perpetrar una de las masacres más espeluznantes de la historia criminal de Colombia.

No usaron armas de guerra convencionales como fusiles o ametralladoras para evitar que las guerrillas que andaban por los contornos pudieran escuchar las ráfagas, sino monas de cantera y piedras de arroyos para matar a los hombres de esa comunidad campesina. Fueron casa por casa, lista en mano, preguntando por los varones a quienes sacrificaron uno a uno destrozándoles la cabeza, mientras las mujeres y los niños lloraban sin consuelo. Fueron 27 las víctimas.

Jairo Barreto López, entonces de 18 años, había llegado desde Ovejas a visitar a su abuela y dormía en uno de las habitaciones que daban al patio. Cuando los paras llegaron preguntando por los hombres de la casa, una voz desde la calle dijo: «Ahí solo viven mujeres». Eso lo salvó. Venciendo el temor y acompañado de varias de las mujeres de la casa de su abuela, salió con el sigilo de un gato rumbo a la montaña circundante cubierta de neblina, esquivó algunos puntos de vigilancia de los criminales y con el corazón en la mano logró salvar la vida.

Jairo Barreto López/sobreviviente de Chengue/Ovejas/Sucre/

Desde entonces se dedicó a buscar las razones de aquella tragedia que enlutó a su comunidad, se convirtió en uno de sus más caracterizados líderes, estuvo en la Quinta delegación de víctimas del conflicto en La Habana /2014/,como coordinador de la “Asociación de Víctimas de Chengue 17 de Enero”, que hace parte de la Organización Campesina y Población Desplazada y de Red de Lideres con Procesos de Víctimas.

Paz montemariana: un proceso en sube y baja

Volví a ver a Jairo en El Carmen de Bolívar donde fue jurado del Décimo Segundo FAMMA Festival Audiovisual de los Montes de María /La tradición oral y memorias para la vida, la paz y la reconciliación/, que se realizó del 1 al 6 de noviembre de 2023. Sigue siendo un convencido de la necesidad de seguir luchando por reconciliar a Colombia y de no desfallecer en este propósito.

Grafica el proceso de paz en el país y por supuesto en Montes de María como «una montaña rusa, un sube y baja que no encuentra el camino expedito para concretarse». Dice que se está en el camino correcto de la construcción de paz, pero las coyunturas de gobierno lo vuelven incertidumbre. Recuerda los cuatro años del presidente Santos como una buena subida, pero luego llegó la bajada con Iván Duque. «Hoy la esperanza renace con un gobierno afín a la paz, las comunidades seguimos abrazándonos con la mente dispuesta y esperamos que se vayan dando las cosas», dice.

Como renacido de la guerra cree que los jóvenes tienen una enorme responsabilidad en buscar caminos de reconciliación, comprometerse con un presente y un futuro que brille con la luz de la esperanza, el abrazo, el respeto, la palabra que une. Barreto expresa la urgencia de incentivar a muchas más personas, jóvenes, hombres y mujeres para que se involucren en el proceso de reconciliación nacional, para tener un mejor porvenir. «Los jóvenes tienen la responsabilidad de cambiar la realidad de nuestro país, hacerla vividera, más justa, mucho menos vulnerable, más equitativa y alejada de la violencia», precisa.

Chengue/Ovejas/Sucre/

Estrategias de amarre

Jairo plantea la necesidad de una política pública que favorezca la permanencia de la fuerza joven en el territorio. » Hay que cambiar la mentalidad de que solo en las ciudades la vida es posible. El campo no se puede entender ya como el desvalido campesino que siembra una yuquita para sobrevivir, que es pobre hasta el hueso. Ahora necesitamos producir para poner valor agregado y para eso requerimos abogados, contadores, administradores, que deben salir de nuestra juventud. En esa cadena de valor encajan perfectamente nuestros jóvenes profesionales», dice.

-¿Hay nuevos actores armados en el territorio?, le pregunto.
Responde que es un tema álgido al que se debe prestar mucha atención.
«Estamos viendo que es un déficit del gobierno actual, por cuanto en su afán de mostrar avances en la paz total no hay una mano dura para controlar a quienes están ahí, que quieren mostrarse poderosos para ganar en la negociación. A nosotros nos inquieta grandemente que puedan repetirse hechos dolorosos del pasado. En Ovejas, por ejemplo, se están dando casos de sicariato y todos los muertos son gente joven. Tenemos que reconciliarnos entre nosotros mismos. En algunas comunidades nuestras hubo guerrilleros y en otras paramilitares, y la confrontación dejó heridas que permanecen abiertas y que es preciso cerrar. Los colectivos de mujeres están ganando mucho terreno en el reencuentro y eso es muy importante. Como es también muy importante este evento FAMMA que permite congregarse, la magia de la palabra, de la imagen, la búsqueda de nuevas formas de tejer convivencia», dice finalmente Jairo Barreto López, el afortunado sobreviviente de la barbarie que se desgajó una madrugada sobre Chengue, en cuyo territorio hasta los árboles de aguacate fueron martirizados con defoliantes para que no produjeran más frutos. Pero la vida sigue, el aguacate no murió del todo y hoy la comunidad los cuida con mayor esmero y además produce una de las mejores mieles del país.